El fin de la noche
Contamicación lumínica
La Unesco declaró al cielo nocturno Patrimonio Intangible de la Humanidad. Y con razón: más de una tercera parte de la población mundial no puede ver la Vía Láctea debido al brillo que proyectan las luces artificiales. Los efectos sobre la salud.
Francia Fernández

Buenos Aires. Ver las estrellas en las grandes ciudades resulta cada vez más difícil. (Sandra Rojo)

El cielo estrellado ha cautivado al ser humano, desde siempre. Y, por millones de años –hasta la invención de la electricidad– la Tierra se movió al ritmo que marcaban naturalmente el día y la noche. Hoy, con luces artificiales que invaden la oscuridad nocturna de las ciudades –y con aparatos que emiten luces LED en los hogares–, la gente vive encandilada. Al punto que hay sitios en el mundo donde no es posible ver ni una sola estrella.
El fenómeno, conocido como polución lumínica, es un problema emergente para la observación astronómica que, puede aumentar exponencialmente debido al crecimiento urbano e industrial, según los expertos. «También trae aparejados problemas en la salud humana, en la ecología y la vida salvaje, el medio ambiente, y problemas económicos por el despilfarro energético, y afecta al turismo e impide que las personas conozcan y disfruten las maravillas del cielo estrellado, tal como lo hacían nuestros antepasados prehistóricos», enumera el astrónomo Eduardo Fernández Lijos, del Observatorio Astronómico de La Plata.
Para hacerse una idea del impacto del «brillo del cielo nocturno producido por la difusión de la luz artificial», Beatriz González, astrónoma del Instituto de Tecnologías en Detección y Astropartículas (ITeDa) e investigadora del CONICET, explica que «a simple vista sería posible distinguir entre 2.000 y 2.500 estrellas, en zonas sin contaminación». En el caso de las ciudades con cielos muy contaminados, ese número sería menor a 200: «Se ven unas pocas decenas... En Buenos Aires no tengo una cuenta precisa, pero, probablemente, el número cambie en distintos barrios y si estás cerca de un letrero de LED o en una de las plazas súper iluminadas. Lo cierto es que no es posible detectar estrellas de manera fácil. Si uno se va a la Costanera, cerca del aeropuerto o a los bosques de Palermo, tal vez logre divisar más», precisa.
Tanto la iluminación externa –alumbrado público, letreros publicitarios, luces de autos, parques, estadios– como la interna –proveniente de aparatos en el interior de las casas– contribuyen a que las personas experimenten cada vez menos «noches verdaderas», y afectan su bienestar. «Nuestra fisiología y comportamiento evolucionaron como animales diurnos, y es la oscuridad de la noche la señal para que muchos procesos se den adecuadamente. En estos tiempos, nadie se va a dormir solo: todos llevamos alguna pantalla (TV, celular, tablet) cuyos LEDs emiten luz de un color estimulante para nuestro reloj biológico. Así, se están demostrando efectos sobre toda nuestra fisiología debidos a esta exposición inesperada a la luz nocturna. Quizá el primer síntoma sean los trastornos de sueño», afirma el biólogo y divulgador científico Diego Golombek. «Extendemos nuestras actividades hasta más allá de lo necesario. Así, perdemos horas de sueño que ya no se recuperan. Al mismo tiempo, esta luz puede interferir con la secreción de hormonas que necesitan oscuridad completa para actuar. También hay reportes de un aumento en la incidencia del cáncer en correlación con la luz durante la noche. Es para preocuparse», subraya.
Además del cáncer, la exposición a luces artificiales se ha relacionado con la obesidad, la diabetes y las enfermedades cardiovasculares. Por lo visto, las luces azules –computadoras, televisores o LED– serían más dañinas. La contaminación lumínica provoca igualmente alteraciones en el comportamiento de otros seres vivos. Por ejemplo, tortugas marinas recién nacidas reptan hacia la tierra en lugar de ir hacia el mar y aves –millones de ellas– mueren anualmente por chocar contra estructuras luminosas. «Hay muchos reportes de animales “confundidos” por estas luces», afirma Golombek. «Las aves o insectos que migran pueden equivocar sus rutas, con efectos complicados para su eventual reproducción. Recién empezamos a comprender los efectos tóxicos de la luz nocturna», agrega.

Prevenir, educar, legislar
A diferencia de otros tipos de contaminación, la polución lumínica es reversible. Esto la hace menos perniciosa y puede solucionarse más fácilmente. Basta con iluminar racional y eficientemente. Así se lograría un importante ahorro energético, la consecuente disminución de emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera y el cuidado de los ecosistemas y de la salud humana», señalan los especialistas. Asimismo, habría que educar, ya que el tema no está ampliamente difundido.
Una forma de prevención sería «elegir luminarias que apunten hacia abajo (apantalladas o con blindaje); iluminar para arriba en la noche, no tiene sentido», comenta la astrónoma García. También se sugiere cambiar las luces del alambrado público, «eliminando especialmente la luz producida por el mercurio. En general, los astrónomos decimos que lo mejor es el sodio a baja presión, pero con los led, que son reciclables, casi no disipan por calor, duran más y consumen menos, estamos en dificultades. Es una fuente eficiente, pero contaminante, ya que pueden encandilar si no se los calibra y, desde el punto de vista del reloj biológico y de la astronomía, son muy perjudiciales», detalla. En casa, «habría que optar por dormir sin luces cercanas o dispositivos que las produzcan (como celulares), pero, sobre todo, apagar las luces que no se necesitan».
La Constitución Nacional consigna el derecho humano al medio ambiente en su artículo 41. Sin embargo, los expertos consideran que aún queda mucho por hacer y legislar sobre la contaminación lumínica. Entre otros, sitios como el complejo astronómico El Leoncito , en San Juan, o la ciudad de Malargüe, en el sur de la provincia de Mendoza:, donde se ubica el observatorio Pierre Auger, cuentan con reglamentaciones sobre el tema.
En Francia, acaba de entrar en vigencia un decreto para la protección de la oscuridad nocturna, mediante el control de la emisión de la luz en espacios abiertos, con requerimientos para el diseño de instalaciones luminosas en el exterior, así como normas para las propiedades públicas y privadas, entre ellas, parques y jardines. En España, en las islas Canarias, donde está instalado el Observatorio Astrofísico, existen regulaciones, desde 1988. También las hay en el Reino Unido, Alemania, Italia y Eslovenia. Se supone que Norteamérica, Australia y algunos países de Europa llevarían la delantera, aunque, según García, «la conciencia sobre el tema» no está tan avanzada en ninguna parte. «Hay casos muy puntuales de ciudades cercanas a observatorios, como La Serena, en Chile, donde se han hecho trabajos importantes de cambio de luminarias y de legislación. No ocurre lo mismo en Santiago, que está hipercontaminado lumínicamente y se ubica lejos de la zona de telescopios».
La Unesco declaró la visibilidad de los cielos nocturnos como Patrimonio Intangible de la Humanidad, en 2007, y estableció el 16 de mayo como el Día de la Luz. En tanto, La Unión Astronómica Internacional, que, en 2019, cumple 100 años, ha desplegado el proyecto «Cielos oscuros para todos» como una forma de generar conciencia sobre la preservación de este «tesoro». Ocurre que la protección del cielo estrellado es fundamental para el estudio científico y, por qué no decirlo, para el alma humana.