Cuestión de piel
Etnocentrismo y xenofobia
Los prejuicios hacia los migrantes latinoamericanos no han desaparecido. Por el contrario, en tiempos de recesión surgen nuevas formas, menos visibles pero igualmente graves, de discriminación. El trabajo de un grupo de científicos argentinos.
María Carolina Stegman

Marcha y paro. En abril de 2018, inmigrantes repudiaban frente al Congreso Nacional el decreto que luego sería declarado inconstitucional. (Jorge Aloy)

Que los argentinos descendemos de los barcos, que somos un crisol de razas, que conservamos el porte europeo, que nuestros abuelos alemanes, italianos, españoles, vinieron con una mano atrás y otra adelante. El imaginario social con el cual crecieron varias generaciones estuvo y aún hoy está impregnado de un etnocentrismo tozudo que niega y reniega de la pertenencia latinoamericana, pese a las no pocas iniciativas y políticas desplegadas en el país en décadas pasadas para favorecer y celebrar la diversidad en todas sus formas. Bien lo explicó la antropóloga Rosana Guber en su obra El salvaje metropolitano, en 1990: «El etnocentrismo puede definirse como la actitud de un grupo que consiste en atribuirse un lugar central en relación con otros grupos, en valorizar positivamente sus realizaciones y particularismos y que tiende hacia un comportamiento proyectivo con respecto a los grupos de afuera que son interpretados a través del modo de pensamiento del endogrupo».  
Dicho en otras palabras, el ojo que se utiliza para juzgar a quienes tienen costumbres y una cultura distinta siempre tendrá un cristal empañado por la creencia de que existe un modo único y superior de ser y estar en el mundo, situación que se traducirá en prejuicios y comportamientos xenófobos. De hecho, según los datos del Mapa de la discriminación publicado en 2016 por el Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (INADI), 71 de cada 100 personas encuestadas considera que se discrimina mucho a las personas migrantes de países limítrofes.
«Creo que en general los argentinos, y en especial los porteños, son discriminadores y maltratadores. Y en esto hay una base sociológica y psicológica: temor al diferente, independientemente de qué lugar de Latinoamérica provenga el migrante. Si bien el discurso sobre la diversidad cobró fuerza en los últimos años, aún existe cierta hipocresía; en esta discriminación lo que subyace es el maltrato hacia el otro», señala, consultada por Acción, la socióloga e investigadora Raquel Míguez, quien es además docente de Metodología de la Investigación Social de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora.
En 2003 se sancionó la Ley de Migraciones, 25.871, considerada de avanzada por varias organizaciones de derechos humanos debido a que garantiza, entre otras cuestiones, el acceso a los sistemas sanitarios y educativos a los extranjeros, independientemente de su situación migratoria. Sin embargo, hace poco más de un año el Poder Ejecutivo Nacional, mediante un decreto de necesidad y urgencia, modificó dicha norma, estableciendo condiciones más duras para la residencia de los migrantes en la Argentina.
Si bien en marzo de este año, la Sala V declaró la inconstitucionalidad del decreto, por considerar que el gobierno utilizó injustificadamente la herramienta del DNU y porque además las medidas resultaban contrarias al cuidado de los derechos humanos de los migrantes, todavía resta la decisión de la Corte Suprema.


Sutil y manifiesto
Atentos a todas estas cuestiones, un equipo de psicólogos de la Universidad de Flores liderados por el investigador y doctor en Psicología, Joaquín Ungaretti, se propuso indagar respecto de cómo se manifiesta el prejuicio y la discriminación hacia los migrantes latinoamericanos, más precisamente hacia la comunidad boliviana.
Lo que hicieron para detectar las variantes en el prejuicio, entendido este último como la antesala de la discriminación, fue trabajar con una muestra de alrededor de 400 personas de la Ciudad de Buenos Aires donde predominaban los sectores de clase media. Mediante una serie de preguntas que incluían ítems para evaluar el autoritarismo y la dominancia, y otros para evaluar el prejuicio sutil y manifiesto hacia inmigrantes de origen boliviano, se observó que los niveles de prejuicios no disminuyeron sino que cambiaron sus formas de expresión, de modalidades más directas a más sutiles. En ese marco surgen las nociones de prejuicio sutil y prejuicio manifiesto. El prejuicio manifiesto refiere a las formas hostiles y directas de expresión, mientras que el sutil responde a modalidades más adaptadas socialmente.
«Para reconocer el prejuicio sutil se establecieron una serie de preguntas que apuntaron a identificar lo que se denomina defensa de los valores tradicionales, para ver en qué medida los miembros de ese grupo social están poniendo en jaque esas creencias. La otra forma en que aparece es mediante la exageración de las diferencias culturales, es decir, quizás el prejuicioso sutil no afirma que son inferiores genéticamente pero sí que son culturalmente diferentes. Se generan estereotipos burdos de ese grupo social. Y el último componente es la negación de emociones positivas: cuando se indaga en grupos poco valorizados, la persona manifiesta emociones negativas o bien ningún tipo de emociones».
Durante la indagación, lo que surgió fue que las personas autoritarias son más propensas a tener prejuicio sutil que manifiesto. «Esto se explicaría porque el individuo autoritario, en vez de expresar su negatividad de un modo directo, lo hace de un modo encubierto y apunta a diferencias culturales, a que el inmigrante quiere venir a modificar los valores y costumbres. Mientras que las personas con altos niveles de dominancia social –quienes prefieren relaciones jerárquicas por sobre las igualitarias– presentan más prejuicio manifiesto: ya sea que se considere al inmigrante como un grupo inferior o como un grupo que compite por los recursos nacionales, coinciden en que tiene que haber otro grupo que los controle», sostuvo Ungaretti.


Los unos y los otros
Lo que también surgió del trabajo es que muchos están en desacuerdo con que los inmigrantes bolivianos son inferiores genéticamente, pero sí coinciden con que las diferencias culturales son insalvables, por lo que no pueden ser exitosos en nuestra sociedad.
«Mucha gente discrimina a todo lo diferente, salvo que sea blanco. No es el mismo trato que recibe un inmigrante paraguayo o boliviano que uno finlandés, se discrimina a las personas que étnicamente no coinciden con nosotros. Esto está íntimamente relacionado con que los argentinos somos una población predominantemente descendiente de inmigrantes europeos y, a la distancia y luego del exilio de nuestros abuelos que vinieron escapando de situaciones muy difíciles, los que ascendieron socialmente en algún aspecto se consideran superiores al resto», sostiene Míguez.
Si bien durante la investigación no se encontraron muchas personas fanáticas del prejuicio y sí muchas igualitarias, con bajos niveles de ambos prejuicios, el riesgo de discriminación está latente.
«El tema que tenemos es que si bien hay muchos igualitarios y pocos fanáticos, también hay muchos sutiles, y se sabe que el prejuicio sutil es la antesala del manifiesto –advierte el psicólogo–. Entonces, ante una crisis económica o un gobierno más restrictivo en políticas inmigratorias, el prejuicio sutil es el gatillo para que devenga en manifiesto y, por ende, estemos a un paso de aumentos significativos en los niveles de discriminación. Es un dato a tener en cuenta».