La escuela de los pibes de la calle
20 años del Isauro Arancibia
De un aula con pocos alumnos en una sede de la CTA a un edificio para más de 300 chicos para los tres niveles, el centro educativo porteño supo construir un espacio adaptado a las necesidades de los estudiantes. Historia de una resistencia colectiva.
Natalia Concina

San Telmo. El edificio remodelado, en la esquina de Cochabamba y Paseo Colón. (Jorge Aloy)

Sobre la avenida Paseo Colón a la altura de Cochabamba, en el barrio porteño de San Telmo, una imponente esquina se alza frente al ex Centro Clandestino de Detención Club Atlético. Recién pintado, enrejado y sin inscripciones de ningún tipo, el nuevo edificio del Isauro Arancibia, esa escuela que se construyó entre docentes y alumnos al calor de las necesidades de los estudiantes, no tiene nada que ver con la fachada repleta de murales de la vieja estructura que estaba emplazada en el mismo lugar.
«Pasamos nuestro cumpleaños número 20 en la calle porque el Gobierno de la Ciudad nos había sacado del edificio y mudado a unas cuadras. Nosotros peleamos por el espacio físico, pero también les decíamos a los pibes que mientras estemos los docentes y los estudiantes, la escuela existe», cuenta a Acción Susana Reyes, directora de la institución.
En 1998 la CTA Nacional convocó a Susana Reyes para armar un centro educativo para trabajadoras sexuales del barrio de Constitución, en la sede de Piedras e Independencia. «Como podíamos elegir el nombre, nosotras le pusimos Isauro Arancibia, por el docente tucumano  desaparecido. Al tiempo las estudiantes nos contaron que había muchos pibes que estaban en situación de calle que estaría bueno que terminaran la primaria. Y allí fuimos a buscarlos», recuerda la docente.
Pero resulta que los pibes de la ranchada de Constitución no eran los únicos, y la necesidad de espacio fue creciendo. Entonces el Gobierno de la Ciudad les dio otro edificio, y después otro hasta que llegaron a Cochabamba y Paseo Colón. Por entonces, ya el Isauro, además de primaria tenía un jardín de infantes donde podían asistir los hijos de quienes cursaban.
Hoy la institución alberga a más de 300 estudiantes de los tres ciclos, más los talleres de oficios de los que surgieron emprendimientos productivos. «Lo que pasó estos 20 años fue que fuimos transformando y organizando una escuela a la medida de ese sujeto pedagógico que se acercaba, de las necesidades que tenía. El Isauro es una construcción entre las maestras, maestros y los pibes, con los contenidos que tienen todas las escuelas, pero sumando lo que veíamos que era necesario», sostiene.
Teresa Pereyra llegó al Isauro en 2017, a través de Ezequiel, un compañero de la ranchada de Paseo Colón e Independencia: «Yo había venido desde Chaco en 2017 y alquilé una casita en Quilmes con mis dos hijos de 7 y 2 años. La misma mujer que me alquilaba me robó todo. Entonces dejé a los chicos con su papá y me vine a Capital y empecé a dormir en la calle», recuerda la joven.  Y continúa: «Siempre me acuerdo el primer día cuando entré al Isauro, que le conté mi historia a Fernanda, mi maestra, me abrazó y me dijo que ya no estaba sola, y me volvió la paz».
Durante unos meses Teresa se despertaba de lo poco que podía dormir en la calle, se higienizaba en la estación de servicio cercana y llegaba a la escuela, donde pasaba todo el día. Luego le ofrecieron un lugar en el Centro de Integración Social (CIS) que tiene el Isauro, «un espacio donde además de techo y comida los pibes pueden pensarse, conectar con lo que desean y armar su proyecto de vida», según define Reyes.
La directora recuerda y se emociona con mil anécdotas pero hay una que para ella sintetiza el camino del Isauro: «Yo doy clases en una tecnicatura de pedagogía social con orientación en derechos humanos. El año pasado me dicen que hay un estudiante nuevo y cuando llega era uno de los pibes del Isauro, de las primeras camadas de la primaria. Él había terminado el secundario y elegía esa carrera. Cuando uno ve estas cosas piensa que este proyecto tiene sentido», concluye.