La luz negra
María Gainza - Anagrama - 141 páginas

Para detectar sangre, sudor, semen y lágrimas en el cuerpo de un asesino, la policía científica utiliza linternas pequeñas, del tamaño de un dedo, que emiten una radiación azul sobre la piel. En la jerga forense la llaman la «luz negra». Su uso no se aprende en textos de estudio; por el contrario, es un saber que se transmite entre pares, en la experiencia y el entrenamiento de la mirada. La misma luz la utilizan los peritos de arte en los museos o en las casas de tasación. Lo hacen para detectar agregados de último momento en una pintura, para determinar su verdadero valor, para juzgar si una obra se corresponde con la firma del autor que lleva estampada.  Precisamente, el mercado del arte, con la runfla hermosa de tasadores, artistas, falsificadores y falsarios, es el universo que la escritora y crítica de arte María Gainza eligió narrar en su segunda novela. La narradora, una crítica de arte de clase alta, entra al mundo de la tasación y del delito de guante blanco de la mano de Enriqueta Macedo, «La Uno», experta en el arte de la falsificación, en interrogar las nociones de fiabilidad, en señalar que lo verdaderamente falso son «las obras de calidad discutible». Tras su muerte, la narradora avanza sobre su misterio, siguiendo nombres como pistas. En especial se detiene en la figura de La Negra, el centro gravitacional de La luz negra, encargada de falsificar lienzos de la pintora Mariette Lydis, retratista de la alta sociedad bonaerense, de los dueños de la tierra. Con su segunda novela, María Gainza continúa el proyecto narrativo iniciado con El nervio óptico, poniendo su mirada en un universo donde lo verdadero y lo falso se sustentan entre sí. 

Damián Huergo