El Fausto criollo
Benicio Núñez

En 1866, cuando Estanislao del Campo publicó el Fausto criollo, pisaba un terreno todavía poco explorado pero vital para la literatura argentina: la gauchesca. Su obra narra el diálogo de dos paisanos, en el que el gaucho Anastasio «El Pollo» le cuenta a don Laguna cómo un día, mientras estaba de paso por la Ciudad de Buenos Aires para cobrar una deuda, asiste a la ópera Fausto, de Charles Gounod, basada en el clásico de Goethe. La aparición del diablo en el teatro cobra tanta fuerza para el gaucho, que la cree cierta. Unos 100 años después, Benicio Núñez –que formó parte del Grupo Arte Concreto Invención– ilustró las escenas en una famosa edición de los años 60. Una colección de 21 de esas piezas, realizadas en tinta y también en témpera, en las que se puede ver a estos personajes en blanco y negro y a puro color, con sus pañuelos al cuello, sobre sus caballos, con la luna en su camino; al diablo, en sus laberintos, con sus cuernos blancos y su barba oscura; se exhiben –gracias al aporte de la Fundación Alon, que acaba de reeditar el libro– en la Casa del Bicentenario.

Viviana Vallejos