La trampa del cerebro
Biología y sociedad
Las explicaciones que vinculan a la pobreza con «esquemas mentales», sostenidas por algunos representantes de las neurociencias, refuerzan prejuicios y encubren los efectos de un modelo económico y social que excluye a las mayorías.
Marcelo Rodríguez

Mayra Arena. «¿Qué tienen los pobres en la cabeza?» fue el título de la charla TED que protagonizó la joven de Bahía Blanca.

El año pasado se realizó y se viralizó con inusitado éxito una charla TEDx –un formato de espectáculo surgido en Estados Unidos en los 80 y replicado de manera autogestionada en varios lugares del mundo– titulada «¿Qué tienen los pobres en la cabeza?». En ella, una joven de 26 años de Villa Caracol (Bahía Blanca) intenta responder «las preguntas que muchos se hacen cuando nos ven tener muchos hijos, cuando nos ven ser violentos, cuando nos ven usar unas zapatillas que parecen traídas de otro planeta».
Más allá de su carisma y de lo conmovedor de su historia, responder esas preguntas sin dejarlas matizar por la ironía ni cuestionar a dónde apuntan puede conducir a una trampa. La idea de que la pobreza se relaciona con «esquemas mentales» –esto es, con ideas y conductas que le son propias y que la perpetúan– es sostenida por políticos y académicos, y fue popularizada, entre otros, por el neurocientífico Facundo Manes en El cerebro argentino (Planeta, 2016). Este enfoque puede representar un avance respecto de las explicaciones biologicistas y sociobiológicas dadas en el mundo a lo largo del siglo XX, tendientes a convalidar el orden establecido (aduciendo que las diferencias humanas proveen una organización jerárquica «natural» para la sociedad) y las políticas eugenésicas desplegadas tanto bajo regímenes totalitarios como democráticos. Da cuenta, además, de una sensibilidad creciente hacia el tratamiento que da el mercado a aquellos de quienes –a causa de la propia lógica del sistema– ya no espera obtener ganancias. Sin embargo, ¿tratar a la pobreza como si fuese una «cosa en sí», y a los pobres como personas con una condición cognitiva especial, ayuda a romper con los prejuicios y estigmas o más bien a profundizarlos?
Estas cuestiones han sido abordadas desde las más diversas disciplinas y enfoques. «La neurociencia entra en esta historia hace apenas unos 15 años y de una manera que no necesariamente recupera todo ese debate que ha tenido lugar en las otras ciencias», sostiene el neurobiólogo Sebastián Lipina, titular de la Unidad de Neurobiología Aplicada CEMIC-CONICET y autor de ¡Pobre cerebro!, donde trata algunos de los temas que investigó durante más de dos décadas: las asociaciones entre distintas formas de privación material y el desarrollo de las capacidades cognitivas y emocionales, e intervenciones posibles para enriquecer el desempeño y los procesos de aprendizaje en la primera década de vida.
«No solo evaluamos cómo les va a los chicos a través de las pruebas cognitivas, sino también cómo se activa el cerebro, cómo es la respuesta al estrés, y la posibilidad de transferencia de este conocimiento a la sociedad a través de políticas públicas», señala Lipina, quien asegura que en este terreno han «trabajado con varios gobiernos» en la definición de los temas a investigar y de las intervenciones más adecuadas.
Lipina aclara que hay asociaciones estadísticas entre pobreza y desarrollo cognitivo, «pero eso no dice nada sobre la causa ni sobre el mecanismo que pueda ser la causa de esa asociación». De hecho, explica, «muy pocas veces se puede saber cuál es la causa de un fenómeno; y la pobreza además es un fenómeno muy complejo, con muchas variables».


Causas y efectos
«Cuando hacés una afirmación en la que no tenés en cuenta cómo está construido el dato, podés estar induciendo a hablar de causalidad donde no la hay», advierte Lipina, quien asegura que «no se puede tomar un período de la vida, como podrían ser los primeros mil días, y decir que si no tuviste determinadas condiciones hasta ese entonces, ya no podés desarrollar un proyecto de vida», porque «eso sería quitarle la identidad» a la persona.
Para este investigador del CONICET, el tratamiento de estos temas incluye necesariamente «una dimensión ética y moral», porque «la pobreza tiene que ver con una forma de organización de la sociedad en la que una gran cantidad de gente queda excluida».
Ahora bien, si las carencias económicas, educativas y afectivas impactan en el desarrollo de cualquiera independientemente de su origen social, y si la pobreza no puede determinar a priori ninguna condición cognitiva particular, ¿cuál es el sentido práctico de considerar a ciertas conductas o condiciones cognitivas (siempre negativas) en relación con la pobreza? Lipina responde que el núcleo del problema es que en determinadas condiciones de carencia material, los factores de riesgo para la salud y el desarrollo se acumulan, y la manera adecuada de estudiarlo no es comparar lo que ocurre en una condición de «pobreza» con otra supuestamente «normal», sino considerar gradientes (variaciones objetivas) y así poder «entender qué riesgos pueden ser los más pronunciados en un determinado tipo de población».
«El concepto de “normalidad” en salud ha sido profundamente debatido y yo no pretendo resolver ese debate –señala el entrevistado–. La manera de soslayarlo es tratar de estudiar la diversidad y de analizar los gradientes para no estigmatizar a ningún grupo. Pero convengamos en que en una cultura como el neoliberalismo, que excluye y tira gente a la basura, obviamente donde se acumulan más los factores de privación es donde la gente más padece. La pobreza también se relaciona con factores como el impacto diferencial del estrés, que produce muerte prematura. Hay toda una población en la que como sociedad estamos insertando una carga de morbilidad adicional».
La joven bahiense que protagonizó la mencionada charla TEDx se llama Mayra Arena y estudia Ciencias Políticas en la UNTREF. Una semana después de la viralización del video participó como invitada en un programa de TV conducido por Luis Novaresio. Libre ya de tener que rendir cuentas de «qué tienen los pobres en la cabeza», le hizo notar a un funcionario lo grave de que un presidente hable de «caer en la escuela pública», y desafió preguntando por qué sería ilegítimo que los que menos tienen voten «pensando en sus intereses económicos» igual que lo hace el resto. Pero el dispositivo se volvió a activar, y era curioso ver cómo otros invitados señalaban a Mayra con el dedo cada vez que se hablaba de «los pobres» o pronunciaban la palabra «pobreza». Frenar la máquina de la exclusión requerirá cada vez más esfuerzo, astucia y sensibilidad.