La odisea de la cura
Primera vacuna en el Río de la Plata
En 1796, mientras la viruela causaba estragos en el mundo, se descubrió un método para prevenirla usando un virus atenuado. El germen llegó al Río de la Plata en 1805, a bordo de un buque negrero, en los brazos de tres esclavos africanos. Ensayos y errores.
Gabriela Navarra

(Shutterstock)

Un antiguo aforismo europeo dice «From love and smallpox but few remain free» (del amor y la viruela pocos se salvan). Sirve para dar una idea del devastador efecto que tuvo la viruela en el mundo desde épocas inmemoriales, ya que hay registros de la enfermedad desde hace 10.000 años. Con más de un 30% de mortalidad, quienes sobrevivían quedaban discapacitados (ciegos, era lo más frecuente) o con lesiones desfigurantes en cuerpo y rostro. Periódicamente había epidemias y se asegura que la viruela mató a más gente que todas las guerras de la historia de la humanidad.   
A principios del siglo XIX, en España, el rey Carlos IV, muy afectado porque su hija Luisa Fernanda había contraído viruela, decidió enviar una misión especial a todas las colonias españolas de América y Asia (que eran muchas) con el objetivo de vacunar a todos los súbditos de la Corona. Fue la Real Expedición de la Vacuna, la primera campaña de salud pública de esa magnitud ordenada por un Estado. Pero ¿cómo era vacunar en aquellos tiempos?
«No precisamente lo que es ahora –dice el doctor Enrique Méndez de Elizalde, médico especialista en radiología del CEMIC e historiador–. Era un proceso llamado variolización, que se venía aplicando desde hacía varios siglos por inoculación directa: se tomaba material purulento de los enfermos y haciendo una pequeña incisión con una lanceta se escarificaba ese material en la piel de la persona sana. El método se conoció primero en Oriente, y llegó a Occidente, a Londres, en 1717, a través de Mary Wortley Montagu, esposa del embajador británico en Estambul, que lo había visto aplicar en Turquía. Pero era riesgoso, no siempre daba resultado y tenía una mortalidad del 5%».
A fines del siglo XIX, un farmacéutico y boticario de Berkeley, Inglaterra, Edward Jenner, descubrió que las mujeres que ordeñaban las vacas de Gloucestershire tenían lesiones en sus manos similares a las de viruela bovina de las ubres de las vacas pero no se contagiaban la viruela humana. Pensó que tal vez eso las inmunizaba. Decidió inocular a un niño de 8 años con muestras frescas de la viruela bovina. El niño tuvo algo de fiebre y malestar pero algunas semanas después lo pinchó con el virus de la viruela humana y el niño no enfermó: se había vuelto inmune. Ese fue el germen de la idea de la vacunación: usar un virus atenuado para proteger de lo que ese virus causa. Corría el año 1796.


Cadena humana
El primer gran desafío de la Real Expedición de la Vacuna fue determinar cómo llevarían a ultramar el virus de la viruela. El fluido se preservaba en las propias costras o en hilos de algodón embebidos y se guardaba entre vidrios sellados con cera, pero tenían poco tiempo de conservación. La decisión de Francisco Balmis, el médico militar español que comandó la campaña, fue tomar 22 niños huérfanos de la Casa de Expósitos de La Coruña, e ir inoculando el virus en el brazo, de dos en dos. Luego de 7 o 10 días aparecían las pústulas, se extraía el material (pus o la secreción) y se repetía el procedimiento en otros niños, manteniendo la cadena humana y el virus vivo.
«Hoy sería algo éticamente inadmisible, tanto llevar a los 22 huérfanos como a los niños mexicanos que luego Balmis condujo a Filipinas», asegura enfáticamente a Acción José Tuells, profesor titular de la Cátedra Balmis de Vacunología de la Universidad de Alicante, España.
La histórica expedición partió de La Coruña el 30 de noviembre de 1803. Llegó a Puerto Rico en febrero de 1804. Ya en América, fueron vacunando en distintos pueblos e incipientes países de la época. La expedición enfrentó todo tipo de peripecias, hasta naufragios, y muchas muertes. Duró hasta 1810 y se extendió también por Asia. Se vacunó a 250.000 personas, en su mayoría, niños, escribe en un artículo el médico uruguayo Milton Rizzi.
En México, Balmis resolvió dividir la expedición en dos y encomendó a su segundo, José Salvany, seguir la ruta hacia América del Sur. Buenos Aires sería el último destino, previsto para 1806. Pero la vacuna llegó antes.
Dice el historiador Pablo Cowen que el primer intento de aplicar algo parecido a la variolización en el Río de la Plata estuvo a cargo de un médico irlandés, Miguel O’Gorman. «Pero no le fue bien –comenta–, tuvo dificultades de conservación y posiblemente no inoculaba el virus adecuado».
Un segundo intento, exitoso, pero que no se difundió, cuenta Méndez de Elizalde, fue realizado en Baradero por el párroco Feliciano Pueyrredón, que inoculó a parte de la población costeña en 1802 con un material del que no se conocía origen. La tercera, parece, fue la vencida. La vacuna volvió a tocar costas rioplatenses en la fragata Rosa del Río, un barco negrero que venía de Portugal vía Río de Janeiro. En el buque viajaban 38 esclavos negros y 3 de ellos traían en sus brazos el virus vivo. La nave llegó a Montevideo el 5 de julio de 1805 y días después a Buenos Aires.
El 14 de agosto el virrey Rafael de Sobremonte citó al Protomedicato porteño, que agrupaba a los médicos de esa época, en El Fuerte (actual Casa de Gobierno) para comenzar lo antes posible a vacunar. Una de las primeras en recibir la inoculación fue María del Carmen Sobremonte, hija del virrey, dice Méndez de Elizalde.
Mientras se intentaba en Buenos Aires convencer de la bondad del nuevo recurso a una parte reticente de la población («también en esa época había antivacunas», apunta Cowen), la vacuna fue llevada al Interior y a países vecinos. Cosme Mariano Argerich, presidente del Protomedicato porteño, fue uno de los médicos que más contribuyó a su difusión, junto con Saturnino Segurola (ver recuadro).
Durante la década del 30 el aporte del doctor Francisco Javier Muñiz fue decisivo, puntualiza Pablo Cowen. En América no existía el mismo tipo de vacas con las que había experimentado Edward Jenner. Pero Muñiz descubrió que «las propiedades de las vacas de Gloucestershire se manifestaban también en Luján, lo que permitió la fabricación nacional de la vacuna», escribe el historiador.
El último caso de contagio natural de viruela data de octubre de 1977 y en diciembre de 1979 la Organización Mundial de la Salud (OMS) certificó su erradicación en todo el planeta. Fue el primer éxito de las vacunas, alcanzado por la colaboración de todos los países del mundo.