Crímenes de clase
Estereotipos mediáticos
Aunque no demasiado frecuentes, los femicidios de mujeres de sectores altos ocupan un espacio prominente en la prensa. La sospecha sobre la víctima, la justificación del victimario y otros lugares comunes de un tratamiento prejuicioso y machista.
Osvaldo Aguirre

(Tomy Fragueiro/NA)

El femicidio de Silvia Saravia, seguido del suicidio de su esposo y victimario, Jorge Neuss, reavivó a fines del año pasado un tipo de suceso al que los medios de comunicación y la opinión pública no son precisamente indiferentes: los crímenes de mujeres de clase alta en barrios cerrados. Si bien estadísticamente son excepcionales, ocupan un lugar prominente en la prensa y en las redes sociales.   
«El crimen del country» quedó establecido como un estereotipo mediático después del asesinato de María Marta García Belsunce, el 27 de octubre de 2002. La serie Carmel, estrenada durante noviembre en Netflix, documentó la desmesurada cobertura del episodio, que excedió incluso a la del juicio a las Juntas Militares, en 1985. «El country como reducto inaccesible y asociado a una clase social genera cierta intriga independientemente de que se trate de un femicidio o de un hecho clásico de inseguridad», afirma Esteban Zunino, profesor de la Universidad Nacional de Cuyo e investigador del Conicet. «La conjunción entre lo vedado y el protagonismo de las figuras o el entorno es un condimento para tener en cuenta en el interés del público», agrega el especialista.
Desde el caso García Belsunce a la actualidad, «hay un mínimo corrimiento en cuanto a identificar los hechos como femicidios, aunque todavía sigue siendo complicado plantearlo en ese sentido», observa Mercedes Calzado, profesora en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires y también investigadora del Conicet. La especulación sobre un pacto suicida –un lugar común de la crónica, como el de los «crímenes pasionales»– recorrió así las versiones iniciales del femicidio de Saravia.
«Fuimos Dinastía», dice Horacio García Belsunce (h) en la serie de Netflix, en relación al modo en que los entretelones de una familia que ostentaba sus relaciones con el poder se volvieron de conocimiento público. Aun de entrecasa y desaliñado, sin afeitar, el hermano de María Marta vuelve a representar en el documental un personaje que causó rechazo y abonó las sospechas sobre un encubrimiento. Por si hiciera falta, la serie da relieve a nuevos personajes, como Inés Ongay, una amiga de la víctima, además de reinstalar bajo una nueva luz a los ya conocidos Carlos Carrascosa, el viudo, o el fiscal Diego Molina Pico, convertido en antagonista de los acusados.
«Estos femicidios de clase alta se narran como si fueran una novela de la tarde. En el caso de Saravia aparece la necesidad de buscar los móviles para que los espectadores entiendan qué pasó por la cabeza de una persona que, para los medios, no cumple con los estereotipos de un asesino», dice Mercedes Calzado. La investigadora pone como ejemplo la sucesión de entrevistas a Fernando Farré, que distintos canales de televisión emitieron en horario central antes de que se conociera la sentencia por el femicidio de Claudia Schaefer, en junio de 2017: «Los victimarios tienen rostro y en esos rostros se buscan las explicaciones, como si tuvieran el derecho a ser escuchados; en los hechos comunes de inseguridad los victimarios son en cambio casi fantasmales, pocas veces conocemos sus nombres».
Calzado destaca que en los crímenes de la clase alta «el nombre central es para los medios el del victimario», y de hecho el femicidio de Schaefer queda borrado bajo la etiqueta del «caso Farré», que dirige la mirada hacia el ejecutivo que estuvo en contacto con el jet set internacional y terminó condenado a reclusión perpetua. «Lo que está en juego para los medios es entender los motivos de los victimarios, como si de alguna manera les quitaran la responsabilidad de sus actos», afirma.

Los sentidos en disputa
La inclusión del 144, la línea telefónica para denunciar violencia de género, es de rigor en la información periodística, pero la perspectiva no es tan clara en el tratamiento de los hechos. «Si bien últimamente se encuadran los casos como violencia de género, luego se recae en la revictimización, empiezan las intrigas sobre qué habría provocado la muerte y qué habría hecho la víctima y se lo cubre como un caso policial clásico», dice Esteban Zunino, que dirige el Observatorio de Medios de la Universidad Juan Agustín Maza, en Mendoza.
La vida privada de Nora Dalmasso, víctima de otro femicidio mediático, y los celos que supuestamente pudo sentir el femicida Neuss dan cuenta de «la sospecha sobre la víctima como una categoría todavía central», destaca Zunino. Los prejuicios naturalizados por la rutina circulan como parte de un sentido común: «Cuando uno dice “la mató porque tenía un amante” está asumiendo el crimen como una posibilidad en ciertas condiciones en lugar de explicar cómo opera culturalmente el patriarcado para que alguien se sienta habilitado para matar a otra persona».
La discusión sobre el crimen de García Belsunce se renovó con la serie televisiva y el anuncio del juicio próximo al exvecino Nicolás Pachelo y dos vigiladores del country Carmel. «Un femicidio, cuando sucede en un country, tiene una cobertura mediática desmedida; si ocurre en un barrio popular, aparece apenas en un recuadro, si es que aparece –continúa Zunino–. También hay que relacionarlo con demandas de las audiencias. Hay un componente morboso en el público que consume esas notas; si no, no se explica que sean tantas». En esa línea, «la hipervisibilización de los sectores medios y altos como víctimas invisibiliza al mismo tiempo a los sectores populares que por lo general, cuando uno analiza las estadísticas, son los más vulnerables a todo tipo de delitos».
La idea de que cualquiera está expuesto al delito y la discriminación de barrios más peligrosos que otros en las grandes ciudades son básicas en «el dramatismo de la inseguridad», según lo define Mercedes Calzado. El uso generalizado de cámaras de seguridad y la proliferación de registros visuales tienen un efecto paradójico: «El peligro termina por estar todavía más presente por el regodeo de los medios y la regeneración constante de las imágenes», dice la investigadora.
«Las coberturas tanto de violencia de género como de inseguridad construyen una víctima de clase media y urbana –afirma Zunino–. En los barrios populares es habitual que haya robos y tiroteos y que no entre la policía, pero eso no es noticia. La víctima está asociada al buen ciudadano, a una idea de gentismo: “la gente” como merecedora de seguridad y a los sectores populares como victimarios, porque esa es la contracara. El estereotipo del delincuente es el joven varón de barrios populares».
Para Mercedes Calzado, «es importante ver las noticias sobre crímenes en countries como parte de las disputas discursivas en torno a qué significa la inseguridad y qué significa el crimen de una mujer en un sector social o en otro». También están en juego los recortes que se hacen sobre los temas de interés público: 329 mujeres fueron víctimas de femicidios durante 2020, según el Registro Nacional del Observatorio Mumalá, y ese notorio incremento de la violencia machista parece desplazado por el interés ante los crímenes en countries.