La llama
Leonard Cohen - Salamandra - 340 páginas

«Estoy preparado, mi Señor», se lee en el libro póstumo de Leonard Cohen (1934-2016), que se publica con traducción de Alberto Manzano Lizandra: reúne más de 60 poemas inéditos, dibujos, autorretratos y cuadernos del cantautor, poeta y narrador canadiense. También podemos encontrar allí las letras de sus últimos discos, como «You want it darker», en donde aparece aquella cita seguida de otra que da nombre a la compilación: «Lo quieres más oscuro/ Apagamos la llama».
Ese álbum, el decimocuarto de su carrera, fue publicado días antes de su muerte y producido por su hijo Adam. Él fue también quien se encargó de que La llama llegase al papel, siguiendo las instrucciones que Cohen dejó para ese volumen cargado de melancolía, misticismo y gracia aforística, que incluye aquí y allá descansos de humor. «Mi padre, antes que nada, era un poeta», dice. Y es cierto que, como en una danza simétrica, el Premio Príncipe de Asturias de las Letras comenzó y terminó su carrera en la poesía. Fue en 1956 que se publicó Comparemos mitologías, libro que contenía versos apuntados desde sus 15 años de edad. Su primer disco de estudio, de hecho, saldría a la luz casi una década después: aún así, la fama de Cohen se debe más a su música que a sus obras escritas. En los años 60, el joven Leonard se compró una casa en la isla griega Hydra solo para encerrarse a escribir: tal era la importancia que le daba a la literatura. En su terraza escribió su primera novela, El juego favorito, y libros indelebles como Parásitos del paraíso. Ahora, la calle de esa casa lleva su nombre. En otro de los libros escritos en su edén griego, Hermosos perdedores, alguien ruega: «No quiero ser una estrella, simplemente estar muriendo. Por favor déjame tener hambre, así no seré el punto muerto, así podré distinguir los árboles en sus vidas particulares, así podré tener curiosidad sobre los nombres de los ríos, la altura de las montañas». La llama es una despedida que resuena como eco: quizás un modo de conservar el hambre para siempre.

Valeria Tentoni