El virus de la polarización
Ernesto Samper
Lideró la UNASUR y es uno de los máximos referentes del Grupo de Puebla. El expresidente de Colombia analiza el escenario de la integración regional.
Alberto López Girondo
Periodista

(Barreto/AFP/Dachary)

Abogado y economista, Ernesto Samper Pizano fue el último secretario general de la UNASUR, presidente de Colombia entre 1994 y 1998 y uno de los máximos referentes del Grupo de Puebla. Descendiente de una de las familias más tradicionales de Colombia, que alumbró intelectuales y dirigentes políticos desde la época de la colonia, comparte lazos afectivos muy fuertes con Argentina junto con su hermano Daniel, autor de libros con el luthier Jorge Maronna. En una charla por Zoom a horas de la segunda vuelta en Ecuador en la que ganó el conservador Guillermo Lasso y la primera en Perú, Samper consideró que en la región «hay un virus peor que el del COVID-19: el de la polarización ideológica», que la derecha utiliza «para pescar en el río revuelto de la izquierda dividida». Y señala que las oligarquías latinoamericanas, «siguen todavía con el cordón umbilical amarrado al programa de Trump».
–Se aleja la posibilidad de que la UNASUR vuelva a Quito, ¿verdad?
–Desde la Casa de la Patria Grande, en Buenos Aires, estamos montando programas sectoriales como el tema de la salud y podemos sobrevivir en la medida en que vayan concretándose espacios progresistas en la región. El Grupo de Puebla ha acordado trabajar en la CELAC, que es el organismo al que están concurriendo todos los países. Es una pena que no vayamos a poder utilizar la sede de UNASUR en la Mitad del Mundo a menos de que el nuevo presidente de Ecuador decida volver a considerar a Quito como la capital de la Integración. Pero no sería una reunión de países contra Venezuela y a favor de la agenda que impulsaba Donald Trump. Así es la democracia, tenemos que aceptar los resultados y también aprender las lecciones y es que hay un virus peor que el del COVID-19 y es el de la polarización ideológica, que es el arma que está utilizando la derecha para que la gente no concurra a las elecciones a escoger entre distintas alternativas políticas sino para decidir sobre un enfrentamiento que se plantea de manera violenta con el apoyo de los poderes fácticos que han venido reemplazando en la región a los partidos políticos.
–La sensación es que Donald Trump le facilitó la tarea a Joe Biden con la destrucción de organismos regionales.
–No hay que tener una visión tan pesimista. Hay vientos progresistas que soplan sobre la región. La elección de López Obrador en México, Alberto Fernández en Argentina, la posibilidad de una Constitución antipinochetista en Chile, habrá un candidato de centroizquierda en la segunda vuelta de Perú. La llegada de Biden representa una bocanada de oxígeno político para la región. Hay señales de que va a desradicalizar las relaciones de Estados Unidos con América Latina. Debemos aceptar que este tipo de episodios como el de Ecuador no son retrocesos sino tropiezos que se presentan en el camino de recuperar la gobernabilidad progresista en la región.
–¿Cómo cree que impactó el uso de herramientas como el lawfare y las fake news a través de las redes en el voto en Ecuador?
–Es evidente que Andrés Arauz compitió en las más difíciles circunstancias. Hasta último momento se discutió la legitimidad de su candidatura y padeció acciones hostiles en materia electoral, la persecución de Rafael Correa, la intervención desvergonzada del fiscal colombiano en los asuntos internos de Ecuador para tratar de vincularlo con el narcotráfico y el terrorismo en Colombia. No fue propiamente una campaña limpia. Estuvo llena de obstáculos, llena de sobresaltos, de zancadillas, esto nos debe llevar a reflexionar a los sectores progresistas sobre cuál es el sistema democrático en el que nos estamos moviendo. Las guerras jurídicas que ocurren en Argentina o Brasil muestran que hay enemigos poderosos que debemos enfrentar en esas condiciones, con los fiscales convertidos en actores políticos.
–Los medios de comunicación concentrados también son enemigos poderosos.
–A esto llamaba poderes fácticos, que son nuevos actores políticos que hacen política sin responsabilidad política, dentro de los cuales están los grupos económicos, los grupos comunicacionales, las ONG internacionales, los jueces y fiscales convertidos en protagonistas mediáticos y hasta las agencias calificadoras de riesgo. Si no abrimos los ojos a estas dificultades vamos a tener lo que se vivió en Ecuador: un enfrentamiento de una derecha polarizada apoyada por estos poderes fácticos y una izquierda dividida y fragmentada, huérfana de cualquier acceso mediático y defendiéndose como gato panza arriba en las redes sociales.
–En lo personal usted ha sufrido este tipo de situaciones y ahora aparece convocado a declarar en relación con el asesinato del dirigente político Álvaro Gómez Hurtado en 1995.
–Esto forma parte del folclore nacional. En Colombia también hay un Gobierno de derecha y un fiscal de derecha y hay unos organismos oficiales que están detrás de los mismos intereses. En Colombia las causas contra los expresidentes no se tramitan en la Justicia ordinaria. Se hacen a través de las comisiones de acusación del Congreso y ese es el escenario por el que debo responder por todos mis actos de gobierno. No he sido convocado ni siquiera en condición de investigado. Simplemente es un tema que produce efecto mediático como para que aparezca la inquietud de si voy a algo a lo que no tengo que ir.

(Horacio Paone)
 

–Hablando de Colombia, la situación sobre los acuerdos de paz parece bastante dramática: siguen asesinando militantes y dirigentes.
–Digamos que el vaso de los acuerdos de paz esta a medio llenar. La parte que está llena es la de que se desmovilizaron 12.000 combatientes. También que se creó una Justicia para la paz donde hay una comisión de la verdad, una jurisdicción de paz, una búsqueda de personas desaparecidas. A pesar de todos los intentos de este Gobierno (el de Iván Duque) por derribarlo, por quitarle recursos y posibilidades de acción y gracias al respaldo de la comunidad internacional, este acuerdo sigue funcionando. La parte que está vacía del vaso es que el Gobierno no ha puesto ningún interés en la protección de los sectores que deberían estar beneficiados por los acuerdos: no ha hecho una entrega de tierras, no ha reparado adecuadamente a las víctimas y está destruyendo los cultivos ilícitos de manu militari cuando lo que se convino en La Habana es que deberían ser sustituidos a través de un proceso voluntario. Todo esto sumado a la presencia del narcotráfico en algunas regiones. Tenemos la sensación de que el vaso está más desocupándose que llenándose. Es preocupante porque nos queda un año de un Gobierno que no cree en la paz, no cree en los acuerdos, y no está dispuesto a hacer nada para dar el paso de reactivar las conversaciones con el ELN, que en este momento está sentado a la mesa en La Habana esperando a que llegue alguien a negociar.
–La situación sanitaria en la región es preocupante y eso también hace lamentar la parálisis de la integración latinoamericana.
–Tenemos el 8% o el 9% de la población mundial, el 30% de los contagios y el 28% de las muertes. Hay casos atípicos como Brasil, que ha tenido un manejo desafortunado de la pandemia, como lo tuvo Trump. En términos generales podríamos decir que estamos pagando el costo de haber privatizado la salud en muchos países, de haber abandonado los programas epidemiológicos que se habían conseguido a través de mecanismos como el Instituto de Salud de UNASUR, y la presencia de un sector informal que supera el 50% de personas para las cuales medidas como el aislamiento no las aísla solo del virus sino de la comida, del trabajo y de la vida misma. Esa es una diferencia con lo que ocurre en Europa. Allí hay sectores formales, subsidios, canales que no los tenemos. Registramos estos niveles de contagios porque la gente esta saliendo para comer. Para sobrevivir.
–¿No cree que la dirigencia europea muestra mayor interés en el cuidado de sus habitantes, que las oligarquías locales que se inclinan más por salidas a lo Bolsonaro?
–Es que en muchas partes estas oligarquías ya se vacunaron en EE.UU. y eso establece un contraste con lo que está pasando en la región. Pero a mí me parece que Europa ha sido una de las regiones más desafortunadas en el manejo de la pandemia. Cada país se ha comportado con un nacionalismo sanitario que va en contra de todas las declaraciones políticas de unidad europea. Alemania cerrando totalmente sus fronteras, quitando el acceso a respiradores a cualquier país, las decisiones de prohibir la exportación de vacunas, la falta de capacidad de países como Francia e Italia para iniciar un proceso de vacunación masiva, han probado la incapacidad total de Bruselas de poner en marcha una solución a la más grave crisis que haya tenido la integración europea en muchos años. Aunque aquí tampoco hemos sido capaces de poner en marcha mecanismos conjuntos, existen por lo menos unas bases de solidaridad que se están haciendo presentes en muchos países. Si nosotros hubiéramos logrado, como hemos pedido en el Grupo de Puebla, que las vacunas se convirtieran en bienes universales –es decir, de libre acceso a costos aceptables o a la concesión de licencias obligatorias para poder clonar las vacunas– no estaríamos en la situación en que hoy día estamos. En Colombia se están planteando reformas tributarias con las cuales los contribuyentes van a ser las víctimas de la pandemia. Van a ser los pensionados, los asalariados, los desempleados los que van a tener que pagar más impuestos dentro de este concepto neoliberal de que lo que hay que hacer es quitarle impuestos a los de arriba para que generen más empleo.
–Joe Biden y su secretaria del Tesoro, Janet Yellen, anunciaron planes que hacen hincapié en lo contrario, en que la rebaja de impuestos en verdad no ha generado puestos de trabajo.
–Exacto. Y a mí me llama la atención que las oligarquías latinoamericanas, que están siempre tan dispuestas a imitar lo que haga el presidente de EE.UU., en este caso no lo están siguiendo. Y no lo hacen porque tienen una concepción de derecha que va más allá de sus afectos por el señor Biden. Siguen todavía con el cordón umbilical amarrado al programa de Trump. Hay dos maneras de salir de esto: reduciendo gasto social y el déficit fiscal, que es la vía neoliberal que ha fracasado, o imitar el modelo de Keynes en los años 30 cuando puso dinero en el bolsillo de los consumidores para que a través del aumento de la demanda se pudiera reactivar la economía. Es la única forma sensata de hacerlo. Que eso implique que haya que buscar otras fuentes de financiación sí, pero no puede ser lo único ponerle un impuesto a la clase media para sacar a un país de la crisis. Nosotros seguimos encasquetados en el modelo neoliberal y eso es lo que nos va a reventar realmente.