La invención de la metáfora
Formas de hablar
Desde «la grieta» hasta el «corazón roto», desde el mouse hasta la «batalla contra la inflación», el lenguaje figurado forma parte de la vida cotidiana, estructura nuestra percepción del mundo y el modo en que nos movemos en él. Literatura, política e ideología.
Francia Fernández

(Ilustración: Hugo Horita)

El tiempo vuela. La mente es una máquina. Y el corazón se sale por la boca. Las metáforas pueblan el habla cotidiana, a tal punto, que es difícil notarlas. «Son recursos para configurar representaciones del mundo, de la experiencia externa o interna. Las usamos constantemente, incluso sin tener conciencia de que se tratan de metáforas», comenta María Valentina Noblía, lingüista y doctora en Letras por la Universidad de Buenos Aires. «En algunos casos, incluso han dejado de ser consideradas como tales para codificarse como expresiones convencionales de la lengua, tal es el caso de mouse, “pie del mensaje”, “raíz del problema”. En otros, están tan naturalizadas, que no concebimos otra manera de manifestar una realidad más que de esa manera, por ejemplo, a través de expresiones como “el dólar sigue en alza”, “hay que darle batalla a la inflación” y “lo hace a pulmón”», agrega.
Estrella del lenguaje figurado, la metáfora es un vocablo que viene del griego y significa «traslación», o sea, «trasladar de lugar a alguien o algo» o «llevar más allá de». Es una figura literaria que se utiliza para desplazar el sentido de una palabra o frase a otra, por ejemplo, «se armó de coraje» o «tocó el cielo con las manos». No solo embellece el discurso –como recurso poético o retórico–, sino que ayuda a comprender mejor lo que se expresa.
Desde la antigua Grecia hasta hoy, las metáforas han fascinado e intrigado al hombre. Aristóteles postuló que «no es posible pensar sin una imagen», mientras que Nietzsche declaró que «la fuente original del lenguaje y el conocimiento no radica en la lógica, sino en la imaginación, esto es, en la capacidad radical e innovadora que tiene la mente humana de crear metáforas».
La función de las metáforas es, como dice la psicoanalista y escritora Gloria Gitaroff, «describir un objeto o proceso mediante palabras que designan otro objeto o proceso. Es decir que, en la metáfora, se hace una comparación, pero sin mencionar los dos términos comparados, sino solo uno; el otro término omitido resulta, por lo general, fácil de deducir». Según indica, para el psicoanálisis, las metáforas presentes en los sueños son diferentes a las de la vida despierta. «Se diferencian en que aparece uno de los términos de dicha comparación, pero el otro es desconocido para el propio soñante. Otra diferencia reside en que las metáforas en el sueño no tienen la función de comunicarle algo a otra persona sino a quien sueña, aunque de manera disfrazada. El psicoanalista ayuda al soñante a descubrir ese otro término desconocido, invitándolo a hacer asociaciones libres, para que, entre ambos, puedan descubrirlo».
Valerse de metáforas para enfatizar el significado de algo que se quiere expresar es común a todos. «Los niños juegan con el aprendizaje del lenguaje, y les causa alegría buscar comparaciones; algunos especialistas dicen que son poetas, y otros consideran que lo que hacen son solo construcciones cognitivas que empiezan alrededor de los dos años hasta los seis y que reaparecen en los adolescentes bajo la forma de metáforas», sostiene Gitaroff, que es miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA) y la Asociación Psicoanalítica Internacional, al igual que autora del libro Claves para escribir sobre psicoanálisis (Letra Viva).


El tiempo es dinero
Para Shakespeare, el mundo era «un escenario y todos los hombres y mujeres, meros actores». Otros lo han visto no como «un espectáculo», sino como «un campo de batalla». Ana Frank escribió que, «cuando se piensa en el prójimo, es como para llorar todo el día».
En 1980, los investigadores estadounidenses George Lakoff y Mark Johnson publicaron el libro Metáforas de la vida cotidiana. Ahí señalan que «nuestro sistema conceptual ordinario, en términos del cual pensamos y actuamos, es fundamentalmente de naturaleza metafórica». Eso significa que «las metáforas estructuran lo que percibimos, cómo nos movemos en el mundo y la manera en la que nos relacionamos con otras personas», enumera la lingüista Noblía. Y también, que «las metáforas condicionan nuestro modo de pensar, de hablar y, por consiguiente, de actuar. Así, por ejemplo, para nuestra cultura, estos autores reconocen ciertas metáforas centrales en que el tiempo es entendido como dinero, por ello, no hay que “malgastarlo” sino “invertirlo” en cosas que valen la pena, hay que saber ”calcularlo” y se agradece cuando alguien “gastó” su tiempo en nosotros», ilustra.
¿Cuál es el valor de la metáfora hoy? «Tiene un valor central en el uso del lenguaje, porque configura el modo en que conceptualizamos gran parte de nuestra experiencia. Las metáforas son un recurso que nos permite expresar lo abstracto en formas más palpables y concretas», responde Noblía. Como muestra, se habla del amor en términos de «viaje» –«qué lejos hemos llegado» o «esta relación se está yendo a pique»– o una discusión se plantea como una «batalla verbal», donde hay ataque, defensa y contraataque. Noblía explica que «cuando alguien expresa dolor por un amor no correspondido a través de metáforas como “me rompió el corazón”, ese dolor adquiere el peso de lo material, en una acción como romper, propia de otra dimensión de la realidad. Ese significado, a su vez, entra en juego con la dimensión intangible y subjetiva de los sentimientos. Ambas significaciones confluyen para expresar tanto la experiencia como la intensidad que ese sentimiento implica». O sea, que la metáfora, mediante el lenguaje, establece una analogía entre dos realidades y enriquece el alcance de lo que se quiere manifestar.
Las metáforas cohesionan las identidades colectivas, ya que circulan y, de tanto uso, acaban por incorporarse a la cultura. Algunas son universales y otras, compartidas por una comunidad única. En ese sentido, refuerzan un sentido de pertenencia. «Los argentinos, como cualquier grupo que comparte una lengua y una cultura, tienen una serie de conocimientos que aluden a esa historia compartida. Solo quienes conozcan la letra de un tango podrán completar el significado de una comparación que aluda a ese tango, y otro tanto sucede con los adolescentes, o los amantes del fútbol, por ejemplo», analiza Gitaroff . «Es bastante trabajoso desarmar una metáfora para alguien que está fuera de esos conocimientos compartidos la comprenda y aun así pierde su efecto emocional o de comunicación».  
De acuerdo a Noblía, sería difícil definir cuáles son las metáforas más frecuentes que se usan en la Argentina porque ello supondría que hay un uso homogéneo de ellas y un modo único de hablar. «Quizás sí podemos reconocer algunas por su alta efectividad en el campo social y político, por ejemplo, la de la “grieta”. Plantear la coyuntura actual en términos de grieta implica asumir que hay dos posiciones contradictorias e irreconciliables. Esa metáfora ha trascendido el campo político, desde donde surgió, para llegar a definir otras situaciones que se plantean en términos de ruptura, de quiebre que amenaza la unidad de algo». Lo importante, subraya, «es tener en cuenta que se trata, precisamente, de una metáfora, o sea de una construcción con una finalidad retórica, argumentativa y, como tal, ideológica».