Identidad y cooperación
Graciela Fernández
La primera mujer elegida para liderar el movimiento solidario americano destaca la necesidad de generar diálogo social y de promover la integración sectorial para incidir en las agendas de las políticas públicas y conquistar nuevos espacios de desarrollo para la economía sin fines de lucro.
Silvia Porritelli


Doctora en Derecho y Ciencias Sociales, con más de 25 años de trayectoria en el movimiento cooperativo uruguayo, Graciela Fernández se define como «abogada, cooperativista y madre de cinco hijos». Desde 2014 está al frente de la Confederación Uruguaya de Entidades Cooperativas (CUDECOOP) y en octubre del año pasado, en el marco de la V Cumbre Cooperativa de las Américas –celebrada en Buenos Aires– fue elegida por unanimidad para presidir Cooperativas de las Américas, el organismo que reúne a las entidades solidarias del continente. Fernández es la primera mujer que lidera ese espacio y lo hace desde una visión integradora: «Necesitamos una América con consensos, con diálogo, desde Alaska a Tierra del Fuego, respetando nuestras diferencias culturales y nuestras visiones, respetando lo que muchos, durante siglos, no respetaron. Si respetamos todo eso, América será cooperativa». Con estas palabras cerró la conferencia magistral que ofreció en la Cumbre.
–¿Cómo se desarrolló y qué incidencia tiene el cooperativismo en Uruguay?
–El movimiento cooperativo uruguayo tiene, en general, una clara vinculación con los movimientos sociales, gremios, sindicatos y diversas organizaciones no gubernamentales. A partir de 1961, con la creación del Centro Cooperativista Uruguayo (CCU), impulsado por un movimiento social cristiano, cobra un nuevo impulso, comienzan a desarrollarse experiencias más modernas, como el fomento de un sector muy fuerte en el país como es el de vivienda, que derivó en la aprobación de la Ley Nacional de Viviendas de 1968, que institucionalizó el sistema a través de dos modalidades de gestión: la ayuda mutua, y el ahorro previo. Otro de los hechos trascendentes fue la sanción de la Ley General de Cooperativas 18.407 que se propuso, como uno de sus objetivos principales, la creación del Instituto Nacional del Cooperativismo, el INACOOP, organismo que promueve el desarrollo económico, social y cultural del sector. A partir de la creación, en 2008, del INACOOP, el cooperativismo uruguayo logra institucionalizarse fuertemente y pasó de 1.500 a tener más de 3.600 cooperativas, las que se clasifican en cooperativas de trabajadores/productores y cooperativas de usuarios/consumidores. Dentro de esos dos grandes rubros, las que tienen mayor relevancia son las de vivienda, con alrededor de 2.100 entidades. También tienen incidencia las de trabajo y las de ahorro y crédito. Las de consumo actualmente están en dificultades y tienen que prepararse para enfrentar los nuevos procesos de globalización, donde hay empresas trasnacionales, con gran poderío económico, dirigidas a incentivar el consumo desmedido, sobre bases capitalistas muy fuertes y con gran concentración. Por eso es necesario una actualización de estas entidades. Por otro lado, las cooperativas agrarias, algunas con desarrollo industrial importante, están fuertemente atadas al territorio. La incidencia social del cooperativismo uruguayo es muy relevante. Pero si bien hay más de un millón de asociados, en un país de tres millones de habitantes, todavía no se ha logrado tener peso económico. El desafío del cooperativismo uruguayo es poder mover la aguja del PBI, porque solo representa el 2%. Para aumentar esa incidencia se está tratando un proyecto de economía social. Algunos creemos que hay que generar alianzas con otros sectores como las mutuales; otros creen que no. Los que pelean por esta integración utilizan la denominación economía social y solidaria.   
–En la cumbre realizada en nuestro país usted se refirió a los giros que se están dando en los últimos años en la situación política de América Latina. ¿Cómo repercuten estos cambios en las poblaciones?
–Las que más sufren las consecuencias de la crisis económica y social que vive nuestro continente son las mujeres; y también los jóvenes. En América hay 10 millones de jóvenes de entre 15 y 24 años que están desempleados; además, entre los que trabajan, 6 de cada 10 lo hacen en la informalidad. Hay una gran incertidumbres desde el punto de vista económico, cambios en materia política y riesgos para la democracia. América también sufre la migración forzada. Estamos frente una realidad muy compleja. Tuvimos gobiernos que redujeron la pobreza y promovieron el desarrollo económico y social de los sectores postergados, que trataron de avanzar hacia la igualdad, pero lamentablemente América Latina está retrocediendo en este sentido. Este contexto plantea desafíos trascendentales para el cooperativismo, como es la inclusión. Para detectar y comenzar a resolver esta complejidad, hay que cooperar y colaborar. Esto solo se puede llevar adelante sobre la base de un diálogo social fuerte. Hace falta romper los límites que pone el Estado y generar lazos de verdadera integración a través de organizaciones internacionales que nos permitan sumar criterios; donde, de manera integrada, se discutan temas de igualdad, justicia, derechos humanos y, sobre todo, democracia. Solo a través del cooperativismo podremos tener paz y mantener la democracia en todos los países. Nuestro modelo económico tiene, en su propia génesis, ese factor esencial que es la cooperación.


–¿Cómo evalúa el estado actual de los procesos de integración regional que se habían comenzado a gestar en la primera década de este siglo?
–Hay un desmembramiento brutal de los organismos regionales, las instituciones se caen y el ciudadano, nos guste o no, está mirando hacia ese discurso, aunque está desencantado del modelo neoliberal, la traducción que hace es extraña. Se están viendo conductas perversas por parte de quienes presiden organizaciones, países y de los mismos ciudadanos, unos contra otros. Hay expresiones contra género, razas, religiones y, lamentablemente, la ciudadanía mira esto en un silencio pasmoso. Martin Luther King dijo: «Nuestra generación no se habrá lamentado tanto de los crímenes de los perversos, como del estremecedor silencio de los buenos». ¿Qué está pasando? Parece que todos miramos y no reaccionamos.
–¿Por qué cree que ocurre esto?
–Nuestra región lleva más de 30 años de recuperación de la democracia, y las cosas cambian. A esto se suma el estrés informativo e informático. Todos los días nos están bombardeando con información, con una rapidez brutal. Estamos frente a un mundo muy diferente al de la década de 1990. Hoy la tecnología informática maneja todo, estamos a las puertas de una dictadura digital. Lo que más me preocupa es dónde van a quedar los que no puedan acceder a esa transformación e innovación tecnológica e informativa, los que no puedan formarse. La desigualdad es cada vez mayor y la movilidad social está estancada. ¿Facebook va a lograr comunidades globales de justicia social e igualdad? Yo no me niego a la tecnología, no me niego a avanzar, pero esa tecnología debe ser utilizada en beneficio de la humanidad. Por eso creo que es clave que el movimiento cooperativo diga: «Estamos acá», muestre lo que está sucediendo, fije posición y actúe. Tenemos que aterrizar los discursos, bajarlos al llano y accionar. Tenemos que proponer una agenda propia que acompañe los objetivos de desarrollo sostenible que impulsa la ONU, una agenda traducida a las necesidades y complejidades de cada localidad y cada territorio.
–¿Cómo se plasma su planteo en lo concreto, desde el cooperativismo?
–Tenemos que traducir nuestro idioma de comunicación y visibilidad con identidad cooperativa. Esto significa que nuestros principios y valores deben atravesar todas las actividades cooperativas. Principalmente tenemos que defender e impulsar la democracia. Es clave promover la participación real. Los socios cooperativistas tienen que participar en los movimientos locales, nacionales e internacionales, y fijar una política de conducción que esté alineada con lo que históricamente el cooperativismo viene pregonando. Estamos muy contentos, porque no es irrelevante para el movimiento cooperativo americano que se haya elegido en 2017 a Ariel Guarco, un dirigente latinoamericano y del Mercosur, para conducir la Alianza Cooperativa Internacional. Se trata de un dirigente que habla el mismo idioma solidario que tenemos los que creemos en el cooperativismo transformador. Un idioma basado en los principios y valores, pero aterrizado en el territorio, el país y también con visión global. Ya se están viendo algunos cambios. No es sencillo porque hay una cultura hegemónica enquistada que se traduce en diferentes áreas económicas, sociales y medioambientales. Uno de los cambios fundamentales que estamos viendo es el empoderamiento de las mujeres en los espacios de conducción. Otro de los aspectos que se logró en Buenos Aires fue que el buró de la ACI se reuniera con el consejo directivo de Cooperativas de las Américas. Fue un encuentro donde se intercambiaron distintas visiones de las regiones, regiones que lógicamente son diferentes. Es importante el diálogo fluido, fijar un posicionamiento homogéneo, sobre cómo se para el cooperativismo frente a las políticas de desafíos globales. Debemos cooperar entre nosotros, tanto desde lo institucional como desde lo económico, en los negocios y utilizando el dinero y los recursos de ahorro y crédito que genera el sector para incluir territorial y socialmente. Por eso es fundamental ese intercambio de las regiones, buscando un código común que marque el camino y que deje en claro que el cooperativismo es una herramienta para la transformación social, una alternativa viable a las políticas que aplica el capitalismo salvaje. Es indispensable contar con buenas empresas cooperativas, que tengan un óptimo rendimiento, para poder extender el modelo cooperativo hacia nuevos desarrollos económicos. Es necesario salir del autoconvencimiento y llegar a los que no están dentro del modelo.
–¿Qué opina sobre los cambios que están implementando algunos países de la región en materia de la legislación impositiva, algunos de los cuales afectan a las cooperativas, como ocurre en Argentina?
–Latinoamérica tenía un gran desarrollo en derecho cooperativo, de avanzada y con reconocimiento internacional. Tuvo legislaciones importantes en materia de derecho cooperativo, como la que se dio en Argentina y que tuvo gran incidencia en la formulación de leyes generales cooperativas en la región, donde se expresa claramente el acto cooperativo, la promoción, el desarrollo, el fomento y el control de cooperativas. Las leyes tienen todo, pero ahora algunos parlamentos no nos entienden, no respetan nuestra legislación. No entienden qué significan los excedentes y las políticas tributarias específicas para las entidades cooperativas, no comprenden el acto cooperativo. Por eso pretenden que tributemos como cualquier empresa del capitalismo. Las herramientas de derecho existen, si bien hay que ajustarlas a la nueva realidad, pero nosotros no hemos sabido comunicar ni visibilizar las potencialidades y los beneficios del modelo cooperativo. No hubo buen trabajo de incidencia en ese sentido. Esto también tiene que ver con la educación, dado que los legisladores a la hora de abordar temáticas cooperativas tienen un gran desconocimiento. La educación cooperativa es clave para el futuro del sector. Tenemos que conquistar a los no cooperativistas, es un trabajo arduo, lento, pero absolutamente necesario.

Fotos: Horacio Paone