La marca de una década
Carlos Menem (1930-2021)
Encabezó un Gobierno que dejó consecuencias profundas y aún vigentes en la sociedad argentina, con transformaciones económicas regresivas bajo el signo del neoliberalismo. Su muerte reabrió debates acerca de su legado político.
Daniel Vilá
Periodista

1999. El expresidente en un acto en Chile: gestión alineada con el Consenso de Washington. (Minguell/AFP/Dachary)

La muerte del expresidente Carlos Menem motivó elogiosos obituarios por parte de los grandes medios de comunicación y muchos dirigentes políticos pregonaron su admiración por el difunto. Las víctimas de las políticas implementadas durante la década a la cual el caudillo riojano le imprimió su marca, tienen, con seguridad, recuerdos menos complacientes.
El menemismo, que dejó profundas heridas en la sociedad –reabiertas 25 años después por la gestión de Mauricio Macri–, expresó las necesidades del bloque de poder dispuesto a insertar a cualquier costo a la Argentina en el nuevo orden mundial en el marco del Consenso de Washington. Menem se convirtió en el más fiel de los escuderos de Estados Unidos. Se produjo así la rearticulación de la economía en el marco de una modernización excluyente, junto con una inédita concentración de la riqueza, la privatización de empresas públicas en el marco de una corrupción generalizada, la absoluta sumisión a los organismos financieros internacionales, la deserción del Estado de sus deberes fundamentales y la abrupta caída de salarios y jubilaciones.


Sacrificios y burbujas
Para completar el desquicio, millones de individuos fueron lanzados a la informalidad, a través del trabajo «en negro» o de los frágiles emprendimientos comerciales que encaraban con sus indemnizaciones por despido
–parripollos, maxiquioscos, videoclubes–. Al deterioro de las condiciones de trabajo contribuyó una dirigencia sindical que mayoritariamente acompañó las «transformaciones». La mejor descripción de este cuadro le corresponde al gastronómico José Luis Barrionuevo: «Nosotros posibilitamos años de ajuste, de tarifazos, reformulación del Estado, acumulación de capital en el Banco Central. Todo con salarios congelados y jubilaciones indignas, con la ausencia de una política de salud y acción social. Pusimos nuestro sacrificio, ahora es el Gobierno el que tiene que responder con equidad».
El tótem de la convertibilidad –una burbuja insostenible en el mediano plazo, puesta en marcha por el ministro de Economía Domingo Cavallo– encandiló a los ingenuos y sedujo a los cómplices. En 1997, por ejemplo, el 90% de las ganancias contabilizadas por las grandes compañías correspondieron a entes estatales privatizados o empresas asociadas a ellos.
Un listado de las atrocidades perpetradas sería interminable. Entre las más notorias cabe consignar el encubrimiento de los atentados a la Embajada de Israel y la AMIA, las brutales represiones a las puebladas de Cutral-Có, Tartagal y el Gran Rosario, los envíos clandestinos de armas a Perú y Croacia que intentaron ser ocultados con la explosión de la fábrica militar de Río Tercero y el indulto a los genocidas, rechazado por el 80% de la población
La recordada psicóloga y escritora Silvia Bleichmar reflejó en un poético texto un sentimiento por muchos compartido: «No me hubiera gustado morir en los 90, cuando la restauración neoliberal avanzaba por el mundo y me hacía sentir parte de una generación tirada a los perros; al final de un siglo que nació al calor de la utopía y terminó al borde de la desesperanza, resignando la expectativa de toda redención posible; acosada dentro del marco de un tiempo que obligaba a renunciar a todo proyecto colectivo; reducida a la inmediatez de mi supervivencia y la de los míos –que son muchos más que la extensión de mi sangre– sabiendo que éramos los últimos de una generación que tardaría mucho en volver».