De la noche a la mañana
Manuel Ferrari


«Raro sos vos, que no sabés qué hacer con tu vida», le dicen a Ignacio, el arquitecto que lleva unos días dando vueltas sin rumbo por Valparaíso, desde que los planes que lo llevaron hasta allá se frustraron por completo. El protagonista de De la noche a la mañana, la nueva película del director platense Manuel Ferrari (Cómo estar muerto/ Como estar muerto), lleva una vida que parece no estar tan mal: trabaja en la empresa de su suegro, da clases en la facultad, se le presentan notables oportunidades sin necesidad de buscarlas. Sin embargo, lo acosa una terrible inseguridad; todo es vacilación, todo lo abruma. Una serie de factores externos parece conspirar en su contra: la aerolínea le pierde la valija, el congreso por el que está viajando queda suspendido, le roban la billetera y el celular. Sin embargo, da la sensación de que es él mismo quien dispone todos los elementos a su alrededor para que nada salga bien. Y la noticia de su paternidad ha sacudido el suelo bajo sus pies, como esos temblores que a menudo desestabilizan la tierra chilena y que en su caso adquieren un carácter alegórico. Que lo que haya puesto su vida de cabeza ahora que se acerca a los 40 sea la idea de ser padre parece hablar de una generación que ha estado en el centro de buena parte del cine argentino de los últimos 20 años: una generación a la que el paso a la adultez le resulta fatal. Puede recordarse El otro (Ariel Rotter, 2007), otro relato acerca de un varón adulto en crisis ante la perspectiva de la paternidad, pero De la noche a la mañana se diferencia por su sentido del humor, sostenido en la actuación de Esteban Menis. Figura de culto entre los seguidores de su serie Eléctrica, Menis compone al atribulado arquitecto y marca el ritmo de su desventura, en especial en escenas en solitario, como una en la que hace tres llamadas al hilo desde un teléfono prestado con la actitud furtiva de quien está cometiendo un delito. Siempre incómodo, con los demás, con el mundo, tal vez con su época, en su propia piel.

Mariano Kairuz