Clase media
Santiago Varela

Cuando ese día –domingo por la noche– anuncié que no pediríamos una pizza, sino que yo iba a cocinar una prepizza, supe que algo estaba cambiando. Y cuando en el chino en lugar de muzzarella compré queso cremoso pizzero, mis peores pensamientos se hicieron realidad. Como genuino integrante de la Clase Media Nacional tuve conciencia de que me estaba cayendo a pedazos en forma inexorable.
¿Qué había pasado? ¿Cuándo desbarrancamos así? ¿Será cierto lo que dijo González Fraga de que «le hicieron creer al empleado medio que podía comprar celulares e irse al exterior»?
¡Por supuesto que lo creí! Lo creí porque el celular bien que me lo pude comprar y el pasaje en avión lo saqué con tarjeta en 12 meses sin interés, y subimos al avión y volamos y también fuimos de vacaciones a Uruguay donde el peso cotizaba menos que el nuestro. Todo bien real.
Fue este año, en una reunión de padres en la escuela privada adonde van mis chicos, que la directora nos dijo que hay muchos papás que deben varias cuotas y que de seguir así van a terminar cayendo en la escuela pública.
Y con el consorcio pasa lo mismo. Muchos vecinos deben cuotas y así no se puede pretender que el plomero venga corriendo a reparar una pérdida. O sea, que si no pagamos, nos tenemos que bancar la gotera.
Hace unos días vinieron a visitarme de la CLAMEPI, Clase Media en Picada, que está haciendo una campaña de afiliación. Comparto con ellos, pero ahora no puedo afiliarme a nada, a nada que no sea gratis.
Y de la prepaga ni les cuento. Antes iba al médico y me preguntaba qué me pasaba, ahora primero me pide el carnet y si no tengo la cuota al día ni desenrosca el estetoscopio. Es muy loco, pero cuando llega la factura de los que cuidan mi salud, yo me enfermo.
Y ojo que laburo y tengo un buen puesto, mi mujer trabaja, tenemos casa y no alquilamos. Aunque casualmente por esa casa es que llegan las facturas de electricidad, gas, agua e impuestos municipales que parecen misiles destinados a borrarnos del mapa.
Amargado, estresado, insomne, voy a visitar a mi querido coche.
–Hola. ¿Qué pasa que ya no te subís más como antes? –me dice
–No es con vos –contesto mientras le paso un trapito por el capot– pero se me hace muy difícil mantener lo nuestro.
–¿Se acabó lo nuestro? ¿Me vas a dejar? –me pregunta angustiado.
–Mientras pueda no, pero entre el seguro, el garaje y la patente se me hace muy difícil. Y si te quiero usar, pensar en llenar el tanque me da taquicardia.
Finalmente, creo que voy a cortar todo, me declaro en default, me afilio a CLAMEPI y me atrinchero esperando salir de esta, porque siempre que llovió, paró.