Fiebre de primavera
En el bar
Rudy


Tarde primaveral. U otoñal, quién sabe. Pero estamos en diciembre y los días se hacen más largos, sobre todo desde la pandemia. Rebequita y Tobías siguen aislados, distanciados, ensimismados y un tanto contrariados.
 –Decime, Tobías de mis calzones quitados, ¿vos serías capaz de fracasar por mí?
 –Rebequita de mi alma perdida, ¿por qué querrías eso?
 –¡No se trata de que yo lo quiera o no, Tobías! No me cambies una respuesta aclaratoria por una pregunta inquisidora. ¡No seas machidráulico! Mi pregunta espera tu respuesta, no la dejés esperando como novia abandonada de novela del siglo XIX.
 –Pero Rebequita de mis cortejos célebres, ¿por qué no me preguntás en cambio si yo sería capaz de tener éxito por vos?
 –Porque no tiene sentido, ¡Tobías de mis retruécanos repetidos! Un hombre que ni siquiera es capaz de fracasar por una mujer que ama, ¿cómo va a tener éxito por ella, si eso es mucho más difícil?
 –Rebequita de mis reveses atravesados, ¡estás usando metalenguaje!
 –¿Metalenguaje? ¿Y eso qué es, Tobías de las enaguas de mi tía Encarnada? ¿Es una nueva marca de cosméticos europea a la que no podemos acceder por razones de mercado? ¿O tal vez una serie policial croata mal subtitulada? ¿Por qué te escapás por la tangente en vez de ser tan gente como deberías y decirme que serías capaz de fracasar por mí, de triunfar por mí, y hasta de pagar el 2% de tus posesiones terrenales y/o espirituales por mí a manera de contribución solidaria a mi situación solitaria?
 –Pero Rebequita de mis entrañas, mollejas y vacíos, yo no puedo pagar esa contribución, porque… ¡yo no tengo dos millones y medio de dólares!
 –¡Vos no me querés, Tobías! Eso es notable, notorio y notario. No solamente no sos capaz de fracasar por mí, tampoco sos capaz de tener tres millones de dólares por mí, o declarar que los tenés, aunque no los tengas, así podés pagar la tasa y reparar la injusticia que cometen todos esos que teniendo la plata, no quieren pagarla. ¿Y sabés por qué no quieren pagarla?
 –Porque no te quieren, Rebequita, ellos no te quieren.
 –Pero Tobías de mis alcachofas reverberantes, ¿cómo me van a querer, si ni saben quién soy? Ellos a los que no quieren es a los pobres. O mejor dicho, sí que los quieren, en tanto sigan siendo muy pobres, pero si son un poquito menos pobres, ya no los quieren más. En cambio vos deberías pagar porque me querés, Tobías, porque para vos, yo debería ser la patria, pero, ¿sabes qué Tobías? Vos tenés otra… y para vos, ¡la patria es la otra!
 –Pero Rebequita, pero Rebequita…
 –Nada de peros, no te me hagas el peronista. Si me querés, fracasá por mí.
Dirá el lector que esta nota es un absurdo. Es probable. Pero si así fuese, sería uno más en nuestra epidémica realidad.


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