La batalla del movimiento
Twerking
Con raíces afroamericanas y emparentada con las luchas feministas, el provocativo estilo de baile se instaló en nuestro país. La danza es un modo de desafiar prejuicios, celebrar el propio cuerpo y liberarse del peso de las miradas ajenas.
Gastón Rodríguez

(Faw Escuela)

El diccionario de la Real Academia Española informa que la palabra «twerking» no está registrada. Indiferente a la gramática oficial, el twerk (mezcla de «twist», en inglés «retorcer», y «werk», una expresión afroamericana que refiere a ciertos movimientos de baile) es un fenómeno mundial que hace escala en la Argentina, donde se practica en talleres y hasta en algunas escuelas. Si bien ya hubo grupos de padres escandalizados, esta disciplina, según sus adeptos, libera de miradas prejuiciosas y celebra el propio cuerpo o, en clave feminista, deconstruye y empodera.
«El twerk es una danza afroamericana que viene desde los esclavos negros de Norteamérica y que a lo largo del siglo XX fue evolucionando y que fue tomando cosas, por ejemplo, del burlesque o el charleston, hasta llegar a lo que hoy conocemos como twerk. En un comienzo lo bailaron hombres, luego también mujeres, y ahora lo bailan todos, y eso es justamente lo lindo del twerk, que es que una danza sin prejuicios, no importa el tipo de cuerpo que tengas, sino lo que quieras hacer con él. Eso es lo que lo diferencia de otras danzas más tradicionales, que tienen políticas menos inclusivas; en el twerk se busca la tolerancia y la aceptación», enseña Estefi Spark, campeona mundial de la disciplina y fundadora de Altas Wachas F.L.O.W., el grupo de baile que desde 2013 viene expandiendo el twerking con clases y workshops en todo el país.
«Habitualmente se comienza con una entrada en calor –explica Spark–, para mover el cuerpo y fortalecer algunas partes específicas, como los glúteos y el abdomen; después marcamos pasos básicos y secuencias cortas para agilizar la memoria y practicar la técnica; y por último se hace una coreografía. Es importante aclarar que las clases son para todas las edades y para todos los niveles. Son dinámicas, bastante aeróbicas, se gana mucha fuerza y estado físico y, sobre todo, se vencen muchos prejuicios».

De lo normal a lo real
La gran mayoría de las alumnas que se inscriben en la escuela de danza de Altas Wachas son, al igual que las profesoras, militantes feministas, y por eso se las puede ver en cada marcha realizando alguna intervención. «Enseñamos a las chicas –continúa Estefi– a salirse de los parámetros de lo normal para ser lo real, y eso es nuestra mayor enseñanza».
Un equívoco recurrente sobre el twerking es adosarle una connotación sexual. A diferencia del «perreo», expresión de una cultura patriarcal que intenta recrear bailando el acto sexual entre un varón y una mujer, inscripto siempre en una lógica binaria, el twerk tiene como propósito demostrar la habilidad con el cuerpo, sea de manera solista o en grupo, indiferente al género y la identidad, corriendo a la mujer del lugar de objeto pasivo para tomar el control de la situación.
«Es muy fuerte darte cuenta de que estás usando una zona de tu cuerpo que es tabú, como lo es la parta baja de la cola; eso va unido a reconocer el disfrute y el placer que da moverse. Nosotras apuntamos a desarrollar el twerk como una herramienta de identidad», remarca Mailén Cisneros, socia de Spark en Altas Wachas y creadora del Twerking Consciente, un taller que propone «aceptar el envase que le toca a cada uno y romper con el estereotipo del momento».
«Es reconocerte y gustarte –explica Cisneros–, no por el lado de la resignación, sino del orgullo. Por eso las clases tienen más sentido cuando somos muchos. Se siente la energía, esa sensación de trascender, la efervescencia de darte cuenta de que te estás empoderando y lo querés compartir».
«El twerking –completa Spark– es una manera de vivir, una mirada, una cultura».