La política del cuartel
Del caso Carrasco al servicio cívico voluntario
25 años después de la derogación de la instrucción militar obligatoria, un polémico proyecto del Gobierno nacional evoca algunos aspectos de aquella experiencia histórica marcada por prácticas violentas. Las trampas del discurso punitivista.
Osvaldo Aguirre

Provincia de Buenos Aires.
Tras conocerse la convocatoria oficial, se inscribieron 96.000 jóvenes de todo el país. (Télam)

El 6 de abril de 1994, después de un mes de búsqueda, el cadáver del soldado Omar Carrasco apareció a 700 metros de la sede del Grupo de Artillería 161, en la ciudad de Zapala. Los malos tratos hacia los conscriptos en los cuarteles no eran una novedad, pero el caso expuso las prácticas criminales que las Fuerzas Armadas convirtieron en rutina durante la última dictadura cívico-militar –la aplicación de torturas, la desaparición de los cuerpos, el encubrimiento de la propia responsabilidad– y condujo a la derogación del servicio militar obligatorio. 25 años después, el servicio cívico voluntario que impulsó el Gobierno de Mauricio Macri evoca esa experiencia en un escenario dominado por la situación electoral.
El servicio cívico voluntario en valores fue presentado a través de una resolución publicada el 18 de julio, donde el Ministerio de Seguridad lo definió como un «ámbito de cohesión e integración» destinado a jóvenes de entre 16 y 20 años, quienes realizarán su instrucción en escuadrones de la Gendarmería Nacional. «Es una maniobra electoral», dice la antropóloga Sabina Frederic, quien lo considera, además, «un proyecto riesgoso incluso para la Gendarmería y el propio Gobierno, que va a tener efectos solamente en chicos o chicas con interés previo en formar parte de alguna fuerza de seguridad».
Para el historiador Nicolás Silitti, se trató de una propuesta retórica, «un poco de humo, o más bien bastante», para desviar la atención pública. «No se parece en nada al servicio militar, que se desplegaba en todo el país y alcanzaba a uno de cada tres jóvenes –señala–. Más allá de eso, claramente refiere a un discurso regresivo, según el cual las Fuerzas Armadas pueden ser un espacio de formación».

Ciudadanos patriotas y viriles
En la última dictadura, 218 soldados desaparecieron mientras cumplían el servicio militar, según un relevamiento del grupo La Voz de los Colimbas, surgido a partir de un programa de radio. Entre 1977 y 1994 otros 34 conscriptos murieron o desaparecieron en la misma circunstancia. El crimen de Omar Carrasco fue el detonante de una reacción social, explica Silitti.
«La derogación del servicio militar se produjo por una combinación de condiciones locales e internacionales –dice Silitti, actualmente en la Universidad de Indiana, en Estados Unidos, donde trabaja en una tesis sobre el tema–. Por un lado, el proceso de la guerra de Malvinas y la posterior restauración de la democracia van acompañados de una fuerte pérdida de reconocimiento social de las Fuerzas Armadas. En un contexto global, el servicio militar es una institución que existía en otros países de América Latina y de Europa, donde también desaparece durante la misma época, como parte de un cambio en las relaciones entre el Estado y la sociedad civil, y entre las Fuerzas Armadas y la sociedad civil».
Esa misma combinación puede rastrearse en los orígenes del servicio militar, instituido en la Argentina en 1901, durante la presidencia de Julio A. Roca. «La época que va de fines del siglo XIX hasta la Primera Guerra Mundial está marcada en Europa por la competencia colonial y la búsqueda de nuevos mercados, junto con una concepción sobre el vínculo entre las Fuerzas Armadas y las poblaciones que también se extiende por todo el mundo. Y en la Argentina de fines del siglo XIX el orden conservador le da un lugar diferente al ejército, que deja de ser una institución punitiva que recluta a vagos y delincuentes para convertirse en una institución que forma “ciudadanos, patriotas y hombres viriles”», señala Silitti.
La exaltación de la virilidad fue central en la definición del servicio militar. «Los jóvenes, primero a los 20 años y después a los 18, recibían ideas, modelos y enseñanzas orientadas a convertirlos también en buenos maridos y hombres de bien. La conscripción cultivó una retórica donde la virilidad y la idea del hombre heterosexual, valiente, fuerte y patriota están muy marcadas», puntualiza el historiador. Las Fuerzas Armadas también se proyectaron en el campo cultural, «y para eso a partir de los años 20 intentan conquistar los tiempos de ocio de los conscriptos con revistas de entretenimientos y materiales de lectura que trataban de representar la vida militar como un espacio socializador, y de vincular las ideas de pueblo y de patria». Un conjunto de valores que también permitió concebir tempranamente una figura a la que debía combatirse, un otro ajeno y hostil: «el enemigo comunista».
El discurso punitivista que aboga por el endurecimiento de las leyes y la mano dura en la represión del delito encuentra en el servicio militar una experiencia a reivindicar. «La memoria colectiva es un campo de discusiones», dice Silitti. Los integrantes de La Voz de los Colimbas proponen una de las interpretaciones más interesantes: «Están en contra del servicio militar, pero al mismo tiempo intentan mostrar que funcionó como un espacio para construir lazos, incluso para resistir a la autoridad militar del Estado, y que la formación de una conciencia ciudadana no se da en un cuartel sino en la escuela, las urnas, los clubes de barrio, las asociaciones civiles».

Foco desplazado
En las primeras horas, después de difundirse el proyecto, 96.000 mil jóvenes de todas las provincias se inscribieron como voluntarios. Para Frederic, la búsqueda de una salida laboral es el principal motivo de interés: «No hay prácticamente otra forma de entrar en una carrera dentro del Estado que no sea a través de las fuerzas de seguridad. La Gendarmería sigue siendo la fuerza con mayor legitimidad, a pesar de que fue socavada por la muerte de Santiago Maldonado, y esa legitimidad atrae a muchos jóvenes».
La ministra Patricia Bullrich azuzó la polémica con la afirmación de que la Gendarmería era poco menos que la institución más prestigiosa del país. «Bullrich se equivoca y sabemos que está acostumbrada a decir cualquier cosa. El proyecto es disparatado, en el sentido de que el Estado debería apostar a otras instituciones, desde la escuela hasta el fomento de los clubes. Hay un desplazamiento del foco de la inversión pública, que muestra el fracaso del Gobierno», dice Frederic, quien coordina el Grupo de Estudios sobre Policías y Fuerzas de Seguridad.
El servicio cívico se dirige hacia jóvenes «en situación de vulnerabilidad». Silitti sostiene que la propuesta remite al ejército punitivo del siglo XIX. «El servicio militar obligatorio, con todo lo siniestro que tuvo, estaba atado a la concepción de que era una carga para todos los ciudadanos, ricos, pobres, de clases medias, del Interior, de la capital, de la ciudad, del campo. El servicio cívico en valores viene con la idea de que los que no son ciudadanos son los pobres». Para Frederic, «la idea de que a estos chicos lo que les falta son valores republicanos es absurda; el problema pasa por aspectos mucho más profundos, subjetivos, que hacen a la relación con el otro y a la construcción del propio horizonte en relación con el otro».
Si bien en septiembre se realizará una prueba piloto con 1.200 postulantes, la suerte del servicio cívico parece incierta. Mientras tanto, señala Silitti, la propuesta no deja de ser reveladora: «Responde a la lógica de la derecha contemporánea, la idea de que los derechos no son universales sino beneficios y castigos y entonces la gente que no estudia ni trabaja debe ir a un cuartel».