Desobediencia de vida
Familiares de genocidas
Repudian los crímenes cometidos por sus padres y exigen que se les permita declarar en su contra. Los hijos de represores adquirieron una inédita visibilidad pública, instalando un debate que le suma complejidad a la memoria de la década del 70.
C. K.

24 de marzo. Integrantes de la agrupación Historias Desobedientes en la marcha en conmemoración de los 42 años del golpe de Estado de 1976. (Nicolas Stulberg)

Hay muchos recuerdos que a Bibi la perturban. Uno de los primeros fue a sus siete años. Corría 1963. Arturo Illia asomaba como la promesa radical en una Argentina que se debatía entre unas Fuerzas Armadas con visibles fracturas internas y un partido político que cuanto más impronunciable se volvía, más voluntades parecía atraer. En ese entonces, Bibi iba a la primaria. Sus padres la habían anotado en Nuestra Señora del Sagrado Corazón, en el barrio porteño de Belgrano. La rutina era más o menos la misma todos los días. Su mamá la pasaba a buscar, iban a tomar la merienda a una confitería alemana que había sobre la avenida Cramer y después la llevaba a su clase de inglés. Pero algo pasó aquel día que a Bibi la empujó a romper esa presunta calma. Ahí, delante de todas sus compañeras, en medio de esa calle ancha, Bibi sorpresivamente gritó el nombre de Perón. «Mi vieja entonces se da vuelta y después de pegarme en la boca me dice “Esa palabra no se pronuncia”. Yo tenía siete, creo que ni sabía lo que quería decir», recuerda hoy con 62 años y una sonrisa incrédula.
Desde entonces, Bibiana Reibaldi supo que algo no andaba bien. En su casa no solo no se podía nombrar a Perón, sino que el retrato de Aramburu compartía la pared con el de su abuelo. «Cuando Aramburu llega al poder, papá pasa a trabajar en Casa de Gobierno, aunque nunca supe en qué. Y claro, cuando encuentran el cuerpo de Aramburu en los 70, yo estaba muerta de miedo. Imaginate, yo con 14 años, tenía la cabeza en otras cosas. Y de pronto veo a ese señor, que algo indudablemente tenía que ver con mi familia, en todas las noticias». Pasarán entonces algunos años hasta que Bibi finalmente podrá explicar ese temor por cosas tan ajenas a su infancia, o por qué debía llamar a su padre «señor Soler» en vez de su nombre verdadero. Julio Reibaldi, así se llamaba, era un oficial que a partir de 1972 pasó a integrar como personal civil de Inteligencia el Batallón 601 del Ejército, la unidad creada para infiltrarse en las organizaciones armadas, disuelta en 1985. La confirmación para Bibi llegó de una manera casi trágica. Un día estaban en el Hospital Militar. Su papá tenía problemas cardíacos y ella había decidido acompañarlo al médico. De pronto, se cruzaron a una pareja amiga y entonces Reibaldi –Soler para Bibi– lanzó: «Ahora me dedico a cazar subversivos». «Eso me rompió en millones de pedacitos», cuenta con un tono que parece ya familiarizado con la idea de compartir su pasado.
No es casual. Desde hace un año, Bibi forma parte de Historias Desobedientes, un colectivo integrado por hijas e hijos de represores que vino a complejizar la memoria sobre los 70 desde diversos costados. En primer lugar, porque interpela un discurso –el de los familiares de represores– que hasta ahora aparecía hegemonizado por la voz de Cecilia Pando y su justificación de los crímenes cometidos por el terrorismo de Estado. «Recuerdo que mi analista me decía: “¿Por qué no vas cuando está Pando y gritás al lado de ella?”. Pero Pando tiene a todas las Fuerzas Armadas y de seguridad sosteniéndola y protegiéndola, y yo estaba sola como un perro». Es así como para Bibi, al igual que para muchos de los integrantes de Historias Desobedientes, la organización también se volvió un espacio de encuentro: «Durante años me dije: “No puedo ser la única”. Me acuerdo de que tenía una compañera en la carrera de Psicopedagogía, con quien fui muy amiga. Su padre era de la Armada, estaba en actividad. Me venía contando de su padre y entonces un día le digo: “Me parece que tenemos que conversar más profundamente vos y yo. De tu papá, del mío y de lo que pasó con nosotras durante todos estos años”. No la vi más».

El fin de un estigma
Por qué ahora. La pregunta parece inevitable. Desde Historias Desobedientes plantean el escandaloso fallo de la Corte Suprema aplicando el beneficio del 2 x 1 en delitos de lesa humanidad como un punto de inflexión. Otro hecho significativo fue que durante esos meses, Mariana Dopazo, la hija de Miguel Etchecolatz, dio su testimonio a la revista Anfibia. La entrevista se difundió como un reguero de pólvora, instalando el debate en torno a la figura de los familiares de los represores y su legitimidad como voz pública. Fue así como en este contexto comenzó a cobrar más cuerpo un proceso que ya se venía dando subterráneamente y que podría reconocer como prólogo la publicación del libro Hijos de los 70, escrito por Carolina Arenes y Astrid Pikielny.
Paula recuerda bien el día que apareció la nota en Anfibia. Para ella significó saber que no estaba sola. «Siempre me decía “No puedo ser la única”», dice hoy Paula, que prefiere ser solo Paula. Es lo primero que explica. Su padre es un jerarca de la Policía Federal que no ha sido imputado en ninguna causa y presuntamente hoy sigue en servicio. Por eso Paula tiene miedo, un miedo que intenta contar con gracia.
–¿Cuándo empezaste a hablar del tema?
–Depende con quién. Con mi psicóloga hace 14 años.
Y entonces Paula cuenta su historia. La separación de sus padres cuando tenía 12, el convencimiento de que su papá era abogado y el día que la citó junto a su hermano en una confitería de Cabildo y Federico Lacroze para contarles que «había participado en la guerra contra la subversión». Paula tenía 14 años. Y se había pedido un helado. No recuerda otra cosa de ese día. Sí que un tiempo después lo contó a sus compañeras del Colegio Nacional de Buenos Aires. Fue ahí que empezó a atar cabos.
–En casa siempre vimos La noche de los lápices… La verdad que en ese entonces todavía no tenía una conciencia social o política. Pero siempre sentí rechazo por los uniformados.
–¿Vos sabés que yo le tenía terror a mi papá cuando vestía el uniforme? –la interrumpe Bibi–. Para mí que eso los cambia. Debe ser como cuando yo me pongo tacos altos, que me siento otra…
–Yo con tacos siento que me voy a caer –se ríe Paula.
Y entonces ambas cuentan su historia. El miedo, la culpa, la vergüenza…
–Después de la reacción de mis amigas del Nacional, que fue un poco «hay un monstruo entre nosotros», no pude hablar del tema hasta diez años después.
–Es algo muy fuerte que se instala en el imaginario social. Porque quieras o no, está siempre el prejuicio de «sos hija de…».
La cuestión del estigma, en realidad, está muy instalada en el grupo, atravesando a todos los hijos. Hay quienes, de hecho, ya han optado por la desafiliación, como es el caso de la hija de Etchecolatz, quien en 2014 presentó un escrito ante un juzgado de Familia para pedir el cambio de apellido. Para entonces existía como antecedente el reclamo realizado diez años antes por Rita Vagliati, hija del comisario de la Policía Bonaerense Valentín Milton Pretti.
–Y hay que sostener ese apellido, tenés que vivir con eso, ¿eh? Imaginate, si a nosotros nos costó llevar esta mochila… Muchos de nosotros elegimos no desafiliarnos y transformar lo que nos tocó en la vida en algo distinto. Pero comprendemos a los que necesitan desafiliarse, como así también entendemos que a algunos hijos de desaparecidos les cueste todavía aceptarnos –comenta Bibi.
–Creo que si nos llamamos «hijos de genocidas» resulta clara nuestra posición –agrega Paula–. No obstante, en un momento donde se quiere instalar desde el discurso oficial el olvido y la idea de reconciliación, creo que es comprensible ese resquemor. Además, si yo me pienso como la hija de un ser despreciable y eso me genera un montón de cosas negativas, ¿por qué el otro va a tener otra reacción? Por eso el miedo al rechazo es tan fuerte y es muy difícil hablar.
–¿Y qué cambió en estos meses para que puedan hacerlo?
–Que ya no estamos solas.