«La persecución contra Assange tiene un fin aleccionador»
Pedro Brieger
El caso del fundador de WikiLeaks, que podría ser extraditado a Estados Unidos y juzgado por revelar las operaciones de la Casa Blanca en Irak y Afganistán, analizado por el reconocido periodista. Las disputas políticas en la región y la necesidad de informar con mirada latinoamericana.
Manuel Alfieri

Periodista y sociólogo, Pedro Brieger es una de las voces más respetadas del ámbito de la comunicación. Dicho reconocimiento no nace exclusivamente de la consideración de colegas y especialistas, sino también de la admiración que genera entre muchos ciudadanos de a pie que poco tienen que ver con el mundillo de la diplomacia o las relaciones internacionales y que, sin embargo, han llegado a pararlo en la calle para felicitarlo por su labor y hacerle un breve comentario sobre el Brexit, la situación en Venezuela o la guerra en Siria. Buena parte de ese reconocimiento emerge de la gran capacidad que Brieger tiene para informar con un lenguaje llano sobre los intrincados vericuetos de la política internacional. Hoy en día lleva adelante esa tarea en diversos medios –entre ellos, esta revista–, al tiempo que oficia como director periodístico de Nodal, un sitio web de información latinoamericana y caribeña. Recientemente, tuvo una suerte de reinvindicación personal al ser sobreseído por la Justicia de la denuncia que le hizo el titular del Sistema Federal de Medios y Contenidos Públicos, Hernán Lombardi, sobre una supuesta incompatibilidad al trabajar simultáneamente para la TV Pública, Radio Nacional y Télam.
En diálogo con Acción, analiza el caso de Julian Assange, a quien conoció en 2013, cuando lo entrevistó para la TV Pública en la embajada de Ecuador en Londres. Justamente de allí fue expulsado Assange en abril pasado, tras siete años de asilo, por orden del presidente ecuatoriano Lenín Moreno. Desde entonces, el fundador de WikiLeaks cumple una pena de 50 semanas en una cárcel británica, con la posibilidad de que finalmente sea extraditado a Estados Unidos, donde podría enfrentar la pena de muerte por haber publicado miles de documentos secretos sobre las incursiones militares en Irak y Afganistán.
–¿Por qué creés que la persecución contra Assange por parte de EE.UU. es tan fuerte?
–Pienso que se trata de una persecución aleccionadora. El objetivo es evitar que alguien intente hacer lo mismo. Es decir, que cualquier persona se atreva a divulgar documentos secretos del Departamento de Estado o de la política estadounidense y las grandes corporaciones. El mensaje es claro: «Cuidado con lo que difunden».
–¿Tanto los afectó?
–A ver, ¿afectó a EE.UU.? Sí. Claramente horadó la credibilidad de la Casa Blanca. Ahora, ¿EE.UU. dejó de ser primera potencia mundial por eso? No. Una primera potencia no cae de manera tan sencilla. EE.UU. tiene mecanismos políticos, económicos y propagandísticos que le permiten sortear prácticamente todo. Donald Trump acaba de decir que el problema de los asesinatos en dos ciudades estadounidenses no tiene que ver con las armas de fuego, sino con que hay muchos inmigrantes. Y no hubo una condena internacional ante esa frase. ¿Por qué? Porque es la primera potencia mundial. Todo Gobierno sabe que EE.UU. puede influir en los organismos internacionales para ayudarte o para hundirte. Nadie quiere tenerlo de enemigo.
–¿Cuál es el valor real de lo revelado por Assange?
–El gran valor es que nos permitió conocer, casi mientras los hechos sucedían, documentos que por lo general son secretos. No es lo mismo enterarnos hoy cómo Henry Kissinger fue partícipe del golpe de Estado contra Salvador Allende, pasados ya más de 40 años, que conocer en el momento qué gente de la política o del mundo empresarial va a una embajada a tener trato con un representante diplomático de EE.UU., y sobre qué cosas hablan. Creo que ahí está el gran mérito: el hecho de haber podido acceder a la información al instante. En EE.UU. hay leyes que ordenan desclasificar o hacer públicos algunos documentos, pero 25 años después. En el caso de Assange, lo importante fue la inmediatez.
–¿El caso abrió un debate sobre el secretismo y la libertad de expresión?
–El tema de los secretos de Estado no es nuevo. El secretismo es un problema porque por algún motivo se firman acuerdos en secreto, entre pocas personas y sin un gran debate público. Es lo que pasó en los 90 con el ALCA, por ejemplo. Se estaba negociando un gran acuerdo de libre comercio de manera secreta, sin que la población estuviese al tanto. Y está claro que eso ocurría porque eran negocios para una minoría. Ese es el tema. Lo mismo pasó con otras negociaciones vinculadas con el reparto de territorios en la Primera Guerra Mundial o sobre la venta de armas. Son cosas que benefician principalmente a Gobiernos o al sector privado en desmedro de las poblaciones. Muchos de esos acuerdos son tan escandalosos que no se podrían firmar en otras condiciones, no podrían ser públicos, porque generarían una gran indignación.


–¿Con qué persona te encontraste cuando visitaste a Assange en 2013?
–No fue fácil conseguir la entrevista. Era una figura internacional muy requerida. Nos recibió en la embajada de Ecuador en Londres, un edificio muy pequeño en pleno centro de la ciudad. No hicimos una recorrida por la embajada porque era como invadir su privacidad, entonces el encuentro fue en una pequeña sala de reuniones. En ese momento se lo veía bastante bien físicamente, locuaz. Estaba ahí hacía relativamente poco. Me encontré con un joven simpático, agradable. Un tipo muy afable, que parecía conocer mucho de lo que hablaba. Muy inteligente y capaz de hacer un nexo entre la Inteligencia, la política y los medios de comunicación.
–¿Cómo era su vida en la embajada?
–Una vida muy complicada, porque no se podía mover mucho. A duras penas podía salir al balcón. La embajada era muy pequeña. Después le pusieron más restricciones de movimiento dentro del edificio. Él estaba básicamente en su habitación y en un lugar para conversaciones y entrevistas. Sabía que estaba siendo vigilado y monitoreado todo el tiempo.
–¿Cuáles eran entonces sus principales preocupaciones?
–Estaba muy preocupado por lo que significaba el seguimiento de las grandes agencias internacionales de Inteligencia, por mostrar que vivimos en un mundo monitoreado al máximo. Yo creo que el monitoreo tiene varios niveles. Por un lado está el nivel personal, privado, de una persona que es ajena al mundo político o empresarial y que tiene Facebook para compartir su vida, su familia, sus paseos, su infancia, y que probablemente no se preocupe mucho por la información que pueda circular en las redes. Por otro lado, está el nivel que realmente inquietaba a Assange, es decir, lo que significaba todo esto a nivel Inteligencia para derrocar gobiernos o para influir sobre la población con el uso de algoritmos y la Big Data.
–Assange fue primero protegido por Rafael Correa y luego expulsado de la embajada por Lenín Moreno. ¿Cómo se explica ese cambio en la política exterior de Ecuador?
–El cambio se explica porque Moreno dio un giro de 180 grados, se alió a EE.UU. y pasó a subordinar su política interior y exterior al vínculo privilegiado que quiere tener con la Casa Blanca. Claramente es un gesto hacia EE.UU. para que el FMI lo beneficie y lograr mayores acuerdos con EE.UU. A eso iba con que tener una buena relación con EE.UU.te permite tener una buena relación con los organismos internacionales. Tener el voto positivo de EE.UU. para tu política externa o interna es fundamental. Cuando el Gobierno argentino habla de «volver al mundo», está diciendo eso: hay que privilegiar el vínculo con los países más poderosos, con aquellos que tienen incidencia y que manejan el mundo, y que nos pueden beneficiar. Aunque ese supuesto beneficio no incluya a la mayoría de la población.
La charla con Brieger transcurre en un bar palermitano en plena mañana invernal. El giro ecuatoriano en torno a Assange da pie para hablar sobre lo que ocurre actualmente en la región: la disputa entre progresismo y neoliberalismo y la suerte de obsesión que algunos medios de comunicación y dirigentes tienen con la crisis venezolana.
–Después del giro hacia la derecha que experimentó la región, ¿creés que hay posibilidades de que vuelva a ocurrir una ola progresista en América Latina?
–Creo que, desde 2005, en la región hay una disputa entre una corriente progresista, nacional y popular, muy heterogénea, y una corriente neoliberal, conservadora, que se tuvo que replegar ante el avance del progresismo, pero que no desapareció. Y que en cuanto pudo recobrar fuerza, la recuperó y se impuso. El discurso de las derechas latinoamericanas es que el progresismo está muerto y que esa disputa está saldada. Yo creo que la disputa está vigente. Principalmente, porque hay dos dificultades para la derecha. La primera es que no puede saldar esta disputa a través de golpes militares. Eso era así en el pasado, pero ya no. La otra es que, por más que utilice el marketing para presentarse como moderna, lo que ofrece la derecha es lo mismo de siempre. Uno ve los diez puntos del Consenso de Washington y lo que dicen hoy los gobernantes de derecha en América Latina, y es prácticamente lo mismo. Lo interesante es que siempre se presentan como modernizadores. Es realmente impresionante cómo logran, a través de los medios, aparecer como reformistas que traen la modernidad, cuando proponen lo mismo que hace 40 años y con teorías que está claro que fracasaron.


–¿A qué se debe la fijación con lo que ocurre en Venezuela?
–Es una cuestión ideológica. La mayoría de los medios analizan lo que pasa en Venezuela con ojos en la política argentina. Muchos colegas que escriben sobre Venezuela lo hacen porque eso es parte de la campaña política en Argentina. Y hablo incluso de colegas de trayectoria, que cuesta creer que analicen lo que pasa en Venezuela y no traten lo que ocurre en Colombia, donde sigue creciendo el índice de desplazados. Ahí es donde las grandes agencias de noticias internacionales y la política siguen imponiendo su agenda. La objetividad no existe en las Ciencias Sociales ni en el periodismo. Entonces, como Venezuela es parte de esa batalla regional que mencionaba, entre una corriente progresista y una corriente liberal conservadora que tiene gran poder en los medios de comunicación, insistentemente se focaliza en lo que pasa ahí.
–¿Cómo impacta en la región la presencia de Trump como presidente de EE.UU.?
–Está claro que implica un gran retroceso para la región su actitud frente a Cuba o sus intenciones de derrocar al Gobierno venezolano. Trump parece un personaje extraído de la Guerra Fría, muy simplista, frontal y brutal.
–Suele hablarse de él como un gobernante «impredecible». ¿Coincidís?
–Sin lugar a dudas es un hombre impredecible, que un día puede decir que va a atacar Corea del Norte y al día siguiente presenta a Kim Jong-un como un «gran amigo». En ese sentido, la política de Barack Obama o de quienes estuvieron antes tuvo más lógica. Pero no hay que subestimar a Trump. Él fue muy inteligente en su campaña electoral. En la interna republicana se sacó de encima a alcaldes, gobernadores, exsenadores y diputados. Eso para mí fue un llamado de atención: una persona que supuestamente no tenía experiencia política, tan ignorante y tan bruta, se llevó por delante a políticos veteranos. Eso me hizo respetarlo mucho. Hay una habilidad política y una gran lectura de Trump acerca de lo que pasa en el llamado «Estados Unidos profundo».

Fotos: 3Estudio/Juan Quiles