Filosofía gastronómica
En el bar
Rudy


(Hugo Horita)

Tarde invernal, o algo así. Pero en el bar, todo es cálido. O al menos tiende a calentarse. Es que Rebequita y Tobías estaban allí, de mentes presentes.
–Rebequita de mis amores y mis sinsabores, ¿te apetecen unas tostadas de pan originario levemente untadas con algún producto graso de origen animal y un fuerte endulzamiento de tono marketineramente frutal, rico en glucosa y sospechosamente enrojecido?
–No entiendo, Tobías de mis temores nocturnos, ¿acaso estás intentando tentarme con una ingesta que haga caer mis banderas ideológicas y gastronómicas que tanto me cuesta mantener en alto?
–Rebequita de mis tonadas precordilleranas, ¿cómo pensás eso de mí? ¿De qué clase de genética me supones formado, para que me atreva a corromper de tal manera tu insoslayable carrera hacia la lucidez lúcida y luciente de un perfil grácil, armónico y juvenil?
–Ay, Tobías, ¡las cosas que me decís! Cualquier mujer vería en tus palabras un elogio varonil, pero como yo ya me deconstruí, no veo tus palabras sino que las oigo. ¡Y lo que oigo es pura retórica machirula! No tengo ninguna carrera hacia ningún perfil. Yo ya estoy donde quiero estar, pero la sociedad que no deja de oprimirnos ni un microsegundo, me compele a deshacerme de sustancias que según los parámetros de mercado, podrían hacerme menos deseable en el mercado. ¡Y esa es una típica estrategia del varón domador! Lograr que la mujer sea menos deseable, para que otros varones no compitan por ella.
–¡Pero no entiendo, Rebequita de mis propiedades horizontales! ¿Para que querría un hombre que su mujer sea menos deseable por otros, si eso también la haría menos deseable para él mismo?
–¿Ves que no entendés ni un sexto, Tobías de mis ganancias eventuales? A la mayoría de los hombres no les importa desear menos a sus mujeres, porque de hecho, no las desean, pero sí les importa que las deseen otros, porque allí corren el riesgo de perderlas.
–Pero si no la desean, ¿por qué temerían perderla, Rebequita de mis relatos salvajes de amor sin barreras?
–Yo creía que no entendías nada de nada, Tobías de mis pájaros perdidos, pero veo que entendés menos todavía. Que no desees algo, no significa que estés dispuesto a perderlo. Y mucho menos, que puedas aceptar que se lo quede otro, u otra. Por eso votan lo que votan. Pero como sos machirulo, no la ves ni de lejos. ¿Sabés qué? Pidamos nomás un sanguche de miga con manteca, jamón y queso, bien tostado para mí, y un submarino, también para mí.
–Pero Rebequita de mis almorranas almodovarianas, ¿eso no conspira contra tus dotes y tus logros temporales en materia alimentaria?
–Seguís sin entender… Nuevamente he triunfado sobre tus prejuicios. Y las victorias, hay que festejarlas. ¡Que se venga el sanguchote!
Y se viene, nomás.