La única historia
Julian Barnes - Anagrama - 241 páginas

Creemos en la posibilidad de guardar un recuerdo como si fuera un objeto dejado en un locker. Y pensamos que, al volver, lo encontraremos intacto, pero nunca es así, decía Julian Barnes en una entrevista reciente. Se refería a La única historia, que indaga en la poca fiabilidad de la memoria. Ganador del Booker Prize e integrante de una camada notable que el editor Jorge Herralde llamaba el «dream team» (el Nobel Kazuo Ishiguro, Hanif Kureishi, Ian Mc Ewan), Barnes no es de esos autores que parecen escribir distintas versiones del mismo libro. Sus tópicos suelen variar, aunque esta novela sí está vinculada a la previa El sentido de un final. Así, resulta provocadora por lo menos en dos aspectos. Si la historia de la literatura está repleta de relatos donde el varón se relaciona con una mujer menor, a veces demasiado menor –Lolita, como caso paradigmático; y en nuestros días, la obra del francés Michel Houellebecq–, Barnes cuenta, lejos del prejuicio y del lugar común, la relación entre Paul, de 19 años, y Susan, de 48, casada y con dos hijas. Dividida en tres partes narradas con una técnica impecable, la novela también habla de la inevitabilidad. Y expone un planteo que podría resultar anacrónico por sus vínculos con el amor romántico, tan puesto en cuestión por el feminismo. «¿Preferirías amar más y sufrir más o amar menos y sufrir menos?», se pregunta en la primera oración. Y enseguida afirma que esa no es una opción, porque «si se puede controlar, entonces no es amor». A sus sutiles observaciones sobre la clase media inglesa, Barnes suma la indagación no solo de lo más extraño y complejo de las relaciones, sino también en el modo en cómo nos narramos lo vivido a nosotros mismos. Quizá en esos pasajes alcanza sus mejores momentos, porque la novela en sí es un artefacto que funciona como un laboratorio de versiones sobre una «única historia», con un tono que oscila entre una ácida comedia británica y una tragedia griega.

Sonia Budassi