«Estamos pagando el precio de un despropósito»
Ricardo Forster
Agudo analista de la realidad, el filósofo y docente reflexiona sobre la crisis mundial causada por la pandemia, denuncia la voracidad sin límites del capitalismo globalizado y plantea que la salida de la actual situación se dirime entre posibilidades interesantes y otras muy peligrosas.
Rubén H. Ríos - Fotos: Sub.coop



Filósofo, docente, escritor y autor de una extensa obra, Ricardo Forster integra el Consejo de Asesores del Gobierno nacional. Poco antes de ser designado, publicó La sociedad invernadero. El neoliberalismo: entre las paradojas de la libertad, la fábrica de subjetividad, el neofascismo y la digitalización del mundo, un libro editado por Akal donde reflexiona sobre la desigualdad, la precarización y el acrecentamiento de la pobreza. Forster es un pensador crítico del capitalismo, de modo muy próximo, aunque con diferencias, a la llamada Escuela de Frankfurt. La entrevista con Acción se realizó, debido a la cuarentena por la pandemia de coronavirus, a través de una videollamada. En todo momento, Forster se abrió al diálogo con entusiasmo y llaneza, procurando siempre deslindar su pensamiento filosófico de sus pasiones políticas.
–La pandemia provocó una crisis en el sistema del capitalismo globalizado, ¿cómo se explica que esto haya sucedido en tan poco tiempo?
–Las señales hay que buscarlas bastante más atrás. La crisis de 2008, si bien fue una crisis económica ligada con las hipotecas basura, que obligó a los Estados nacionales a rescatar con fondos públicos a los bancos y a las grandes aseguradoras, dejó en claro que había una crisis estructural muy profunda en la economía mundial. En realidad, es una crisis que viene de más lejos y que le plantea un límite al proyecto de la globalización y de la hegemonía de los Estados Unidos. Nos encontramos en los umbrales de un significativo cambio en el orden de la economía del mundo. El COVID-19 fue como el famoso cisne negro del que hablan los economistas, el azar monstruoso que se juntó con una tensión ya dada en el sistema global y las relaciones internacionales, y que las hizo estallar.  
–¿Cómo es eso?
–Una de las características de la crisis es que los circuitos por donde fluían las relaciones comerciales, políticas y de transfronteras se han roto en mil pedazos. Estamos como en una suerte de retorno de los Estados nacionales, con fronteras atrincheradas e incluso, dentro de ellos, de la vuelta de un federalismo que actúa según sus propios intereses. Entonces me parece que la crisis no es tan sorprendente. Los síntomas ya estaban. Previamente fue el coronavirus de 2002, la gripe aviar en 2006 y el coronavirus del síndrome respiratorio de Oriente Medio en 2012. También en la economía había señales de entrada en una situación recesiva, como el estancamiento de China o la inestabilidad de la relación de Estados Unidos y la Unión Europea. La globalización del capitalismo neoliberal tenía muchos problemas estructurales y la pandemia los aceleró. La sorpresa se debe a que transformó nuestra vida cotidiana y nuestras costumbres.
–¿No se volvió también más frágil la vida?
–También. Hay una importante bibliografía acerca de la situación ambiental y ecológica que ha subrayado que la catástrofe ya había sucedido. Antes de la pandemia, ya estábamos en estado de catástrofe, debido a los niveles de calentamiento global y de daño a la biosfera. Es la enorme ceguera de un sistema que funciona automáticamente y sin límite, porque su propia lógica responde a lo ilimitado, de forma que se devora a sí mismo depredando los recursos naturales. Claro, ahora esto se hace más evidente. ¿Qué decir de la industrialización de la vida animal? Allí hay una ruptura de fronteras imprescindibles entre la naturaleza y lo humano. En China, luego de la gripe porcina africana, hubo una matanza de cerdos, pero aumentó el mercado de carne de animales salvajes, que a su vez traen virus más poderosos. La pandemia no es el producto de algo que no debía suceder. La alerta estaba allí y no la queríamos ver, protegidos por nuestro mundo de consumo.
–¿Esos trastornos ambientales y ecológicos, vinculados con el sistema capitalista, explican en parte la pandemia?  
–Es que hay bibliografía muy seria respecto de los coronavirus, la interfase entre lo humano y lo no humano, la deforestación, que es un tema clave. La deforestación creciente para ampliar el terreno cultivable ha destruido hábitats naturales, como la expansión de las ciudades. China en 30 años hizo lo que al capitalismo occidental le llevó 300. Los propios chinos se preguntaban si no era conveniente bajar la tasa de crecimiento. Wuhan es una ciudad muy industrializada y muy importante de China central, con una alta urbanización que se extiende hacia fuera. A eso hay que agregarle los circuitos de las mercancías producidas a nivel global, con distintas partes que provienen de distintos lugares del planeta. Estamos pagando el precio de un despropósito.
–Y, al parecer, un despropósito con fundamentos muy débiles.
–En los últimos años nos acostumbramos casi a aceptar que el capitalismo era eterno. Fredic Jameson decía que era más fácil imaginarse el fin del planeta que el final del capitalismo. Nos acostumbramos a pensar el capitalismo como una fatalidad indestructible, porque, además, absorbe a sus críticos y transforma en materia prima para su propia expansión aquello que parecía una amenaza. De repente, hoy sentimos que es un sistema endeble. Sin embargo, clásicos como Ricardo, Marx o Keynes, para tomar diferentes orientaciones, ya desde un comienzo planteaban que el capitalismo estaba lleno de problemas y no le veían una larga vida. Cien años de industrialización salvaje en la historia es un corto plazo. Asistimos al colapso de un sistema productivo ligado con el uso de los combustibles fósiles y la generación a destajo de energía barata. Pero solo el 20% de la humanidad consume el 80% de esa energía y el 1% es dueña de la riqueza total. El sociólogo alemán Wolfgang Streeck, en un libro de 2017, habla de los tres jinetes del apocalipsis capitalista: estancamiento económico, desigualdad  y deuda.
–¿Por qué los tres jinetes del apocalipsis capitalista?
–El primero, decía Streeck, es la meseta en la curva de crecimiento de capitalismo, salvando el caso de China y del sureste asiático. Hace 30 años que el capitalismo americano y europeo tienen tasas recesivas, de menos del 3%. El segundo jinete, la desigualdad, en el sentido de una desproporción desconocida en la distribución de la riqueza. El tercero es el endeudamiento público y privado, el de los Estados y el de los individuos dentro de las sociedades. Pero hay un cuarto: el calentamiento global, la escasez de los recursos, los trastornos ambientales. Todo eso junto es algo problemático.
–Sin embargo, históricamente el capitalismo vive de sus permanentes crisis, renaciendo de sus cenizas.
–Por supuesto. Es probable que haya sectores, sobre todo los más poderosos, que intenten usar la crisis para resurgir con más poder. A mí me da la impresión de que hay una diferencia no menor entre la crisis de 2008 y la actual, porque en aquel momento hubo una habilitación social y se rescató con fondos públicos los efectos que había provocado la crisis. Este momento que atravesamos tiene otras particularidades. En primer lugar, hay una situación muy compleja al interior de las sociedades, como los chalecos amarillos en Francia o las protestas gigantescas en Chile. También hay una precarización de las clases medias en los países centrales, un deterioro persistente de la clase trabajadora y un crecimiento de las derechas. Por supuesto, existe un imaginario capitalista y una producción de subjetividades acorde con el neoliberalismo. Yo le temo a un endiosamiento de las tecnologías digitales, como la que estamos usando vos y yo ahora, y que Silicon Valley se convierta en la meca de la humanidad.
–¿Un reforzamiento del tecnocapitalismo?
–Por ejemplo, o una sociedad de Big Data generalizada. Sin embargo, un elemento muy significativo es que se han corrido algunos velos. Uno de ellos es respecto del rol positivo del Estado, sobre todo en la esfera de la salud. Ha quedado en evidencia la salud como una mercancía más del capitalismo. La educación o el acceso al agua tampoco pueden estar mercantilizados. Esto también significa que un Estado debe tener la fortaleza suficiente para intervenir con controles y regulaciones en la economía. Esto me parece que ya es indiscutible, salvo por los economistas de circo que aparecen en la televisión. Es difícil que hoy un economista liberal no se sonroje un poco ante la crisis del sistema.
–¿Neoliberal en su esencia?
–Ese es otro problema. A diferencia del liberalismo clásico, sobre todo en la época del Estado de bienestar, el neoliberalismo logró la economización de todas las esferas de la vida. Nada quedó afuera de la lógica de la mercancía, del dinero y del incremento de la rentabilidad. La salud o la educación, que por definición no deberían ser bienes transables, fueron financiarizados por el sistema. Algunos economistas, como Giovanni Arrighi, dicen que a cada crisis de hegemonía, en el capitalismo, le antecede una profunda financiarización de la economía, una reducción a la forma más abstracta de ella: el dinero.
–Algo que diferencia a la crisis de la pandemia de las anteriores es que el sistema se encontró ante grandes dificultades para garantizar la vida.
–Por supuesto. Bueno, Estados Unidos se vuelve hegemónico no solo por su potencia económica sino porque garantizaba al resto de los países que su orden era sostenible, y tanto en lo militar como en lo tecnológico. Eso ya no es así. Queda claro que de esta crisis se sale con un reordenamiento mundial, que no sabemos cómo será. Se abren muchas posibilidades, algunas interesantes, otras peligrosísimas. Porque existe un sector, que por comodidad llamaré neofascista o de extrema derecha.



–¿En la Argentina pospandemia, a tu juicio, se presentan perspectivas interesantes?
–Hay que tener en cuenta que es muy difícil que un país solo, aislado de los otros, pueda ir hacia una situación mejor. Creo que un tema clave es el de la deuda, impagable para cualquier país, sea Argentina o Francia. Hay que ir hacia un jubileo global de la deuda. Por otra parte, el Gobierno argentino ha tomado plena conciencia del rol imprescindible del Estado a la hora de reactivar la economía. El Estado va a volver a ocupar un lugar significativo. Eso Alberto Fernández lo ha comprendido. Si cae la agricultura en China, como se prevé, eso nos ofrece una gran oportunidad para nuestra producción agrícola, para dejar de ser sojadependientes, con el uso de agrotóxicos que implica, e impedir la deforestación con la siembra directa. Hay que imprimirle, desde el Estado, una gran potencia a la pequeña producción agrícola en función del consumo cotidiano de los argentinos y argentinas. Tengo un cauteloso optimismo.
–¿Cauteloso?
–En el sentido que no creo en el optimismo por el optimismo. La pandemia nos ha mostrado la crudeza del sistema. En términos civilizatorios, soy más pesimista que optimista. La especie humana ha llegado a un límite autodestructivo de su capacidad de actuar sobre el planeta. Estamos ante una señal y ante una oportunidad. El capitalismo ha enloquecido hace mucho o la locura es parte de su naturaleza. Personajes psicopáticos como Trump o Bolsonaro representan el capitalismo loco, sin terapéutica. Son el producto de muchas cosas, entre ellas, del rechazo al pensamiento reflexivo. La mayoría de las personas no quieren pensar, sino que le resuelvan los problemas y no importa si para eso se comete un daño a su vecino. Hay mucho por reconstruir en una sociedad que ha olvidado qué significa lo público, lo común, la solidaridad.
–¿En la Argentina, cuáles son las condiciones para esa reconstrucción?
–No son fáciles. Por suerte se terminó un ciclo de restauración neoliberal y existe una masa crítica para un Estado social y más democrático. Creo que el presidente ha aprendido día a día lo que no sabía. Para Alberto también es un desafío gigantesco, y en algún momento tendrá que tomar decisiones heroicas y profundas. El poder real en la Argentina sigue allí, molestando. Por otra parte, el Gobierno ha tomado conciencia de la inversión pública como fundamento para la reactivación económica, en un mundo más proclive a aceptar los daños de un sistema demencial. Puede ser que se abra una fisura a favor de los más débiles.
–¿Creés que es posible?
–Veremos. Luego del horror de la Segunda Guerra Mundial surgió, por el miedo de los capitalistas, el Estado de bienestar. Bajo otras condiciones y otros pactos, hoy es posible un Estado de esas características. Debemos empezar a discutir una alternativa al capitalismo. Estamos en un momento de transición y no sabemos hacia dónde vamos. Los peligros son enormes. Pero, como dijo Hölderlin, allí donde está el peligro, crece también lo que salva.