La corporación
Ramiro Cortez y Federico Fontán

Los jóvenes bailarines y coreógrafos Ramiro Cortez y Federico Fontán hicieron rodar su primera obra trascendente, Los cuerpos, entre 2013 y 2015. Ahora presentan su segundo trabajo en sociedad, La corporación, en el que dirigen a 15 intérpretes, entre los que contrastan físicos esculpidos por la rutina de la danza y otros más identificables con hombres y mujeres corrientes. Son diferentes, pero el vestuario y los movimientos los unifican. Desarrollan dinámicas de agregación y desagregación, como partículas que se unen y se repelen. Determinan un todo, en el que queda un individuo aislado; forman quintetos, cuartetos, tríos y dúos, que se integran y desintegran. Tres escenas son particularmente inquietantes. En la primera, un torneado bailarín, con el torso descubierto, es lamido por catorce lenguas, como moscas a la miel. En una de­sacertada repetición, en la segunda ocurre algo similar con una mujer de pechos prominentes. El conjunto de bailarines se encastra en la última, generando una forma de cueva de la que, cual parto, brota un cuerpo y, con él, la imagen poderosísima de una génesis colectiva. Mientras tanto, la iluminación de Paula Fraga destaca el contraste entre la piel y el vestuario negro. Y la música de Martín Minervini oscila entre pulsos atronadores y atmósferas envolventes. El final llega intempestivamente y deja al espectador con ganas de bucear más en ese imantado universo, en el que la humanidad es una masa amorfa de deseos. (Timbre 4)

Analía Melgar