El género en disputa
Lenguaje inclusivo
Todes, chiques, diputades: la utilización de la letra «e» en remplazo del masculino genérico característico del español gana terreno entre jóvenes y activistas, y denuncia un sexismo que, desde la lengua, impregna la vida cotidiana. Un debate que recién empieza.
Marcela Fernández Vidal

(Pablo Blasberg)

Los medios masivos pusieron en primer plano un hecho social que se gesta en paralelo a las disputas por la ampliación de derechos de vastos sectores de la población. Es el caso del «lenguaje inclusivo», «lenguaje no binario» o «lenguaje no sexista». Durante el debate por la ley de despenalización del aborto, muchas de las jóvenes que apoyaban el proyecto utilizaban con naturalidad ese lenguaje. «Hay poques diputades que están indecises, y queremos mostrarles que a nosotres, les estudiantes, no nos va a pasar por al lado que sigan muriendo mujeres», dijo, por ejemplo, durante la vigilia que se realizó frente al Congreso nacional, Natalia Mira, vicepresidenta del Centro de estudiantes de la Escuela Carlos Pellegrini. También, los medios destacaron que en Buenos Aires muchos alumnos de séptimo grado y de quinto año vestían buzos con la leyenda «Egresades 2018». Estas manifestaciones novedosas en el terreno discursivo no pasaron inadvertidas. Al contrario, generaron una virulenta ola de polémicas en medios y redes sociales, cada vez más, una guía certera para conocer tendencias. Pero es solo la punta del iceberg, pues cuando se trata del uso del lenguaje hay mucho más en juego bajo la superficie.
Las discusiones en torno a los usos lingüísticos no son nuevas. Los planteos crecen al calor de los cambios históricos, porque el lenguaje es una práctica social permeada por las luchas de poder, es decir, codifica cuestiones políticas e ideológicas. El lenguaje inclusivo se vincula íntimamente con los reclamos de los movimientos feministas, las movilizaciones para frenar los femicidios y la violencia contra las mujeres y, también, con las reivindicaciones del colectivo LGTBI.  Desde ese punto de vista, expresa la conciencia de que en el lenguaje están invisibilizados o discriminados estos sectores, lo cual también, dicen, es ejercer una forma de violencia.
El comienzo de la preocupación sobre el sexismo en el lenguaje podría ubicarse en los años 70, convulsionados como pocos, también de fuertes luchas de las feministas y las identidades de género diversas. El español cuenta con un sistema binario de género y, para referirse a un grupo mixto, utiliza el masculino plural, por ejemplo, «los científicos», lo cual deja afuera a las científicas. Acusando el reclamo de los movimientos feministas, se echó mano a recursos que ya poseía la lengua: el reemplazo por sustantivos abstractos («estudiantado» en lugar de «estudiantes), el desdoblamiento o doble mención, el uso de artículos y pronombres sin marcas de género («quienes», «cualquiera»), del femenino de las profesiones, de la barra a/o, de la @ y de la letra x. A esto se suma, con bombos y platillos, la letra «e», poseedora de una ventaja que la puso en el ojo de la tormenta: es pronunciable, criterio sine qua non en la lengua; es decir, no obstaculiza la lectura, se puede usar en la oralidad y –no es atributo menor– tiene la posibilidad de representar a la diversidad sexual.
«Este planteo pone de relieve de modo contundente que la lengua no es un instrumento transparente de comunicación y que los cambios no son inconscientes. El cambio en la lengua es continuo y es una lucha por imponer valor a determinados signos, pero también por imponer nuevos signos. Es muy difícil predecir qué va a pasar con el lenguaje no sexista, en todas las sociedades hay grupos más conservadores y otros más innovadores», señala Alejandro Raiter, profesor titular de Sociolinguística de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Para él, es claro que la gramática no precede a los hablantes, «hay dialectos y cada tanto la gramática toma las formas que se usan. Es un planteo muy particular del español, donde llamamos géneros a lo masculino y lo femenino. ¿Si se hubiera llamado “a” y “b”, o si se hubiera llamado temas en “a” y temas en “o”, ¿habría otro problema? Por ejemplo, el idioma wichi no marca género».
No sin cierto estremecimiento, asistimos a un cambio en curso que para algunos es una amenaza a lo establecido, en términos generales, por la gramática de Antonio de Nebrija de 1492; y para otros, un recurso de comunicación efectivo al que se apela cotidianamente, por ejemplo, en los centros de estudiantes de las escuelas secundarias o en medios de comunicación alternativos, como la radio Futurock.
«La letra “e” perturba porque propone un cambio de sistema estructural de la lengua. Es posible porque se puede decir. Es la oralidad la que está en juego, ya que es la que mueve la lengua desde su origen, es decir, desde el latín vulgar. Todas las lenguas tienen mecanismos para incorporar palabras y el sistema no sufre, en este caso introduce un género más, habría una tercera opción. Y además es posible pensarlo desde la teoría Sapir-Wohrf, que plantea vínculos entre lenguaje y cultura, uso y lengua, lenguaje y representaciones e ideologías. La lengua no es inamovible ni abstracta, su uso la modifica y tiene que ver con nuestras identidades, las relaciones sociales y los modos de representar el mundo», opina Sara Isabel Pérez, profesora de Fundamentos de Semiótica y Lingüística y Análisis del Discurso de la Universidad de Quilmes.

Redes y academia
Según estudios aún no sistematizados, se puede constatar su uso preferentemente entre los jóvenes de los colegios secundarios de la Ciudad de Buenos Aires, en algunos lugares de la provincia bonaerense, así como en la Patagonia y en el Norte del país, siempre en grandes ciudades y en sectores medios o acomodados.
No solo las redes sociales en las que participan cada vez más padres, alumnos y autoridades escolares se alborotan. También, las academias y los expertos expresan agitación; prueba de ello son los numerosos artículos, entrevistas a estudiosos y mesas de debates y charlas que se sucedieron en los últimos tiempos. Entre otros, trataron el asunto el Centro Cultural Paco Urondo de la UBA, la Universidad de Avellaneda –que lanzó un posgrado en Comunicación Inclusiva a cargo de la periodista Cynthia Ottaviano– y el Profesorado de Lengua y Literatura del Instituto de Enseñanza Superior Nº 2 Mariano Acosta. En este último, Santiago Kalinowsky, de la Academia Argentina de Letras, dijo que «sin desmerecer el tema, se trata de un recurso retórico que trasciende lo lingüístico. Es una intervención del discurso público para concientizar sobre una situación de injusticia».  Una de las instituciones que más reparos presenta es justamente la que carga sobre sus espalda la responsabilidad de «fijar, pulir y dar esplendor» al idioma. La Real Academia Española señaló en un tuit, ante una consulta: «No es esperable que la morfología del español integre la letra “e” como marca de género inclusivo, entre otras cosas porque el cambio lingüístico, a nivel gramatical, no se produce nunca por decisión o imposición de ningún colectivo de hablantes».
Los estudiantes tienen otra visión. «Va más allá de una letra, es para concientizar sobre que existen en la sociedad más de dos opciones de identidad de género. Los que se burlan de su uso tienen un pensamiento conservador. Si bien no todos mis compañeros lo usan, sí algunos profesores y adultos», señala Dana Cufré, alumna del Colegio Nacional Buenos Aires, donde su departamento de Castellano y Latín entregó a los alumnos un dossier con  artículos sobre el tema para debatir. Arianna Fernández Riello, alumna del Colegio Ecos, opina: «Estoy de acuerdo con el uso del lenguaje inclusivo para no dejar afuera a ningún grupo. Apunta a dar visibilidad a las mujeres y a remarcar que hay otras opciones de identidad sexual. Sirve también para expresar que acepto al otro como se ve  y como quiere que se refieran a sí mismo. El género gramatical es algo que se estableció hace mucho y este uso no quiere decir que ya cambie. Va a llevar tiempo. Pero se va a poder».
En esta pulseada, ¿ganará la RAE o quienes presionan en pos de un lenguaje inclusivo? ¿Serán apenas una moda las «e» y otras variantes, o se instalarán definitivamente en la forma de expresarnos?