La música del agua
Carlos Aguirre - Shagrada Medra

Hace décadas que Carlos Aguirre se constituyó en un faro de la música argentina. Su multiplicidad de registros –con temas propios o ajenos, instrumentales o cantados, en banda, trío o solo– es finalmente una cosmovisión del Litoral, la región que habita e indaga artísticamente. El título de su nuevo disco es elocuente: La música del agua. Como casi todo lo que hace, la maceración fue lenta y apuntó a algunos de los grandes referentes de la canción de río. El rescate soslaya fronteras y cruza el Uruguay para visitar tres temas de Aníbal Sampayo («Río de los pájaros», «Canción de veranos y remos» y «La cañera») y «El loco Antonio», de Alfredo Zitarrosa. El abordaje de Aguirre es el de un juglar a piano, con la premisa melódica de respetar las versiones originales. Su canto sereno, sin afectaciones, prescinde de cualquier énfasis. En ese registro entonado y coloquial en parte reside el encanto irresistible del trabajo. Los tres primeros temas son desarmantes en su belleza: «Juancito en la siesta» (Chacho Muller), «Pan del agua» (Ramón Ayala) y «Corrientes cambá» (Albérico Mansilla-Edgar Romero Maciel). De Juan L. Ortíz a Juan José Saer, la poética de río tiene una melancólica densidad, de tiempos muertos, siestas, calor, humedad; en la canción popular, esa densidad suele volverse más dulce. Los versos de los temas se deslizan por ese corrimiento: «Juancito va / trotando ese caminito de la laguna/ La tarde flamea como un pañuelo/ y un vuelo de gallaretas lo va llevando/ mirando el cielo» (Muller); «Allá se va el pescador, bajo su ancho sombrero/ como si llevara puesto un inmenso girasol/ En cada mano un dorado, tremendo tigre del río» (Ayala). El disco cierra con otro clásico, «Pato sirirí», de Jaime Dávalos. Lo de Aguirre es una mirada sobre la tradición. Hace unos 20 años fue el arreglador de un disco clave de Chacho Muller, Monedas de sol. Y La música del agua se escucha como una íntima continuidad. Es el mismo murmullo, el mismo sonido, una respiración. El noble río que no cesa, que da, quita y tatúa almas con su música eterna.

Mariano del Mazo