Cementerio de La Recoleta
Ciudad Autónoma de Buenos Aires

Ocupa las cinco manzanas y media del antiguo huerto de los monjes recoletos. Fue inaugurado en 1822, por decisión de Bernardino Rivadavia, para convertirse de esa forma en el primer cementerio público de la Ciudad de Buenos Aires. Seis décadas después, con la remodelación timoneada por el arquitecto Buschiazzo, adquirió su distinción contemporánea. Hoy se codea, entre las necrópolis más bellas del orbe, con Père-Lachais (París), el Cementerio Monumental de Staglieno (Génova) y Santa María Magdalena de Pazzis (San Juan de Puerto Rico). Las razones que ameritan la comparación saltan a la vista. El cementerio de La Recoleta es un museo a cielo abierto del mejor arte funerario que costeó la pródiga Argentina de «los ganados y las mieses», como la definió Leopoldo Lugones. El listado de residentes no desentona. Reúne dos premios Nobel (Saavedra Lamas y Leloir), 19 presidentes (de Julio A. Roca a Raúl Alfonsín), próceres de un lado y otro de la «grieta» (Moreno-Saavedra, Rosas-Lavalle, Yrigoyen-Uriburu), escritores fundamentales (Hernández, Bioy Casares, las Ocampo), médicos con hospital (Argerich, Muñiz, Rawson), celebridades como Luis Ángel Firpo, Zully Moreno, Armando Bo y Martín Karadagian. Nuestro cementerio más paquete hospeda incluso a una nieta de Napoleón. Por algo se declaró «históricos» a 81 de sus 4.780 sepulcros. Ninguno recibe tantas visitas y flores frescas como el panteón de la familia Duarte, donde –bajo dos planchas de acero– descansa Eva Perón. A la seducción de Recoleta contribuyen también historias como la de Rufina Cambaceres, presuntamente enterrada en estado de catalepsia el día de su decimonoveno cumpleaños, que ya forma parte del imaginario popular.

Roberto Cinti