Fe
Santiago Varela

(Ilustración: Pablo Blasberg)

Si bien es cierto que el 2019 es un año electoral, también es verdad que desde hace más de 20 años todos los años vienen siendo electorales porque todo lo que se diga, se escriba y se piense tiene un costado de conveniencia o de picardía electoral. Y esto vale para el gobierno y la oposición.
Pero hay cosas que con el tiempo van cambiando. Allá lejos y hace tiempo, los partidos políticos –había partidos políticos– editaban las plataformas programáticas y los candidatos hacían sus campañas en función de ellas. Ahora las campañas las manejan los especialistas en marketing, quienes pueden afirmar que al votante, en la campaña, no hay que hablarle de política porque no entiende y, además, no le interesa.
Sin embargo, a la hora de meter el voto en la urna hay dos posibilidades: o es producto de un análisis y razonamiento de lo que proponen los candidatos o desechamos la racionalidad y lo hacemos movidos por alguna fuerza irracional más cercana a la fe o por impulsos emocionales irrefrenables y muchas veces inconfesables.
Ejemplo: hace poco, en las redes, una señora confesó que había votado a Macri porque le gustaba cómo bailaba. Listo. No hablemos más, quememos todos los libros de la biblioteca y dediquémonos a la cumbia, que por ahí marcha el futuro.
Puestos a investigar un poco este asunto de qué vota la gente, descubrimos que el mensaje que envía el partido gobernante es muy parecido a las técnicas de algunas religiones, entre ellas la católica, que es parte de nuestro inconsciente colectivo.
En efecto: la idea fundamental es que podemos estar muy mal en el presente pero que mañana vamos a estar fenómeno. Claro, antes debemos morirnos y entrar en el cielo, que es el lugar que nos ofrecen para disfrutar de todas las delicias del paraíso. La felicidad siempre es mañana y se logra exclusivamente a través de la fe.
Hay que tener fe en que la deuda se paga, que la inflación baja, que el país crece. No decimos cómo, la fe no necesita explicaciones. Sí decimos que debemos estar juntos, sonreír y, sobre todo, creer. Y si hoy estamos mal es por culpa del diablo que, para colmo, tiene forma de mujer. El diablo nos trae la tormenta, el desempleo, los tarifazos, nos vacía los bolsillos, nos deja con el tujes mirando al sudeste. Pero, siempre hay un pero, hay una luz en el fondo del túnel –largo el túnel– que no es de un tren que viene, sino la luz celestial de un futuro de riquezas, de bienaventuranzas, de alegrías, de asado de mollejas, de globos… En definitiva, de lo que usted quiera.
Para llegar a eso solo hay que evitar pensar y creer. Así entenderemos a esa señora que lo votó porque bailaba bien, y quien baila bien seguro puede ser un buen presidente. Amén.