«El mercado no se autorregula»
Ronaldo Munck
Sociólogo, especialista en estudios laborales, analizó en distintos países la transformación del mundo del trabajo y las implicancias de la globalización. El académico e investigador sostiene que el capitalismo crea resistencias sociales, ambientales y de género y no tiene un futuro sustentable.
Mirta Quiles

A un mes de la instauración de la dictadura militar autoproclamada «Revolución Argentina», en 1966, el presidente de facto Juan Carlos Onganía decretó la intervención de las universidades nacionales y su «depuración» académica. Cientos de profesores, alumnos y no docentes que ocupaban varios edificios de las facultades de la Universidad Nacional de Buenos Aires en defensa de la autonomía universitaria y la libertad de cátedra fueron golpeados por miembros de la Guardia de Infantería de la Policía Federal y desalojados. Una de las consecuencias de esta medida represiva –conocida como La Noche de los Bastones Largos– fue el despido y/o renuncia de 700 de los mejores profesores de las universidades argentinas, que continuaron sus carreras en el exterior. También varios cientos de estudiantes decidieron completar sus estudios fuera del país. Uno de ellos fue Ronaldo Munck, estudiante de Sociología que llegó a la Universidad de Essex, en el Reino Unido, por entonces uno de los focos de la sociología crítica. Enseñaban e investigaban en Essex David Lockwood, Simon Clarke, Ernesto Laclau, Ted Benton y Michael Mann entre otros. «Ya recibido –recuerda–, conseguí mi primer trabajo en Belfast, Irlanda del Norte,  donde fui a dar clases sobre estudios laborales y allí comencé a investigar sobre el mundo del trabajo».
–Estudió en Inglaterra, enseñó en Irlanda del Norte, investigó en Sudáfrica y finalmente fijó residencia en Dublin, capital irlandesa. Una vida ajetreada para un académico.
–Sería justo decir que lo que más influyó en mi pensamiento fue la política del mundo real y no los debates académicos. En el mundo académico uno puede escribir para otros académicos o para un púbico más amplio. Para mí la función de la educación es llegar a los estudiantes y también a aquella gente que quiere aprender sobre los problemas del mundo y sus alternativas. Es un trabajo más de discusión, de difusión. Además, en Inglaterra e Irlanda existe un movimiento bastante fuerte de educación con los obreros, por ese lado me relacioné con el mundo del trabajo y desde hace unos años soy además el representante de los profesores universitarios en el sindicato más grande de Irlanda, el que creó James Connolly en 1916.
–¿Sus investigaciones en Sudáfrica también fueron sobre el mundo del trabajo?
–Trabajé con sindicatos en Sudáfrica en la década del 90, cuando había un proceso bastante democrático y amplio en la lucha contra el apartheid, donde los sindicatos jugaron un papel muy importante. Yo formaba parte de un grupo de investigadores universitarios que trabajaban con los nuevos sindicatos que surgían, como el Sindicato Nacional de Mineros fundado por Cyril Ramaphosa, el actual presidente de Sudáfrica.


–¿En esa época usted recupera la teoría del doble movimiento del historiador de la economía Karl Polanyi?
–Así es. Me interesé en Polanyi en los años 90, tras la caída de la Unión Soviética, que tuvo un impacto muy grande en Europa, donde muchos decían que el socialismo ya no era posible. Polanyi me dio una idea de que el cambio social no necesariamente se daría de la forma simplista de cierto marxismo, que sostiene que la clase obrera se organiza, hace la revolución y toma el Estado. Hoy día la sociedad es más compleja y no va a pasar así. Además Polanyi tiene una visión muy optimista, y eso es lo que me gustó. Más en una etapa en que la izquierda pasaba de un optimismo extremo a un pesimismo extremo.
–¿Cuáles son los ejes de la teoría?
–Polanyi era un socialista cristiano, utópico, pero conocía el marxismo, no era antimarxista. En La gran transformación –su libro más importante– sostiene que el mercado avanza, avanza y avanza y toma el control sobre todas las áreas de la vida, lo social, lo político, lo cultural. El mercado trata de deshacerse del control político y social, pretende que el Estado no se meta y aduce que sin control estatal la economía crecerá. Polanyi decía que no era así –él miraba la revolución industrial inglesa que estudió mucho– porque la sociedad resiste. No es muy claro en cómo resiste, pero si se deja que el mercado haga todo, se destruyen todas las relaciones sociales. Y algo muy importante que decía Polanyi es que, en el aspecto ambiental, si no se tiene ninguna protección, ninguna ley, se destruye la naturaleza, el planeta. En los años 90, cuando parecía que el neoliberalismo seguiría para siempre, Polanyi te enseñaba que no, que siempre hay fuerzas que contrarrestan.
–¿La respuesta entonces es inherente al sistema? ¿Se refiere a la sociedad organizada?
–Así es, es inherente al sistema. Sin embargo, Polanyi no lo explica claramente, ya que se mantuvo en un nivel utópico, era un historiador económico. Yo lo interpreto como movimientos sociales. Él hablaba de las épocas precapitalistas donde tenías reciprocidad. Incluso si analizás la obra del peruano José Carlos Mariátegui, la forma en que él ve la sociedad precapitalista de Perú, tiene indicios de lo que habla Polanyi, que hay sociedades dentro del mercado donde puede haber actividades económicas que no sean todo el Estado, sino reciprocidad, como las cooperativas, no en base a un mercado sin control. Porque el mercado no se autorregula. De ahí la importancia de Polanyi cuando habla de este doble movimiento: se expande el mercado y reacciona la sociedad.
–En su libro Marx 2000 usted analiza bajo la teoría marxista temáticas del siglo XXI, como el feminismo, la ecología y la religión.
–Si me preguntan si soy marxista, no sé qué significa. Muchos parecen tomarlo como una religión a la que suscribís o no. Pero Marx en sí –si estudiás bien lo que dice– es bastante flexible en su forma de pensar. La pregunta del libro es: qué diría Marx hoy mirando la cuestión del feminismo, de la religión, de la ecología. Además, me parece bastante claro que la crisis capitalista global de 2008-2009 restablece más o menos el análisis y el proyecto marxista clásico. Vale la pena pensar en un Marx para hoy. Hay mucho en juego: el capitalismo tal como está actualmente no tiene un futuro sostenible y tenemos que pensar en una alternativa.


–¿Cuál es su perspectiva del mundo del trabajo en la actualidad como investigador y partícipe, por sus tareas como sindicalista?
–Creo que la transformación más grande de la globalización no es la financierización de la economía, sino que desde 1990 a 2005, se duplicaron los trabajadores a nivel mundial. El capitalismo es un sistema muy dinámico, trajo partes del mundo (como el Este europeo, Rusia, China) al mercado y trajo consigo también las contradicciones de las que hablaba Marx. El mundo del trabajo va a organizarse, a reorganizarse, como ya se ve en China, en sus fábricas, por ejemplo, y va a ser sin dudas un poder contrahegemónico. Si saldrá de eso un socialismo, no lo sé, pero el capitalismo va a crear resistencias sociales, ambientales, de género, de distintas formas.
–Pero esos trabajadores ya no lo son con la formalidad que conocimos hasta el siglo pasado.
–El mundo del trabajo está constituido por todo el que trabaja directa e indirectamente para el capital. Lo informal es parte de la expansión de lo formal, en consecuencia, para el capitalismo el trabajo no registrado nunca fue un problema. Es un problema, y el principal, para los sindicatos. Por eso muchos estamos trabajando a nivel internacional para saldar eso.
–Sin embargo, el rol del sindicalismo tradicional está bastante cuestionado desde hace varios años.
–Así es, las críticas al sindicalismo se centran en que es caduco, burocrático, y en muchas ocasiones lo es. Sin embargo, sin forma de organización no hay resistencia. A nivel internacional los grandes sindicatos transnacionales –como los metalúrgicos– entienden que hay que tener conexiones internacionales, no podés pensar hoy en día solo a nivel nacional; y tampoco podés pensar en una clase obrera tradicional, que es un 15% o 20% de los trabajadores. Tenés que tener una visión amplia de los que trabajan en sus distintas formas.


Fotos: Kala Moreno Parra