Avengers: Endgame
Anthony y Joe Russo

La última vez que los vimos a todos juntos, Thanos chasqueaba los dedos y hacía desaparecer a la mitad de la humanidad. La misma dinámica de la serie de películas de Marvel le daba a ese suspenso un carácter dual y contradictorio: a la vez que dejó a los fans temblando de abstinencia por un año, estaba bastante claro que no hay en este mundo de fantasía masacre que no tenga solución. Y en esa contradicción radica el mayor problema narrativo de este fenómeno masivo y megamillonario de Hollywood: entre estos personajes que todo lo pueden, no parece haber daño ni catástrofe imposible de deshacer; no hay destrucción ni muerte que sea irreversible. Por eso es que, después de once años (desde la primera Iron Man) y 22 largometrajes, este artefacto de tres horas de duración que es Endgame es menos una película que un evento de puro fanservice y autorreferencia, una última salida entre estos amigos que conforman una banda tan grande como imbatible. Endgame también parece la culminación de un sistema, habilitado en parte por el desarrollo de la animación digital, que permite representarlo todo y, por lo tanto, acercarse a las delirantes fantasías que la historieta desplegó antes, y terminar así de alejarse del mundo real y sus problemas (a diferencia del Superman de los 70, o el Batman de hasta hace una década). A pesar de que fuera del cine seguimos viviendo en un planeta al borde del caos y la autodestrucción, en Avengers las amenazas provienen del espacio exterior. Sí es cierto que hay un sentido del humor que redime al experimento de sus mayores torpezas dramáticas, y unas cuantas escenas que proveen emociones genuinas, cuando ponen el foco en un personaje individual (y en una actuación efectiva y sensible, como la de Robert Downey Jr.). Finalmente, Endgame es, como se autodefine su villano, «inevitable»: este es el camino –marcado de modo explícito por la asociación de sus productores con Fortnite, el juego del momento– hacia el cual se está dirigiendo buena parte del cine, nos guste o no.

Mariano Kairuz