Historia del abrazo
El afecto en tiempos de pandemia
Entre barbijos y alcohol, el temor ha reemplazado algunas manifestaciones de cariño que, en las circunstancias actuales, se han vuelto peligrosas. La importancia de un acto primario que, como forma de saludo, nació, paradójicamente, de la desconfianza.
Francia Fernández

(Shutterstock)

El miedo del contagio nos aparta», afirmaba, hace poco, un columnista del diario español El País. Curiosamente, un acto tan cotidiano como el abrazo se ha convertido en algo casi prohibido en tiempos de pandemia y distanciamiento social. Es curioso también que esta muestra de afecto, como forma de saludo, haya nacido precisamente por desconfianza, cuando los militares se palpaban, para cerciorarse de que no iban armados, en la China antigua de Qin Shi Huang, famoso por autoproclamarse primer emperador del país y por los Guerreros de Terracota que mandó a construir en su mausoleo.
Sinónimo de afecto, calor, cuidado y protección, abrazar significa «estrechar entre los brazos en señal de cariño», según la Real Academia Española. También hay quienes lo definen como «acariciar el alma de otra persona». Y es una señal de amistad y una forma de comunicarse sin palabras, aunque no sea exclusiva del hombre: lo practican, por ejemplo, los gatos y los gorilas.
Se supone que, desde que nace, el ser humano necesita el contacto físico. ¿Cuál es la importancia de los abrazos? Any Krieger, psicoanalista y miembro didacta de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA) afirma que «el tema de los abrazos es casi biológico: el bebé sale del canal de parto e, inmediatamente, lo ponen en brazos de su madre. O sea que el primer contacto con el cuerpo del otro es a través de los brazos. Entonces, el abrazo y los brazos son los que permiten nuestra fusión con el otro». Krieger explica esta «fusión» en referencia a que «el sujeto humano necesita del amparo del otro. Freud lo dice con claridad: que el ser humano nace indefenso, mucho más indefenso que los animales, y que necesita de la asistencia ajena, en este caso, de la madre. Sin esta asistencia, el ser humano muere, o sea, no puede desarrollarse por sí mismo. Al punto que hay autores, como René Spitz, que estudiaron el marasmo (desnutrición severa), en que se plantea que si un bebé recibe alimentos sin amor, enferma. Entonces, el abrazo es la expresión más primitiva, más arcaica del amor».

Cuerpo a cuerpo  
Como dice Krieger, el tacto es fundamental para la sobrevivencia y el desarrollo. De hecho, estudios señalan que hay orfanatos con una tasa de mortalidad que alcanza el 30-40%, no porque los huérfanos no reciban comida, sino por falta de caricias. En los Estados Unidos, hasta 1920, la cantidad de niños menores de cinco años que morían era muy alta incluso en aquellos hospicios considerados «los mejores». Henry Chapin, un pediatra, notó que los pequeños eran mantenidos en salas limpias y cómodas, pero rara vez se los cargaba en brazos. Chapin impulsó a sus cuidadoras a abrazarlos y la tasa de mortalidad cayó drásticamente, según el libro El factor amistad, de Alan McGinnis.  Ahora es sabido, como apunta McGinnis, que «los niños con mayor contacto físico con sus padres o con quienes los atendían aprendieron a caminar y hablar más temprano y tenían los mayores coeficientes de inteligencia».
Los beneficios de abrazar y ser abrazados son numerosos: disminuye el estrés, aumenta la sensación de seguridad y protección, y mejoran las relaciones interpersonales. «La mayoría de las veces, la tristeza, la angustia y la rabia se calman con un abrazo», comenta Krieger. «A veces estamos buscando el abrazo y no nos damos cuenta... Es un gesto de amor cuyo sentido se lo da el que lo recibe, el que se reconforta con eso que le es dado por el otro», agrega.
Expertos de la Universidad de Harvard han pronosticado que la distancia social podría extenderse hasta 2022. El no poder tocarse, obviamente, tendrá efectos. «Traerá consecuencias, que no sé si podremos sostenerlas hasta ese año, pero que van a cambiar los hábitos, seguro –dice Krieger–. El impacto psíquico puede ser tremendo, pero creo que, cuando nos relajemos y nos olvidemos, vamos a volver al abrazo». Ojalá.