Cadena de valor
Benavídez
La cooperativa de recicladores Creando Conciencia inició hace diez años una actividad que fue creciendo en la zona norte del Gran Buenos Aires. Hoy sumaron maquinarias innovadoras y una línea de muebles hechos con materiales de descarte.
Esteban Magnani


Orgullo. Vehículos, máquinas y una nueva fábrica, frutos del esfuerzo de los asociados.

 

urante la década de los 90, un nuevo tipo de sujeto se sumó en masa al paisaje urbano: en un contexto de gran desocupación, ejércitos de personas llegaban por las noches a las grandes ciudades para juntar los kilos de materiales reciclables necesarios para pagar la comida del día siguiente o, en un buen día, un poco más. Con el paso del tiempo, algunos comprendieron la necesidad de organizar ese trabajo precario para darle sustentabilidad: una de las herramientas más elegidas para lograrlo fue el cooperativismo. Algunas cooperativas lograron ser subsidiadas por un Estado capaz de comprender la importancia ambiental de esta labor, y otras encontraron cómo agregar valor a su trabajo por medio de la innovación constante. Este último camino es el que tomó la Cooperativa Creando Conciencia, nacida en el año 2005, cuando un grupo de vecinos de Benavídez y otras localidades vecinas en la zona norte del Gran Buenos Aires necesitó pensar alternativas para los cartoneros que andaban por el barrio, por un lado, y enfrentar el creciente problema de la basura, por el otro. De allí surgió la propuesta de retirar los materiales reciclables una vez por semana en uno de los barrios cerrados de la zona, actividad que comenzó en 2006 con un primer grupo de trabajadores, quienes capacitaron a los vecinos para que separaran correctamente los materiales.
En 2008, Creando Conciencia se formalizó como cooperativa y ganó una licitación en un barrio cerrado para hacer la recolección de toda la basura. El actual presidente de Creando, Edgardo Jalil, recuerda: «A partir de ahí fuimos agregando más barrios, comprando más camiones por medio de préstamos. Tuvimos momentos buenos y malos, pero creo que lo más importante fue que siempre nos seguimos capacitando, vino gente de la UBA a explicarnos sobre los materiales y hasta comenzamos a dar charlas en los colegios». Parte de esa profesionalización necesaria fue incorporar los valores cooperativos, afirmarlos y articular mecanismos de solidaridad y compromiso.

 

Vínculos y reconocimiento
La explosión, cuenta Jalil, se dio a partir de 2011, cuando el trabajo de la cooperativa comenzó a generar reconocimiento, los vínculos con otras organizaciones y clientes maduraron y pudieron acceder a contratos para la recolección en otros barrios. «Tuvimos que organizarnos como una empresa, ser eficientes, aunque marcando la diferencia a la hora del reparto de excedentes. En una cooperativa eso lo decidimos entre todos», dice. Esto les permite, además de tener obra social y jubilación gracias al monotributo, pagarse un bono de fin de año o poder tomarse hasta 15 días por enfermedad.
El esfuerzo por innovar y ampliar la cadena de valor dio sus frutos: en 2014 pidieron a dos  diseñadores industriales que idearan una máquina para romper el vidrio del tamaño justo para los clientes y así reducir el volumen y ahorrar en flete. Uno de los diseñadores de la moledora, Facundo Spataro, cuenta: «El trabajador que reducía el vidrio lo hacía al rayo de sol, se cortaba. Hablamos con los socios, buscamos referentes a nivel internacional. Trabajamos con un ingeniero mecánico y la cooperativa consiguió un torno y una plegadora. Hicimos un prototipo que, con algunos ajustes, terminó funcionando muy bien. El proyecto fue financiado por el Ministerio de Industria».
En 2016, la cooperativa, también junto con diseñadores de la UBA y un subsidio del Ministerio de Trabajo, lanzó su propia línea de mobiliario hecho mayormente con materiales reciclados. El primer producto son bancos para exteriores de chapa plegada coloreada con pintura epoxi y listones de madera plástica reciclada. La cooperativa armó su propio taller donde corta, perfora, coloca bulones y termina los bancos, su primer producto terminado y el de mayor valor agregado. Los bancos se presentaron en el Museo de Arquitectura y los asociados ya están dialogando con clientes conocidos como los municipios o los mismos barrios cerrados para que adquieran estos productos, dotados de un alto valor social y ambiental.