El ferrocarril subterráneo
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Hace unos años Hollywood asumió la necesidad de visibilizar los relatos de la comunidad afroamericana, pero enseguida se alzaron voces críticas acusando a muchas producciones de convertir el sufrimiento de un pueblo en entretenimiento para el público blanco. El ferrocarril subterráneo, la adaptación que hizo Barry Jenkins (director de la ganadora del Oscar Moonlight) de la novela de Colson Whitehead, parece hacerse cargo de esta discusión desde el primero de sus diez episodios, en una impresionante escena en la que los esclavos de una granja son obligados a presenciar el castigo a uno de los suyos, mientras los amos blancos almuerzan y escuchan música: el suplicio del negro como espectáculo. Con un presupuesto millonario, Jenkins logró un relato épico, reflexivo, consciente de los lugares comunes de la narrativa «racial», pero que no se ahorra emociones intensas ni crueldades. El «ferrocarril subterráneo» es una suerte de alegoría del sistema de túneles y refugios por el que los esclavos del período previo a la guerra civil intentaban huir de las granjas del sur de Estados Unidos. El hilo del relato lo lleva Cora (Thuso Mbedu, una revelación), joven nacida y criada en una granja de algodón de Georgia. Tras sus pasos va un obsesivo cazador de esclavos, Ridgeway, a quien Joel Edgerton interpreta como si fuera el mismísimo Destino Oscuro. La clave de la historia se manifiesta a medida que Cora avanza: en cada parada comprende que, si bien cada nuevo pueblo parece implicar un pequeño progreso, aún le aguardan muchos años de sufrimiento. Guionista y director de todos los capítulos, Jenkins no escapa a cierto esteticismo, pero su adaptación es un pequeño prodigio que deja testimonio de un momento de la historia de su país poco abordado por el cine y la televisión, y en el que reverberan situaciones brutalmente actuales.

Mariano Kairuz