La lucha diaria
Lilian Andrade
Amiga de Ramona Medina, dirigente social de la Villa 31 fallecida por COVID-19, destaca la cotidiana labor de La Poderosa en defensa de los derechos de los vecinos. La crítica situación bajo la pandemia, los reclamos al Gobierno porteño y el rol de la mujer para la ayuda mutua y la acción colectiva.
Pablo Tassart


La llegada del coronavirus a las barriadas populares del área metropolitana no solo disparó la cantidad de casos, sino que además se cobró la vida de luchadores y luchadoras sociales muy valoradas. Fue el caso de Ramona Medina, habitante de la Villa 31 de Retiro y militante de la organización social La Poderosa, quien fue conocida por un desgarrador video en el cual denuncia la falta el agua en su barrio en plena cuarentena.
Lilian Andrade tiene 27 años, también es militante de La Poderosa, vecina de la 31 y una de las mejores amigas de Ramona. Asegura que ha sido muy difícil andar por el barrio en estos días al recordar a su amiga y con la voz quebrada la describe: «Ramo no tenía pelos en la lengua, si tenía que decirte algo no dudaba. Y eso es indispensable para tener la templanza para denunciar como lo hizo hasta el último momento de su vida».
Vecina del barrio desde hace unos seis años, Lilian es estudiante universitaria de Artes Visuales y fotógrafa de la revista La Garganta Poderosa, uno de tantos emprendimientos de esa organización social. Sin embargo, cuenta que por el momento no está cumpliendo esa tarea. Por un lado, estuvo aislada en forma preventiva por haber tenido contacto con una vecina contagiada con COVID-19 y, por otro, asegura que su tarea actual es ayudar en los comedores desbordados por esta situación y otras tareas de contención social. «Nos terminamos organizando entre vecinos y vecinas para que los comedores no cierren. Estamos repartiendo kits de limpieza, haciendo un seguimiento a mujeres con violencia de género. La 31 en general tiene una serie de problemáticas históricas que no se han detenido ahora y algunas han empeorado».
La falta de agua en el barrio, una de las razones por la que los contagiados del virus pasaron de 3 a 237 durante los primeros diez días de mayo, hoy continúa, pero de la mano de otro problema histórico: las fallas eléctricas, incrementadas por la llegada del clima frío. Así, con cortes de luz cuatro veces a la semana, las bombas a veces no llegan a llenar los tanques en algunas manzanas del barrio.
–¿Que sentían mientras se recomendaba la higiene como método de prevención y ustedes no tenían agua?
–Se vivía con mucha impotencia y temor. También estaba la falta de información, en el barrio no se sabía, por ejemplo, ni cuál era la edad de las personas mayores de más riesgo, ni cuáles eran las enfermedades preexistentes más riesgosas. También había bronca porque nos bombardeaban con el tema de la limpieza y nosotros no teníamos agua ni para un mate cocido.
–Se reunieron con el presidente Alberto Fernández. ¿Cambió algo después de la conversación con él?
–Hubo dos reuniones. Primero fue Nacho Levy y luego hubo otra con otras organizaciones y otros barrios. Ahí ya tenían respuesta a algunas cuestiones que había planteado Nacho el día anterior. Eso nos generó una buena impresión, porque se habían estado ocupando. Por ejemplo, planteamos que hay asambleas que están cocinando con leña porque si bien está el decreto que prohíbe cortar el gas por falta de pago, a nosotros no nos toca porque no tenemos acceso a la red, nosotros necesitamos garrafas. Hay que entender que la demanda en los comedores creció un 320%. Nos dijeron que iban a hacer un plan de acceso a la garrafa. Otro reclamo fue el de soluciones eléctricas. Pedimos que en las asambleas o comedores haya generadores para garantizarle a la gente un lugar dónde ir en caso de necesidad, por ejemplo, para los electrodependientes, o simplemente para que los chicos puedan cargar sus notebooks para hacer la tarea. Sobre eso también hicieron un relevamiento y nos pidieron el detalle de los lugares para alcanzarle un generador a cada uno.
–¿Como fue la reunión con el jefe de Gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta?
–Muy tensa. Expresamos los reclamos de la familia de Ramona y sobre eso no nos respondieron nada. Luego planteamos los mismos puntos que a Nación, hubo muchos silencios y a la media hora Larreta y Santilli nos dijeron que se tenían que ir. Notamos pocas ganas de escuchar. Quedó María Migliore, ministra de Desarrollo Humano y Hábitat de la Ciudad, quien nos derivó a los canales de siempre, nos dieron un número telefónico para llamar. Comunicación con la Ciudad hay, lo que no hay son respuestas. Esas personas con las que nos mandaron a hablar son las mismas que no le dieron respuesta al reclamo de Ramona. Así no tiene sentido.


–Conformaron un comité de crisis. ¿Cómo funciona?
–Se nuclean los reclamos de la mayoría de las organizaciones y comedores del barrio. Allí se consensuan las decisiones, se dividieron las tareas de logística y comunicación, por ejemplo, haciendo acciones concretas o conferencias de prensa. El comité de crisis intenta estar en comunicación constante con el Gobierno porteño, pero de poco sirve ya que las respuestas son casi nulas.
–¿Cuál es el principal reclamo?
–Pedimos un protocolo especial para el momento del hisopado. Mucha gente no quiere ir por miedo. Cuando van, tienen que hacer una fila larga y estar muchas horas ahí con sus hijos. Pero, además, les preocupa que suben a todos a los mismos micros para hacer los traslados a hoteles u hospitales mientras esperan los resultados. Entonces, pueden haber llegado sin el virus, pero ese tiempo en el micro, todos juntos, puede generar la posibilidad de contagio. Y esto sucede por falta de organización, no porque los lugares estén siempre abarrotados. Por ejemplo, sucede que mientras están esperando en el micro hasta la 1 o 2 de la mañana llaman a la Secretaría de Integración Urbana de la Ciudad para que les den una solución. Pero claro, ahí no contestan porque ya no es el horario laboral. Entonces, terminan llamando a vecinos y vecinas de las organizaciones porque saben que vamos a dar alguna respuesta, como ir corriendo a llevarles unas frazadas o pañales para los chicos. Todo esto termina generando miedo en el vecino y la vecina. Entonces hay que organizar un sistema que dé confianza a la gente. Para que sepan que, si se van a hisopar y luego hace falta internar, sus hijos estarán acompañados, por ejemplo.
–Que Ramona haya sido la que aparecía en los videos, la que reclamaba y la que se movía para conseguir cosas, ¿habla del rol de las mujeres en los barrios populares?
–No es menor el hecho de que en casi todos los espacios la mayoría somos mujeres, las que estamos a cargo de los merenderos y los comedores. Ramona estaba siempre en el espacio de salud poniendo sobre la mesa el tema de las personas con capacidades diferentes y cómo se aborda dentro del territorio. No solo denunciamos, sino que ponemos el cuerpo, como lo hizo Ramona, poniendo su salud en juego para darle voz a algo que también les pasa a muchos vecinos y vecinas. Las mujeres hemos formado un entramado de redes hacia adentro del barrio. Por ejemplo, si alguna vecina tiene un problema con su esposo violento, antes de ir a denunciar es muy probable que nos lo diga a mí o a otra vecina de confianza para no tener que transitar sola ese camino. Terminamos siendo las mujeres las que somos soportes de otras mujeres. Lo mismo ocurre con el control de las fuerzas de seguridad: generalmente son compañeras las que salen corriendo a altas horas de la madrugada porque se le llevaron al hijo solamente porque estaba llegando de trabajar a una hora muy tarde para el policía que lo paró.
–¿Es algo que tiene que ver con los tiempos que corren o es histórico?
–Para mí viene de antes. Yo pienso en mi mamá o en mi abuela como ejemplo. O algunas vecinas que son muy mayores y nos cuentan cómo eran las mujeres las que se ponían delante de las topadoras en la época de la dictadura. Eran ellas las que ponían el cuerpo para que no les derrumben las casas. E históricamente, cuando hay hambre, siempre han sido las mujeres las que se organizan y terminan sacando un paquete de fideos, un poco de arroz y un pedazo de carne para hacer una olla popular con las personas de la cuadra. El sistema patriarcal desde siempre ha exigido que sea el hombre el proveedor, el que salga a buscar trabajo. Y lo que sucedía era que el hombre estaba como catorce horas fuera de su casa y en ese tiempo eran las mujeres las que tenían que resolver, con lo que tenían, la cosas que pasaban en el barrio. Y hoy, por más que el papel de proveedor sea compartido, la mujer ha heredado ese rol de hacerse cargo.


–¿Qué opinás de la presencia masiva de la policía en los barrios?
–Nosotros pedimos otro tipo de soluciones porque sabemos que las fuerzas de seguridad actúan con mucha impunidad en las barriadas populares. Y sobre la protección de las viviendas, es verdad que muchos vecinos tienen miedo de perderla cuando se van, pero el tema es que la policía que viene al barrio no está haciendo ese trabajo. Igual, antes que eso necesitamos que todas las personas coman. Necesitamos que alguien dé la cara y que no sean las compañeras de los comedores las encargadas de decirle a un vecino: «Hoy vos no comés».
–El Gobierno porteño evita llamar villa a la 31 y a otros barrios, ¿cuál es tu opinión?
–Lo que particularmente sucedió con la Villa 31 es que el Gobierno de la Ciudad, cuando comenzó la urbanización, impulsó el nombre Barrio 31 o Barrio Mugica. Ellos decían que nos estaban integrando a la ciudad, pero ya éramos parte. Que ellos quieran instalar el slogan de «ahora está integrada» es otra cosa. Después, por otra parte, si con esta urbanización quieren llamarlo barrio, que por lo menos sea como otros barrios que tienen garantizado el acceso al agua y a la luz. Le dicen barrio para sentirse mejor, para sentir que están haciendo algo, cuando las cuestiones mínimas no están saldadas.


Fotos: La Garganta Poderosa