Crónica de una muerte anunciada
Natacha Jaitt
Saltó a la fama con Gran Hermano y acaparó la atención mediática. Se reivindicó como prostituta, protagonizó escándalos y denunció al poder. El morbo y las teorías conspirativas rodearon un final que ella misma había anticipado en las redes sociales.
Osvaldo Aguirre

(Foto: Jorge Aloy)

No hubo signos de agresión en el cuerpo y el informe forense estableció como causa de fallecimiento una insuficiencia respiratoria desencadenada por el consumo de alcohol y drogas. Sin embargo, ninguna pericia parece suficiente para despejar las dudas que rodean la muerte de Natalia Jaitt y las sospechas de que pudo tratarse de un asesinato. Las denuncias que presentó, sumadas a los interrogantes ante la escena del hecho, son desde entonces los argumentos de versiones conspirativas.
Jaitt tenía 41 años y murió en la madrugada del 22 de febrero en un salón de Benavídez, en el partido de Tigre, donde se había reunido con amigos. La noticia provocó una conmoción inmediata, porque la modelo y actriz había anunciado la posibilidad de su propia muerte en un tuit del año pasado, después de su polémica participación en la mesa de Mirtha Legrand. Y se aprestaba a una nueva presentación judicial, por la demanda que le habían iniciado Mercedes Ninci y Gustavo Vera a raíz de sus declaraciones en ese programa.
Desde que se hizo conocida como participante de Gran Hermano hasta su muerte, Jaitt estuvo en el centro de la atención mediática. Sin embargo, fue también una figura singular y reactiva, según plantea José Luis Fernández, profesor de Semiología en la Universidad de Buenos Aires: «Las chicas del caso Cóppola, por hacer una comparación, a pesar de sus peleas en televisión, eran figuras de mucho menor peso, no se relacionaban con la política, con la corrupción estructural o explícitamente con la prostitución y el consumo de drogas. Natacha Jaitt está en ese universo», dice.
«Ella no termina de encasillarse en ningún prototipo. Sin pensar en alguna clase de ser extraordinario, fue un grano en la normalidad», sostiene por su parte Gastón Cingolani, investigador en medios y profesor en la Universidad Nacional de La Plata. «No fue fácil desestabilizar sus denuncias, en términos de que apareció como una persona confiable y, cuando algunos personajes de los medios intentaron presentarla como una loca que no tenía nada para aportar, ella se corrió de ese lugar y generó una complejidad para entender el caso y el personaje que representó», agrega.
Cingolani recuerda el refrán según el cual los niños, los borrachos y los locos dicen la verdad: «Ella ocupó el rol del que se anima a hablar de lo que algunos pueden sospechar. Parece que rápidamente podemos comprar la hipótesis de que la asesinaron, porque suponemos que sabía cosas, hacía denuncias en los medios y en la Justicia y entonces cierra perfectamente la historia de un personaje peligroso por lo que dice y de gente que quiere su silencio. Es muy difícil desterrar la teoría conspirativa».
Jaitt pareció preparar esas versiones. «No me voy a suicidar, no me voy a pasar de merca y ahogar en una bañera, no me voy a pegar ningún tiro», tuiteó el 5 de abril de 2018, después de recibir presuntas amenazas. «Visto y considerando que no he muerto ahogada en alcohol, continuaré con mi espiral de autodestrucción», agregó en la misma red el 17 de febrero pasado, poco antes de su muerte. «Natacha está en una línea de gente muy diferente entre sí, pero que comparten un lugar, que están al borde de todo, como pueden ser los casos de Diego Maradona, Charly García o Ricardo Fort. Es un personaje de tragedia que además se vuelve atractivo porque se ubica en una posición de denuncia, contra el poder, en una continua confrontación», destaca José Luis Fernández.


Marca de origen
Según su relato, Natacha Jaitt estuvo marcada por los medios desde un principio, ya que su padre fue actor en el elenco de Titanes en el ring. En 2004 fue finalista de Gran Hermano en España, donde se presentó como una adicta al sexo que se dedicaba a la prostitución VIP.
«El reality show, como Gran Hermano, es un género en el que participa gente que no es mediática, pero no todo el mundo salta a la fama –dice Cingolani–. Los medios retienen a algunas figuras, como fue el caso de Natacha, y ella no perdió esa marca de origen. Muy pocos participantes de Gran Hermano revierten la imagen inicial».
Jaitt, en cambio, nunca renegó de su pasado. «Soy prostituta», declaró en el programa de Mirtha Legrand y grabó un spot para la Asociación de mujeres meretrices argentinas (Ammar). «Estuvo en el lugar de lo abyecto, lo que rechaza la buena moral, como la droga, el porno, la prostitución, y lo sostuvo casi desde el orgullo, como diciendo que aquello era parte de su vida. Eso todavía la vuelve más singular», agrega Cingolani.
Protagonizó un escándalo con el exfutbolista Diego Latorre, se enfrentó con los periodistas Alejandro Fantino y Jorge Rial y en enero de 2018 montó un show en Tribunales –se presentó bañada en sangre– para denunciar a una expareja por violencia de género. El 31 de marzo de 2018 provocó su mayor escándalo cuando participó en el programa de Mirtha Legrand y denunció la complicidad de personas relacionadas con los medios y el espectáculo en una red de pedofilia. La Justicia de Avellaneda había comenzado a investigar abusos contra menores en el club Independiente.
«La mesa de Mirtha es uno de los espacios donde los medios permiten desjerarquizar la palabra –dice Cingolani–. Cualquiera puede tomar la palabra sobre cualquier tema. La palabra autorizada está reservada para otros géneros. La mesa de Mirtha, tan blanca y tan sostenedora de lo que debe ser, siempre incluye algún invitado más o menos disruptivo, porque es lo que le va a poner pimienta a la conversación. Natacha cumplió muy bien con ese rol».
Jaitt contó entonces una historia inverosímil –una empresa, dijo, la había contratado un año antes para investigar el tema– y mencionó con iniciales a personajes reconocibles. Citada por la Justicia, no ofreció pruebas de sus declaraciones. Su intervención en el programa de Legrand –criticada como una «operación» por los denunciados– resulta todavía creíble, sin embargo, porque sintoniza con un arraigado sentido común sobre la Justicia argentina, respecto a los límites para investigar a los poderosos.
«Hay muchos personajes que van al programa de Mirtha y dicen cualquier cosa –observa José Luis Fernández–. El problema con Natacha, más allá del contenido de lo que dijo, es que habló desde afuera del sistema».
En el programa siguiente Legrand hizo un pedido de disculpas. «Mirtha sufriendo en cámara forma parte de la puesta en escena, como los errores de Susana Giménez o las barbaridades de Moria Casán –agrega Fernández–. Nunca vamos a saber si Susana piensa realmente que los dinosaurios están vivos, pero dijo eso, ¿y a quién le interesa? Ella no va a buscar a los paleontólogos. Algo importante de esta época es que está confundida la relación entre el ciudadano que habla, el político que habla y el científico que habla. Parece que todo fuera lo mismo».
Natacha Jaitt quedó asociada a cuestiones tan diversas como las denuncias por corrupción, la hipocresía en los medios de comunicación, la prostitución y el feminismo. Para Gastón Cingolani, abordar su figura significa también una forma de discutir sobre esas cuestiones.
«Podés llamar a un médico, a un legista o a un psicólogo para hablar sobre la pedofilia, pero la sociedad va a escuchar quizás con más atención a alguien que diga que fue testigo o que pasó por estas cosas –dice Cingolani–. El morbo es difícil de definir, pero tiene que ver con la posibilidad de trabajar con lo abyecto, con aquello que no deberíamos estar diciendo o mirando pero que nos interesa por ser lo prohibido y porque es revelador de algo que está dando vueltas».
El espectáculo morboso termina donde empieza la reflexión. «Cualquier familia tiene pedófilos cerca, nos guste o no –agrega Cingolani–. Muchas veces estos personajes expresan lo que en la vida cotidiana no trasciende a la vida pública». El perfil de Natacha Jaitt puede encontrarse bajo esa luz, antes que en el escenario de una conspiración.