Basta de sufrir
Animales de laboratorio
La experimentación con ratones u otro tipo de vertebrados pone en una encrucijada a los científicos. La empatía y la posibilidad de causarles dolor generan dilemas éticos que están siendo debatidos en todo el mundo. Nuevos protocolos de trabajo.
María Carolina Stegman

Ecografía. Un ratón es examinado en el Instituto Central para la Investigación Animal de la Universidad de Muenster, Alemania. (Picture Alliance)

Vacunas, antibióticos y otros procedimientos médicos intervienen para curar y prevenir enfermedades, no sin antes pasar por largos procesos de experimentación que la mayoría de las veces incluyen animales como ratones u otro tipo de vertebrados. Desde hace un tiempo los científicos empezaron a tener una mirada crítica respecto de la forma en que la experimentación con animales se lleva a cabo, justamente por las emociones encontradas que muchas veces les genera esta situación. Por eso, hay quienes no solo controlan muy estrictamente todo el proceso tratando de minimizar el sufrimiento pese al vacío legal y a la falta de un marco regulatorio, sino que además se animan a desafiar algunos supuestos generalizados y a redefinir el concepto de dolor en especies que no se consideran seres sintientes.
Uno de estos casos es el de Jimena Prieto, doctora en Ciencias Básicas y Aplicadas e investigadora del Conicet en el Laboratorio de Biomembranas de la Universidad Nacional de Quilmes, quien además de integrar la Comisión Institucional para el Cuidado y Uso de Animales de Laboratorio (CICUAL) dicta cursos de capacitación para promover la mirada crítica de los científicos e incentivar un uso controlado de los ejemplares.
«Hasta hace varios años no se consideraba a los animales como seres capaces de sentir dolor. En la Segunda Guerra Mundial recordemos que hasta se experimentó con humanos. Desde la Universidad, hace cuatro años, armamos un comité que evalúa los protocolos de experimentación, hay controles estrictos para ver qué se hace y cómo, basándose en normas internacionales. En Argentina se hace porque como investigadores estamos convencidos de que hay que hacerlo. Si bien no se puede evitar el uso de animales en la experimentación, lo que sí se puede hacer es afinarla, usar menos animales y de un modo que no tengan sufrimiento, pero la verdad es que no hay aún una legislación en el país que lo exija, lo hacemos por convencimiento propio», señala Prieto en diálogo con Acción.
Según explica la científica, desde el CICUAL, integrado por investigadores, veterinarios y un miembro externo de la comunidad, se solicita a los investigadores que presenten un protocolo que tenga ensayos previos en otros modelos, tales como cultivos celulares o en animales intermedios como las larvas de alguna especie que aún no tiene desarrollado todo el sistema nervioso. Además, dicho protocolo tiene que tener un objetivo concreto y dejar en claro que la utilización de animales es en beneficio de la salud humana.
Dentro del grupo del CICUAL existe lo que se conoce como la regla de las 3R: reemplazar, reducir y refinar. Reemplazar implica en todos los casos agotar instancias para optar por otros modelos de experimentación, como los computacionales o cultivos en tres dimensiones; reducir significa hacer un protocolo para usar la mínima cantidad de animales; y refinar tiene que ver con la utilización de métodos que reduzcan el dolor.
«La especie más clásica que se usa es el ratón, porque presenta la parte inmunológica y fisiológica similar al ser humano, que es lo que se intenta modelar. Si se quiere, por ejemplo, estudiar la cicatrización, el ratón va a permitir estudiarlo, esto no se puede hacer en un cultivo celular. Yo trabajé con ratas y ratones pero luego de mi doctorado busqué un modelo intermedio como el pez cebra, por la empatía que me generaban los primeros», indica Prieto.
En el laboratorio de la UNQ se trabaja con un modelo intermedio: las larvas de peces cebra, que permiten investigar si un compuesto va a traer cardiotoxicidad (problemas en el corazón) o hepatotoxicidad (problemas en el hígado). Si se tienen diez compuestos para estudiar y se sabe que cinco de estos pueden traer problemas en el corazón o en el hígado o malformaciones, se pueden descartar en la siguiente fase de experimentación con mamíferos, reduciendo las pruebas.


Las estrellas de mar también sienten
Para Augusto Crespi, investigador adjunto del Centro para el Estudio de Sistemas Marinos (CESIMAR-CONICET) el problema de la empatía entre los científicos y los animales de laboratorio no es algo nuevo, lo que sí cambió es que antes solía asociarse a unos pocos grupos de especies, en general con las que los humanos tienen mayor cercanía evolutiva, como chimpancés o gorilas. Ahora, en cambio, hay enfoques de investigación para animales con los cuales el humano no está tan emparentado y con los que tal vez sea difícil generar esa empatía, como por ejemplo los invertebrados.
«La línea que investigamos nosotros, que son los invertebrados, es un grupo muy grande que involucra a los caracoles, los insectos, crustáceos, cangrejos, erizos de mar, estrellas de mar, con los cuales cuesta tener empatía por su aspecto o porque estamos poco familiarizados. No se los considera en la reflexión ética. Hay quien podría decir que no siente empatía por un erizo de mar, tal vez cuando lo observes por primera vez no la sientas, pero cuando llevás más de 10 años trabajando con una especie, dándote cuenta de su complejidad, de sus conductas, de lo adaptado que está, uno empieza a generar cierta empatía por esa complejidad de vida, es movilizante», relata Crespi en una charla con Acción.
Cuando allá por 2012 Crespi y su equipo empezaron a observar más detenidamente a estas especies, se dieron cuenta de que las señales de estrés también estaban en ellas. «Vimos que cuando sacábamos del agua a la estrella de mar para hacer alguna medición, se empezaba a retorcer, doblaba los brazos, al estar fuera de su ambiente natural se estresaba, es como medir a una persona abajo del agua. Esto se podía aliviar con determinadas prácticas, ahí se nos prendió la luz amarilla, por eso en 2013 se nos ocurrió empezar a ser más cuidadosos. Estamos convencidos de que estos animales sienten, que hay dolor, todos los animales son pasibles de sufrir. Ahora vamos a tratar de determinar qué anestesias pueden ser utilizadas y en qué dosis, para ver cómo manipularlos minimizando el estrés que ellos tengan», indica.
En consonancia con Prieto, Crespi también observa que la falta de regulación de la experimentación en animales en la Argentina es un problema al que hay que agregar que los protocolos que se utilizan en los laboratorios están basados en la legislación internacional sobre el manejo de animales de experimentación, que casi siempre son vertebrados. «Muchas veces, con invertebrados, lo que se ve es que en el método de sacrificio se prioriza más el preservar el tejido que se quiere mirar intacto antes que el sufrimiento del animal, se extrae el tejido del animal vivo antes de matarlo, ahí es donde surgen estas grandes contradicciones. Creemos que es importante concientizar sobre el hecho de que si bien un invertebrado no tiene la misma estructura nerviosa que un humano o un vertebrado –concluye–, sí puede sentir dolor. Hay que empezar a cambiar las prácticas».