Cocinando prejuicios
En el bar
Rudy


Tarde invernal. Tobías, Rebequita y un virus que los separa. Y un (mejor dicho dos) celular que, de alguna manera virtual, los une.
–Tobías de mis suelas gastadas de tanto quejarme en vano, ¡tengo miedo!
–Ay, Rebequita de mis amores pandémicamente postergados y espero que, vacuna mediante, prontamente restituidos a su frecuencia cotidiana, ¿qué pesadilla te aqueja?
–No me aqueja, Tobías de mis audífonos siglo XX, ¡me queja! Porque mis vecinas están algo cacerolusas, les agarró un gorilik atack, y confunden al virus con el presidente.
–Pero Rebequita, más allá de cómo piensen o cómo rumien, eso es imposible… Todos sabemos cómo es un ser humano, y aunque nadie sabe cómo es exactamente un virus, sabemos que es diferente a un ser humano, ¿cómo se lo van a confundir?
–Tu dirás eso, Tobías de mi poder legislativo a la distancia, pero ellas dicen que están limitadas por culpa del presidente, y no, como todos sabemos, por culpa del virus. Creen que estamos viviendo una infernandemia y salen a la calle con sus cacerolas a pedir que les paguen el boleto de vuelta de Venezuela, aunque no están allí, y a reclamar su derecho a tener que pagar las deudas que otros contraen, y que haya jueces con perspectiva de número.
–¿Querrás decir «de género»?
–No, Tobías, si hubiera querido decir «de género» lo hubiera hecho, pero dije «de número», porque son jueces que te juzgan en relación con la plata que tenés… «In duda, pro ricum», dicen, o sea, «cuanta más plata tengas, más inocente sos».
–Bueno, Rebequita, pero no les tengas miedo. Sí son gente peligrosa, hacen daño, pero hay que ser compasivo con las víctimas de los medios enfermónicos, Rebequita de mis arteriolas.
–Tobías, yo les tengo miedo, porque en medio de la pandemia, ellas usan las cacerolas como si fueran bombos… y entonces las cacerolas se encuentran, y se transmiten víruses.
–¿Víruses?
–Víruses, viruses, virúes, virusos, como se diga, Tobías de mi archirecontramor. Y entonces las cacerolas se enferman, y después van y la contagian a mi cacerola, que después la contagia a la plancha, a la heladera, al televisor. Y ahí yo enciendo la tele contaminada, escucho lo que dicen… ¡Y me enfermo yo!
–Pero Rebequita, los artefactos no se contagian.
–Entonces la cacerola contaminada de prejuicios, se vuelve clasista. La quiero usar para hacer un pastel de papas, y me sale un sushi; o quiero hacer guiso de mondongo y me sale una ensalada de rúcula y dos aceitunas rellenas de queso brie; o quiero hacer dos docenas de empanas de carne, y me sale un pastelillo de ceitán y quinoa aterciopelada. ¡Esa actitud nos lleva al hambre, Tobías!
Tobías tuvo que reconocer que, de una manera muy retorcida y paradójica, tal vez metafórica, pero finalmente real, Rebequita tenía razón. Tiempos difíciles.


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