Como anillo al dedo
Paula Mosesso
Economista

«Hoy nos sentamos a la mesa con los más desarrollados», señaló un Macri eufórico luego de la firma del principio de Acuerdo del Mercosur con la Unión Europea. Esta supuesta coronación de la política de «inserción al mundo» de la gestión Cambiemos merece un análisis para entender qué hay detrás de bambalinas.
En primer lugar, si bien aún resta recorrer un largo camino hasta que el acuerdo eventualmente se materialice, hay algunas cuestiones de fondo que ya quedaron establecidas. «El mercado europeo tiene que comerciar lo máximo posible pero protegiéndose», señaló el ministro de Agricultura belga. En el documento oficial de la Comisión Europea se lee: «Ninguna disposición cambia el modo en el que la UE hace cumplir sus normas de seguridad alimentaria y no liberalizará completamente su mercado a las importaciones de productos agroalimentarios». De ser necesario, la Comisión «proveerá asistencia financiera» a sus agricultores.
Las negociaciones entre las partes comenzaron en 1995. En 2010 la reticencia de los europeos a reconocer la asimetría entre los bloques reclamada por las autoridades de Argentina y Brasil de ese entonces, hizo que se llegase a un virtual estancamiento. En 2019 la postura de la UE es exactamente la misma, lo que sí cambió es la «predisposición» a ceder de los actuales líderes de los Gobiernos del bloque sudamericano a los requerimientos de los países y empresas europeos.
No caben dudas de que, al igual que la decisión de volver a las condicionalidades establecidas por el FMI, este envión dado a las negociaciones con el continente europeo permitiría potenciar las reformas estructurales que pretenden implementar los actuales gobiernos de la región. No es casual que la «reforma laboral» tenga un papel protagónico en los titulares de algunos medios. Lo que está claro es que así las cosas, el Mercosur no lleva las de ganar.