Capilla de Achango
Depto. Iglesia – Prov. de San Juan

Revista entre nuestros monumentos históricos más entrañables. Sus gruesas paredes de adobe blanqueadas a la cal y su techo de cañizo a dos aguas, sostenido por palos de algarrobo y ligado con ataduras de tientos representan cabalmente la arquitectura doméstica del corredor andino. La austeridad exterior prosigue puertas adentro con un altar apenas ornado y un piso de tierra compactada con sangre de vaca, que cubren alfombras confeccionadas en telar por mujeres de la zona. El único «lujo» es una imagen de la Virgen del Carmen traída de Cuzco, con cabello natural y corona de plata. Dicen que la División Norte del ejército sanmartiniano, comandada por Cabot, se encomendó a la «milagrosa» patrona del templo antes de rumbear hacia Chile. Los orígenes de la capilla se remontan al paso de curas doctrineros por el noroeste sanjuanino en el siglo XVII, pero recién tomó forma a fines de la centuria siguiente. Entonces presidía un asentamiento dedicado al cultivo de cereales y la cría de invernada, que prosperó gracias a la demanda de carne generada por el boom del salitre en Atacama. Ahora, lejos de los años dorados, forma parte de un caserío fantasma. Achango solo cobra vida a mediados de julio, cuando las fiestas patronales convocan a gente de todo el valle de Iglesia. El resto del año tiene un solo habitante: Víctor Abel Montesino, quinta generación del linaje fundador. Se encarga de custodiar el conjunto edilicio y contar su historia –que es la de su familia– a quien quiera escuchar.

Roberto Cinti