En el bar
Rebequita se debate
Rudy


(Hugo Horita)

Tarde otoñal de octubre, a pesar de que aquí es primavera. El clima parece no haberse enterado, o bien se creyó alguna promesa preelectoral de que va a estar como en el Hemisferio Norte.
–¿Qué te gustaría pedir, Rebequita de mis pymes cerradas?
–¡Ay, Tobías de mis deditos acusatorios, qué inquisitivo que te ponés a veces! Me interrogás como si yo fuera una candidata a presidir los destinos vernáculos durante los subsiguientes cuatro años y vos un aguzado hombre de prensa presto a participar en el debate que en verdad no fue tal.
–No entiendo, Rebequita de mis amores levemente contrariados. ¡Yo solo quería saber qué querés, así se lo pedimos al mozo!
–Ay, Tobías, ¡tiene razón Del Caño! La pequeña burguesía no se hace cargo de sus propias contradicciones de clase y ante la angustia de no saber ni siquiera cuáles son sus metas aspiracionales, carga sobre el proletariado el cumplimiento efectivo de dichas cuestiones.
–No entiendo, Rebequita, vos sos libre de pedir lo que quieras, se lo pedimos, y él, con libertad, te lo trae.
–¿Qué te tomaste, Tobías de mis callejones sin salida, un licuado de Espert? ¿De verdad creés que el mozo tiene ganas de traerme una porción de exquisito budín de pan con crema y dulce de leche?
–¡Escuchame, Rebequita de mis cariños ancestrales!...
–Yo te oí, yo te escuché, pero igual que el presidente en ejercicio de su reposera, no te hice caso. Voy a pedir cuatro docenas de sanguches de miga y tres tortas, y voy a pagar con tarjeta, y no me digas que por mi culpa te van a hipotecar la casa, porque eso es de macrirulo.
–Rebequita de mis ahorros con estímulo, yo, en vos, confío.
–Ah, me querés moderada cual Lavagna en chancletas. No te hagás el Gómez Centurión conmigo, eh, que a mí no me vas a engañar con tu repentino discurso democrítico para seguir dándome órdenes indumepente.
–¿No será impunemente?
–Insume mentes, o incluye lentes o intuye puentes, vos sos capaz de hacer o decir cualquier cosa con tal de conquistar mi voto de incastidad, Tobías de mis revuelques fortuitos.
–Rebequita, pará de delirar que parecés el Mauricio desatado. ¡No se te entiende!
–Ese serás vos, que me preguntás qué quiero recién ahora, y no hace cuatro años, cuando te voté para que seas mi prometido, por las promesas que me hiciste.
–Bueno Rebequita, de mis glorias y loores, mirá el menú y decime qué querés.
–Como diría Alberto… quiero todas, y todos, y todes.
Telín - Telón.