Florence
Stephen Frears

La historia de Florence Foster Jenkins (1868-1944) parece pensada especialmente para la ficción. No es casual que ya se hayan hecho seis obras de teatro, un documental y ahora dos películas (esta de Stephen Frears y otra de Xavier Giannoli) sobre este personaje extravagante que castigó con su canto desafinado a incautos, snobs y algunos vivillos. Millonaria y generosa mecenas, Florence se percibía a sí misma como una prodigiosa soprano, pero lo cierto es que cantaba pésimo. La virtud principal de este film es la decisión de tomar distancia de la ironía maliciosa y apoyarse en la fragilidad y la inocencia de la protagonista, una buena idea del director británico que pudo consolidarse gracias al talento y la eficacia de Meryl Streep, una actriz fuera se serie. Hugh Grant también se luce en su papel del compañero sentimental de la curiosa diva, oscilando entre la gracia, la indolencia y el patetismo. Aún con su nula capacidad para darse cuenta de sus limitaciones, Jenkins puede ser considerada una artista singular. Su irrefrenable deseo por transformarse en una soprano de renombre luce mucho más genuino que las estrategias de los que calculan cada paso de su carrera con una frialdad que ella –atenta al corazón, más que a la cabeza– nunca tuvo. Frears se dio cuenta de eso y lo puso de manifiesto con bondad e inteligencia.

Alejandro Lingenti