Cigala canta a México
Diego El Cigala - Sony Music

Diego El Cigala le canta al Caribe, al bolero, a la salsa, al tango, al folclore argentino y ahora también a México. Tal vez su próximo paso sea el vals peruano o la bossa nova. Va rumbo a convertirse en el artista flamenco que ostenta menos producción en el género. La paradoja es evidente: lo que quedó del cante es el timbre áspero y la entonación abismal, el ADN andaluz. Ese linaje es maravilloso. Desde aquel extraordinario Lágrimas negras de 2003, con el piano del cubano Bebo Valdés, a este flamante Cigala canta a México, rastrilló países y repertorios de raíz. Disco a disco, el procedimiento se ubicó más cerca de intérpretes todoterreno a la manera de Nana Mouskouri que de Enrique Morente y Camarón de la Isla. El cantaor cedió terreno al cantante, y en la decisión ganó públicos. No se puede determinar cuándo lo ha movido la curiosidad y la audacia y cuándo la mera fórmula, pero sí referir a lo que se oye, que es agradable y desparejo. Aquí recurre a clásicos tan fatigados como infalibles: «Somos novios», «Bésame mucho», «La media vuelta», «Perfidia», «Se me olvidó otra vez». Con producción de Jaime Calabuch, se hace cargo del legado legendario de compositores e intérpretes como José Alfredo Jiménez, Vicente Fernández, Chavela Vargas, Javier Solís y Agustín Lara. El Cigala canta boleros y rancheras adornados por mariachis, por orquestaciones de bronces y cuerdas, como una suerte de síntesis sonora de lo que hizo Luis Miguel en los 90. España siempre ha sido muy receptiva de la música mexicana. El Cigala dice que recuerda de su infancia versiones flamencas de temas como «Perfidia» o «Soy lo prohibido». Tal vez este disco sea una actualización de aquellos abordajes. Al intérprete se lo escucha cómodo con los clásicos y el trabajo no deja de ser grato para los oídos: son bellas canciones, bien cantadas. Ocurre que, puesto en perspectiva de la obra de las últimas dos décadas, desnuda el agotamiento de una idea.

Mariano del Mazo