Derrame ácido
Mariano Borzel
Economista
La frase del ministro Luis Caputo caló con fuerza y obtuvo la venia de los participantes de la Convención Anual del Instituto Argentino de Ejecutivos de Finanzas: «El derrame hay que forzarlo. La gente (...) tiene que poder recibir el beneficio de tener crédito, porque es el motor del crecimiento en cualquier economía normal». También afirmó que Argentina será el país «estrella» en los próximos 20 años.
Sin embargo, le faltó hablar del verdadero motor que cautiva al establishment local e internacional: los altos rendimientos que se consiguen por las colocaciones que realiza el Tesoro, vía títulos públicos, y el BCRA, por medio de Lebacs.
El marco global es de lo más propicio. Lo acaba de reconocer un informe del Banco de Pagos Internacionales en el que se señala: «Las buenas perspectivas y la inflación reducida incentivan la asunción de riesgo (...) en activos de los emergentes, ante la excelente rentabilidad de las operaciones de carry trade». Es decir, que la bicicleta financiera goza de gran vitalidad.
No hay que perder de vista los impactos. Uno de ellos proviene de las altas tasas de interés que aplica el BCRA para contener la inflación, que terminan afectando negativamente la actividad económica y desincentivan la inversión productiva. Un efecto obvio.
En tanto, los cada vez más altos niveles de deuda no harán más que incrementar la exposición a súbitas salidas de fondos hacia el exterior. Tanto en nuestro país como en el mundo hay sobrada experiencia del impacto de estas reversiones, entre ellos la devaluación cambiaria y las mayores tasas de interés internas. Más cuando, como ocurre en Argentina, no quedan regulaciones al movimiento de capitales especulativos.
Por eso, si se profundiza este modelo lo único que se derramará en el mediano y largo plazo es un producto abrasivo que afectará al empleo, a las pymes y las condiciones de vida de la sociedad.