Feliz Rebequita y un próspero Tobías
En el bar
Rudy


Tarde de verano. Mesa de café. Rebequita y Tobías compartiendo el momento.
–Rebequita de mi corazón encendido, se vienen las fiestas.
–¡No me asustes, Tobías de mis recónditas medidas económicas! ¿A qué te referís cuando decís fiestas? ¿Es a conmemorar protocolarmente ciertas celebraciones religiosas que conmueven a la cristiandad? ¿Es a conjuntarse con los amigos y manducar y libar hasta que el aguinaldo sea un recuerdo y la memoria sea un gran signo de pregunta levemente agujereado? ¿Es a desenfrenar el eros a nivel libidinoso de tal manera que generemos electricidad y obviemos así la próxima factura gracias a nuestros ímpetus? ¿Es a reunirse con parentela diversa y en algunos casos marginada alrededor de una mesa en la que cada uno haya aportado sabores y sinsabores en un vano intento de atravesar la barrera del ciclo solar acompañado de seres de ADN parecido?
¿Es escaparse al Caribe, la selva virgen o la nieve alpina para huir de familia, amigos, contertulios y acreedores y proponerse un ámbito de libidinosa intimidad dual?
–No, Rebequita, no sé.
–Muy poca respuesta para tantas preguntas, Tobías. Tirás una piedra y escondés la mano, te aprovechás machirulamente de mi curiosidad femenina.
–Bueno, Rebequita de mis impresiones digitales… ¿Y si nos dejamos llevar por el espíritu festivo de estas fechas?
–¿Ves que sos un acomodaticio oportunista conspicuo y concupiscente? ¿Qué me querés decir, Tobías de mis enaguas palidecidas? ¿Estás pensando en una jornada plena de sexo, lujuria y rock and veggie? ¿Tal vez me querés invitar a degustar una hamburguesa de remolacha preñada con reducción de hormona tiroidea de lechuga en celo? ¿Tu idea es libar un té de batracio ahumado de Singapur finamente injertado por bergamotas risueñas provenientes del Báltico? ¿Tu idea es que nos vayamos de viaje al Festival Internacional del Triglicérido a esgrimir la bandera irrenunciable de la fraternidad entre humanes y zucchinis? Sé más claro, Tobías, sé más claro.
–Ok, Rebequita, ganaste como siempre. ¿Con quién preferís pasar la Navidad… con tu suegra o con mi mamá?
–¿Ves que no era tan difícil, Tobías de mi almanaque vencido? Dame unos días, mejor unas semanas, y te respondo.
A veces, el silencio es la respuesta más contundente.