Corona
Santiago Varela

(Pablo Blasberg)

Se que es difícil, casi imposible. Pero voy a intentarlo. Voy a escribir una nota de humor de actualidad sin hablar del coronavirus. Sí, señores, parece una misión imposible, pero estoy dispuesto. Estoy dispuesto a no mencionar que por ese bichito de porquería hace días que estamos encerrados en nuestras casas y lo que eso significa para nuestra salud psíquica y física. No voy a decir que a mi mujer se le dio por la limpieza total, absoluta y continuada. No voy a mencionar que, cuando corrimos la heladera para limpiar abajo, encontramos un resto de lechuga fosilizada y un fragmento de cucaracha del cuaternario. Tampoco que cuando quisimos hacer lo mismo con el lavarropas a mí me dio una lumbalgia que me dejó dos días doblado mirando el suelo. Ni mencionar que los noticiosos meten tanto miedo que nos queremos suicidar antes de morirnos. Y no solo la televisión, en un portal de internet leí un título que decía: «En Italia colapsan los crematorios», con lo cual comencé a temblar mientras la presión me llegaba a 18… la mínima. Para nada quiero hablar de los millones de mensajes de WhatsApp que recibo permanentemente donde me informan tanto el precio del rollo del papel higiénico en el Mercado Central, como a qué hora salimos a aplaudir a la gente de salud (que bien ganado se lo tiene), como de los preparativos de Trump para aprovechar la confusión e invadir Venezuela, como un mensaje de mi prima que me dice que no cae en un pozo depresivo porque engordó tanto que ya no entra. Chiste que luego recibí repetidamente no solo por WhastsApp sino también por Facebook, Twitter y dos o tres redes más a las cuales ni siquiera pertenezco ni estoy afiliado, pero que igual me llegan. Como me llegan videítos de personas que no tienen la más mínima idea de qué hacer con sus vidas y para explicarlo graban, casualmente, un videíto. Tampoco mencionaré el odio que me da salir con todos los cuidados del mundo para llegar a la verdulería y que el verdulero me anuncie, desde lejos, que todo aumentó, que él no tiene la culpa –y debe ser cierto–, pero que al día siguiente seguro que la escarola costará más que el atún. Menos que menos haré mención a que cuando queremos ver una peli por internet resulta que se corta a cada minuto, o se congela, o directamente avisan que lo intentes el año que viene. Ni siquiera voy a contar que, cuando recomiendan usar alcohol, el alcohol pasa de las góndolas al depósito donde se añeja para rapiñar un poco más con la desgracia ajena. De nada de estas cosas voy a escribir. Mi tema iba a ser otro. Lástima que se me acabó el espacio por lo que, como dijo el Estadista: «Esa te la debo».