Encuestas
Santiago Varela


(Pablo Blasberg)

Una de las consecuencias de vivir en un país que está permanentemente en campaña electoral es la enorme cantidad de empresas y empresitas que se dedican a las encuestas. Los políticos quieren saber antes si los van a votar o no. No pueden esperar a que se terminen los comicios y se cuenten los votos, ya que corren el riesgo de enterarse de que no los votó ni el loro y tengan que cortarse las venas con un abrelatas.
Si bien las empresas encuestadoras tratan de mostrarse con un aura de seriedad, lo cierto es que muchas veces le erran al vizcachazo y la pifian más que el servicio meteorológico cuando anuncian sol y cae piedra.
Papelones sobran. Hay que tener en cuenta que la mayoría de las encuestas las encarga –y las paga– alguien. Y si, por ejemplo, José Garófalo contrata a un encuestador, este no puede entregarle un resultado donde la intención al voto de Garófalo sea del 1,03%. El tipo no paga para que le digan que no existe. Así que unos puntitos habrá que sumarle y todos contentos.
En las encuestas el tamaño de la muestra es fundamental. Si usted, para bajar costos, hace un relevamiento entre los que viajan en el mismo ascensor o los parientes que vinieron a comer los tallarines el domingo, el resultado va a estar muy viciado.
El llamado telefónico también tiene lo suyo. El que llama no sabe qué está haciendo el que responde y sé de casos donde el ring suena en el momento más inoportuno. Imagine a una pareja en una situación querendona y que llame una señorita con acento colombiano para preguntarle si votarían al Lic. José Lapendorcha para concejal. Esto vale también si usted se está bañando, si está almorzando, si está escribiendo un libro o si está en el quirófano operando un apéndice.
Otro inconveniente es que hay gente muy paranoica que cree, sobre todo por las cosas que pasan hoy, que los llaman para espiarlos, para sacarles información. Ese tipo, por miedo, no dirá la verdad, sino que jurará que le dará el voto al Dr. Firulo, a quien ni siquiera conoce.
Otro caso muy común es el vergonzoso. El tipo que sabe que votará a un impresentable, pero le da cosa decirlo y lo oculta mandando cualquier verdura.
Para colmo cada vez hay menos teléfonos fijos, y si llama al celular, es probable que el encuestado esté en Bora Bora y ni piense en volver para votar.
También sucede que llaman y preguntan a quién votaría entre Zutano y Perengano, pero usted votaría a Mengano que no está, no lo ponen, lo ningunean olímpicamente. Ahí es cuando al tipo se le hincha la vena y manda un «No sabe, no contesta» porque no le queda otra.
Y recuerde que la encuesta no obliga y que la única verdad es la boleta en el sobre y el sobre en la urna.