El eterno silencio
Eduardo Blaustein - Obloshka - 157 páginas

¿Qué géneros podrían atribuírsele a El eterno silencio? ¿Neogauchesco posapocalíptico? ¿Gótico rural? ¿Fantástico ecológico? ¿Qué ocurre allí dentro que nos haga pensar en este mejunje? Sucede que el protagonista pasa sus días en el rancho, bajo la higuera, junto a una mesa de mármol. Lo rodean tres perros, un caballo, un carancho, una prostituta llamada Lagaña y un par de compañeros de andanzas. Artesano, luthier, acumulador compulsivo, egoísta, cavernícola, así lo ven. Es 1958, tiempos de la Libertadora y proscripción del peronismo, aunque nada de esto se explicite. Más allá de la tranquera andan los dementes sueltos por las calles, entre las ruinas de una comunidad que alguna vez fue pujante: la Colonia Experimental para la Sanación de Frenopáticos, una especie de Hospital Real de Bethlem en medio de la pampa, con sus estatales abandonados por el Estado, hoy convertido en un hospicio atendido por sus huéspedes. La locura colectiva y la individual se dan la mano. Morosa en su trama, vertiginosa en su lenguaje, con una escritura que frisa lo poético y descripciones minuciosas, como si alguien hubiese amputado las oraciones, El eterno silencio enlaza de algún modo con esa novela injustamente olvidada de Blaustein que es Cruz Diablo (Premio Emecé 1997). Dick junto a Soriano y Briante, dice Juan Sasturain en la contratapa. Si fuera una película, pasaría de una sucesión de primeros planos a un largo travelling, en el que pasado y futuro se funden para recordarnos que todo texto es político.

Hernán Carbonel