Derechos humanos: éxitos y derrotas
Mariano Ciafardini
Profesor de Derecho Penal y Criminología UBA

Se cumplen 70 años de la Declaración de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas que consagra, explaya y explicita la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de la Asamblea francesa de 1789, convirtiéndola en un compromiso multiestatal. La burguesía europea tenía muy en cuenta esos principios cuando luchaba contra la monarquía y la aristocracia, aunque después los fue olvidando, arrepentida, cuando las masas populares reclamaron por ellos.
El surgimiento de los fascismos y autoritarismos en Europa y Asia Oriental y los horrores de la guerra implicaron una violación tan profunda de estos derechos que la nueva institución internacional, surgida de las cenizas del genocidio, no podía menos que hacerlos pilar de su basamento legal.
De todos modos, durante la llamada «guerra fría» las dictaduras militares y los gobiernos autoritarios de los países subdesarrollados siguieron violando estos derechos y principios a ojos vista de la comunidad internacional. En las potencias capitalistas como Estados Unidos, Europa Occidental y Japón, el Estado benefactor de las socialdemocracias permitió cierta vigencia de una legalidad democrática que no fue más que la contracara de la sistemática violación de estos derechos por parte de las tropas de esos países en lugares como Vietnam, Argelia, Santo Domingo y un largo etcétera. En los mismos Estados Unidos, esos derechos proclamados al mundo les fueron negados a los afroamericanos por el color de su piel. No obstante, la lucha por los derechos humanos prosiguió en cada rincón del planeta donde seguían siendo violados, a la sombra de la Carta.
Hoy se ha ganado una conciencia, una masa crítica global nunca antes  vista. Auxiliada por el desarrollo imparable de la comunicación, la denuncia de la violación de los derechos humanos encuentra un eco mundial casi inmediato, lo que ayuda a detener las agresiones o al menos a reducir su rango de acción.
De todos modos, sería ingenuo pensar que, en el marco de un sistema en el que impera la competencia feroz y, ergo, la ley del más fuerte, la protección de los derechos elementales de la persona humana vaya a estar definitivamente y –sobre todo– universalmente asegurados. Hoy los golpes de Estado, las dictaduras y los gobiernos autoritarios no son disimulables, ocultables ni justificables a los ojos de esa masa mundial reclamante que denuncia su violación y se moviliza por su protección. Ni siquiera el poder mediático puede hacerlos aceptables. Esas formas tienen demasiada «mala prensa». Por eso, el sistema nos regala hoy una nueva forma de violación de derechos humanos 4.0 que ya tiene su denominación: «lawfare», que es una forma legal de violar los derechos humanos. Para ello el poder ya no recurre a las Fuerzas Armadas o a las policías sino a los jueces, al Poder Judicial (significativamente el encargado institucional de proteger los derechos humanos mediante la aplicación estricta de la ley a todos por igual y de acuerdo a la letra de los códigos y la jurisprudencia). Pues bien, hoy el poder financiero y económico mundial encuentra cientos de  integrantes de las magistraturas nacionales dispuestos a «aplicar la ley» de maneras particulares y en sentidos determinados, por una buena tajada económica o simplemente por ascensos en su carrera o promociones a cargos de poder político. El caso más desembozado es el del juez Sérgio Moro, encarcelador, sin pruebas, de Luiz Inacio Lula Da Silva.
El «lawfare» es la continuidad de las dictaduras por otros medios y es claro que sus víctimas no son solo los dirigentes políticos populares. El impeachment a Dilma, la cárcel para Lula, la cárcel para dirigentes políticos y sociales argentinos, la persecución a Rafael Correa y situaciones similares que van más allá del continente americano, son la punta del iceberg gigante de una masiva, sistemática y cotidiana violación de los derechos humanos en cárceles, juzgados, estaciones de policía, y en las calles y barriadas populares de nuestros países, ejercicio puro y real de poder, sobre el que se sustenta el sistema más inequitativo y depredador que ha conocido la humanidad.


ONU. La Declaración fue proclamada por la Asamblea General el 10 de diciembre de 1948. (STRINGER / AFP / DACHARY)