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EDICION 1098
SEGUNDA QUINCENA
MAYO DE 2012

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IMAGENES: JUJUY

La procesión de los sikuris

La mezcla entre las culturas originarias del noroeste argentino y el catolicismo impuesto por los conquistadores sigue latiendo fuerte en las tierras de cerros coloridos y cielo diáfano. Y la Quebrada de Humahuaca es escenario de una de esas manifestaciones de sincretismo religioso, palpable en la marcha encabezada por los sikuris, nombre vinculado al siku, instrumento tradicional de viento que identifica a la peregrinación que parte cada lunes previo al domingo de Pascuas desde el pueblo de Tilcara.
Las culturas andinas siempre ubicaron lo más sagrado en las alturas, por ello, 2.000 músicos y 6.000 peregrinos se internan tres días en la montaña y buscan una virgen en el santuario del Abra de Punta Corral –a 3.480 metros sobre el nivel del mar– para bajarla en procesión. El domingo previo, en las afueras del pueblo, las bandas entonan las primeras melodías para confluir en la plaza frente a la iglesia. Parten a media tarde, haciendo gala de la variopinta simbología de los sikuris: marcha una banda enarbolando banderitas del Vaticano y justo detrás, otra blandiendo la Whipala, bandera cuadriculada que representa a la nación indígena del Tawantinsuyu.
En Punta Corral reina la diferencia. Pueden verse kollas «rubios» con flequillo emo y anteojos negros, sikus fabricados con caños de PVC, camisetas de Boca y River y guardapolvos blancos como los de la Banda de Sanidad, compuesta por médicos y enfermeros. En la ropa se observa la porosidad innata de una cultura, con intersticios por los que se van colando elementos «extraños». Una lista que incluye las sugerentes calzas blancas –semiocultas bajo un poncho– de la banda femenina María Rosa Mística, pantalones anchísimos con estampas de calaveras, zapatillas Nike con cámara de aire, sandalias modelo inca, borceguíes, zapatos de charol, polainas de lana de llama, cordones flogger –uno naranja, otro verde flúo–, ponchos de todo tipo uniformando bandas, una campera de Ferrari y otra de Los Tigres del Norte, boinas rojas, camufladas y rosadas con pompón, cascos mineros con linterna, chulos (gorros) peruanos que cubren orejas y mejillas, rebeldes bufandas palestinas, aguayos (tela típica) con la guagüita en la espalda, gorras de béisbol.
Para Tukuta Gordillo, un reconocido músico de la Quebrada, esta es la esencia de la fiesta. «El santuario de la virgen india de Copacabana, a orillas del Titicaca, era un apu (montículo) de piedras energéticas donde se agradecía a la Pachamama. Y justo encima los españoles colocaron una iglesia con la imagen de la virgen que es venerada hasta hoy. Lo mismo ha ocurrido con una serie de apus a lo largo de los Andes, y para mí Punta Corral es uno de ellos. Esta procesión tiene miles de años y la iglesia católica se ha apropiado de ella», dice.
La peregrinación, sin embargo, escapa a los cánones solemnes del catolicismo: se trata de una ruidosa fiesta popular en la que prima pasarla bien, beber, comer y bailar. Allí se exteriorizan sentimientos como se lo hizo siempre en las fiestas indígenas que celebraban las cosechas, agradeciéndole a la Pachamama por todo lo que les ofrece, honrando la vida que brota de la tierra.

Texto y fotos: Julián Varsavsky

FIESTA DE LA QUEBRADA. El sincretismo religioso caracteriza la marcha de los sikuris. Regreso a Tilcara después de tres días de fiesta. Las bandas se distinguen por sus uniformes, algunos con los colores de Boca y River.