A confesión de parte
Martín Burgos

El grado de tensiones que prevalecerán entre China y las potencias occidentales será uno de los grandes temas estratégicos del futuro y tendrá un alto impacto en el resto de los países. Las importaciones de soja –provenientes de Estados Unidos– que realizó nuestro país el año pasado es un claro ejemplo del nuevo panorama mundial: el mercado de la soja es provisto por tres grandes oferentes (Argentina, Brasil, Estados Unidos), y la guerra comercial chino-estadounidense incluyó un cierre de las importaciones estadounidenses de soja. Como consecuencia, las grandes comercializadoras triangularon con otros países para venderles a los chinos los subproductos que requieren para alimentar a sus animales. En este singular esquema, las empresas comercializadoras difícilmente pierdan, ya que son también las que poseen las principales aceiteras.
Pero la guerra comercial que libran las dos potencias es sobre todo una guerra tecnológica, y la disputa por la telefonía móvil 5G es un claro ejemplo. El 5G aparece como uno de los grandes cambios tecnológicos por venir y su instalación es estratégica, no solo en lo comercial, sino también en el orden militar. Luego del episodio judicial que involucró a la gerenta financiera de Huawei en Canadá –por romper supuestamente el bloqueo de Estados Unidos a Irán–, se fueron sucediendo una serie de intervenciones de Trump pidiendo al resto de los países que no dejaran que Huawei participe de licitaciones para el 5G por razones de seguridad nacional. Detrás de la carrera tecnológica, que parece estar ganando la empresa china, nunca había quedado tan claro el uso militar y de espionaje que posee la telefonía móvil. Cualquier otro presidente de Estados Unidos hubiese utilizado una motivación económica para impedir el avance de Huawei en el mercado 5G, pero si Trump tiene un mérito, es que no necesita pruebas.